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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 04 de enero de 2019

Los Magos

Llamamos mago a quien es singularmente capacitado para el éxito en una actividad. Nos referimos a una destreza, talento, habilidad o cualidad cuando decimos que tiene ojos de mago, oídos de mago, manos de mago. Toda habilidad es magia.

Magia es la capacidad de conciliar los poderes de la naturaleza y del deseo. Al hablar del arte mágico, Octavio Paz afirma: “Lo específico de la magia consiste en concebir el universo como un todo en el que las partes están unidas por una corriente de secreta simpatía”. Secreta simpatía es la relación, que es el fundamento de todo, pues todo existe en relación y sin relación no existe nada.

El evangelista Mateo habla de unos Magos, cuyo distintivo consiste en pasarse las noches contemplando el suntuoso misterio de los astros, hasta volver realidad su presentimiento. Están seguros de que su mirada llega al infinito, más allá de las estrellas.

Los Magos sabían ya lo que un día descubrió San Juan de la Cruz, que la noche es más amable que la alborada, y que la noche los guiaba “más cierto que la luz del mediodía”.

Los Magos pertenecen a la casta sacerdotal, de ideas religiosas fuertemente influenciadas por la filosofía, es decir, con una excelente estructura mental. La estrella les muestra el camino que los lleva al que “ha nacido, el rey de los judíos”.

Magos admirables por la sabiduría con que saben descubrir en una estrella un lenguaje teológico, más allá del lenguaje cosmológico. Bien les cabe lo que un día dijo Jesús a la multitud, tal vez recordándolos a ellos: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Aquellos hombres dedicaban horas interminables a purificar los ojos del corazón para ver lo invisible, lo único que podía saciar su anhelo secreto de felicidad. Y conseguir que una estrella los guiara fue su conquista, digna de toda admiración, fruto de horas interminables dedicadas a contemplar “los luceros que puso Dios en el firmamento celeste para alumbrar la tierra”, según la arrobadora descripción del Génesis (1,17).

Un día María dialoga con el ángel Gabriel, quien a los reparos de ella, le responde: “porque para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,35). De modo que el hombre que cuenta con Dios, según Ratzinger, “es más grande que todos los poderes del mundo material y vale más que el universo entero”.

Según san Gregorio Nacianceno (329-389), cuando los Magos se postran ante Jesús, la astrología llega a su fin y las estrellas comienzan a girar en la órbita de Cristo.

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