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Publicado el 12 de agosto de 2019

LOS POLÍTICOS COMO AMIGOS O COMO DELEGADOS

Por JORGE GALINDO

No nos gusta la gente que nos paga la parte exacta de una cuenta. O al menos eso es lo que encontró en su investigación Michael Norton (Harvard): que nos cae mejor una persona que, tras una comida en común de 20,02 dólares, nos devuelve 10 redondos, que aquella que nos da exactamente 10,01. La segunda es técnicamente más generosa, pero según Norton la precisión convierte la relación que tenemos con ella en una de intercambio, y lo que normalmente esperamos de alguien con quien compartimos una cena es una relación distinta, comunal.

En nuestras vidas queremos tener relaciones de ambos tipos dependiendo del contexto. Con ciertas personas e instituciones aspiramos antes que cualquier otra cosa a obtener beneficios (o reducir costes): un banco, la Administración pública, tu jefe o tus empleados. Con otras queremos además, o sobre todo, mantener un cierto grado de identificación, de reconocimiento de la comunidad. Pero la división entre ambas no siempre es clara, y hay un ámbito particularmente importante en el que tiende a confundirse: en la relación con nuestros representantes políticos.

La confianza en la persona votada podría fundamentarse en la precisión con la que se nos proponen soluciones a los problemas que enfrentamos. Sin embargo, es innegable que la política tiene una dimensión comunitaria sin la que dicha confianza es difícil de obtener: la aspiración a sentirse parte de algo mayor, parte de un esfuerzo colectivo a favor de (o contra) algo.

El problema viene cuando consideramos la política como relaciones exclusivamente comunales. Cuando esperamos que nuestros líderes sean como nuestros amigos, nos olvidamos de que también son en cierta medida alguien que nos debe algo. No una promesa vaga de compromiso común y reconocimiento mutuo, sino una cuenta precisa de resultados. Los políticos lo saben, o lo intuyen, y por eso prefieren la comunidad al intercambio: ante la exigencia de lo que falta por hacer siempre podrán responder con un “pero por qué me pides eso, si se supone que eres de los míos”.

Pero no lo es del todo. O no debería serlo si queremos mantener el poder y la credibilidad sobre nuestros representantes. Así que si eres de los que preferiría no tener a un familiar o a un amigo contando céntimo por céntimo el dinero que te debe, pregúntate por qué iba a salirte rentable dejar que un político se haga pasar por uno de los tuyos.

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