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Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 19 de febrero de 2017

¡LIMPIEN LA PALOMA!

El sexagenario grupo empresarial Odebrecht que hoy está en el ojo del huracán, después de que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos destapara una cascada de sobornos en doce países a raíz de la construcción de importantes obras de infraestructura, también manchó a nuestro país. Con ello, se abre un capítulo más de la podredumbre que todo lo arrasa, la misma que –indica Transparencia Internacional en su última medición– tiene a Colombia ubicada en el lugar 90 en el planeta, entre 176 Estados monitoreados. No obstante, lo novedoso del actual episodio es que toca por igual tanto a quienes detentan el poder como a los opositores.

A este respecto, recuérdese que en 2008 tuvo lugar en Panamá la “desinteresada” reunión “social” entre el delegado de Odebrecht, el hijo del entonces presidente colombiano y uno de los señores Nule; con posterioridad, el 17 de septiembre de 2009, Marcelo Odebrecht visitó el Palacio Presidencial, donde fue recibido en el Salón Obregón por el primer mandatario y altas personalidades.

A poco más, se inició la cadena de pagos ilícitos por parte de esa empresa brasileña que, según se conoce (porque ahora la reserva de la investigación solo se viola para hacer publicidad de ciertas piezas y en atención a las prioridades del momento), recayó primero sobre el viceministro de transporte de esa época, Gabriel García Morales a quien, como privado de la libertad, se le acusa de recibir US$ 6,5 millones.

Luego, las denuncias comprometieron al candidato perdedor de la campaña presidencial de 2014 y a algunos allegados, entre los cuales se menciona a uno de los precandidatos actuales, todo porque uno de sus asesores (el publicista ‘Duda’ Mendocҫa), fue remunerado en parte por la misma empresa. También, el escándalo golpeó a una pareja de novias que integraron el gabinete de Santos.

Después, la copa se rebosó cuando se conoció el papel jugado por el exsenador cordobés Otto Nicolás Bula Bula quien, como enlace de los impúdicos ante diferentes entidades públicas, intervino para favorecer de forma rabanera a dicho grupo económico. Este mismo señor sería el encargado de darle la estocada a la campaña presidencial triunfadora a la cual, dijo, hizo entrega de una suma cercana al millón de dólares a través de un intermediario. Por supuesto, después de esa declaración ante la Fiscalía, con la cual el Fiscal General armó gran revuelo (¡afloró el buen político no así el experto en derecho penal!), nadie esperaba que este personaje sub judice se retractara.

En efecto, en la comunicación fechada el día catorce –aunque, a simple vista, se ve que las grafías de quien escribe y firma son muy distintas– dirigida al Presidente del Consejo Nacional Electoral (a donde, de forma extraña, mandó el asunto la Fiscal Ochenta Delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá), expresa que está presto a rendir declaración para decir “...que no es cierto, ni me consta, ni he dicho que el dinero que le entregué al señor Andrés Giraldo fuera un aporte a la campaña Santos Presidente ó (sic) al señor Juan Manuel Santos”. ¡Por supuesto, advierte que ello lo hará cuando lo cambien al sitio de reclusión ordenado por el Juez 82 de Control de Garantías y, se lee entre líneas, le cumplan lo prometido!

Todo indica, pues, que ese acto es uno más de los ordenados para limpiar y poner reluciente a la sisella blanca presidencial, acorde con las mejores técnicas de lavado (que aquí son cultivado patrimonio de tirios y troyanos) de tal manera que aparezca más inmaculada que la Virgen María. Los procesos purificadores continuaron el día quince cuando el prestidigitador, con la carta de Bula en la mano, en la melodramática cumbre con Correa en el Ecuador (donde otrora se le acusó de cometer un gravísimo crimen internacional), cobró por ventanilla y, al descalificar a sus “injustos” acusadores, dijo: “más claro no canta un gallo”. ¡Tiene toda la razón!.

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