Es un domingo soleado en la oscura y lluviosa Britania. Contradiciendo la historia y las estadísticas, los termómetros superan los 25 grados en un día más propio del verano que de la impredecible primavera inglesa. Los jardines de Lady Diana, en el populoso Hyde Park, están abarrotados y mis hijos juegan descamisados y en bañador junto a centenares de chavales de todos los tonos de piel imaginables en la paleta racial de la humanidad. Muchos de esos colores van asociados a culturas tan opuestas como el agua y el aceite, y a religiones aún hoy enfrentadas no se sabe bien por qué. Pero allí están, empapados bajo el sol por el agua de las fuentes. Niñas con velo y trajes de baño de otra época corretean junto a pelirrojos tintados de pecas y mis...