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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 03 de mayo de 2015

Lo que comparten el Ministro y Uribe

El encuentro entre Néstor Humberto Martínez y el expresidente Álvaro Uribe es una buena noticia. Hablaron, entre otras cosas, sobre La Habana, y el ministro comentó después que Uribe no se oponía a la paz, lo cual no quiere decir que no tenga preguntas y críticas como es normal.

A pesar de tratarse de un tema secular y político la lectura del Evangelio hoy ilumina el acontecimiento.

Primero, es el encuentro de dos hombres unidos por un sentimiento de nación. Uribe es un patriota, dijo también el ministro. Y mucho más importante que La Habana, que tiene su lugar, lo que está en juego en este proceso de paz es el que los colombianos nos resolvamos a construir juntos, sin que nadie se quede por fuera, un ideal común de nación, sobre unos valores compartidos, de manera que el debate político y social sea en torno a los medios no violentos para alcanzar ese ideal y hacer vigentes los valores que nos identifican y nos honran; dentro del respeto por todas las personas porque el valor central en esta construcción colectiva es el reconocimiento de la dignidad humana.

Más hondamente, viendo las cosas desde el sentido de la vida que Uribe y Martínez comparten, este es el encuentro de dos creyentes católicos. Y es aquí donde la lectura del Evangelio toca el fondo. Jesús nos recoge desde la raíz de nuestra realidad humana grande y frágil, de aciertos y errores en la vida privada y pública, y desde allí nos une en él para transformarnos. “Yo soy la vid y ustedes los sarmientos, permanezcan unidos en mí. Si lo hacen darán mucho fruto”. Permanecer unidos es llevar siempre presente que Dios nos ama personalmente con amor infinito y por eso cada uno tiene una vida que nunca mereció. Es la importancia absoluta que Dios confiere a cada colombiano y que nos obliga a respetarnos y amarnos unos a otros y nos desafía a vivir juntos.

Los cristianos católicos no concluimos de este sentido profundo que tenemos que bautizar la autonomía del Estado y de la sociedad civil, pero sí que nosotros participamos desde esa profundidad de sentido en la vida pública con los no cristianos y los no creyentes. Tenemos la responsabilidad de hacer una comunidad unida en sus diferencias desde la pasión de Jesús por cada ser humano. Por eso somos incluyentes, por eso concebimos el Estado como la institución para garantizar a todos por igual las condiciones de la dignidad.

Este es el amor que Jesús nos dejó como su mandamiento. El desafío que nos pone de perdonarnos. La advertencia de que si nos separamos de este sentido radical quedamos desprendidos de la vid, nos marchitamos, no podemos dar fruto, y cunde el incendio que acaba con lo que hubiéramos podido ser como comunidad humana y nunca fuimos.

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