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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 18 de diciembre de 2014

Marchas y oposición

Se puede estar en desacuerdo y se vale que ese desacuerdo se plantee de todas las formas -a excepción de la violencia, por supuesto- posibles. Por eso, resultan desconcertantes y preocupantes las expresiones de algunos políticos y opinadores públicos en contra de la manifestación que el pasado 13 de diciembre promovió el uribismo contra el proceso de paz en La Habana.

Aclaro: no marché, porque en el fondo, son dudas, no oposición, lo que me genera la negociación entre el Gobierno Nacional y las Farc. Y no son suficientes –o eso creo yo- para unirme a una manifestación. Pero eso no quiere decir que no esté convencido de que la posibilidad que tenemos de salir a expresar la inconformidad con algo –sea lo que sea- es legítima y que los manifestantes del 13 de diciembre tenían no solo todo el derecho, sino razones importantes para expresarse de la forma en que lo hicieron.

Descartarlos sin más, reducirlos al ridículo –como han intentado hacer varios personajes, incluyendo el hijo del mismo presidente de la república- supone un error y una injusticia de la que deberían cuidarse los defensores del proceso.

Ahora, la baja asistencia a las marchas –en Bogotá, según los mismos organizadores, marcharon unas seis mil personas-, no quiere decir que la opinión de los colombianos apoye absolutamente el proceso, ni mucho menos las implicaciones e injusticias que se intuyen en algunos de sus acuerdos. En efecto, según la encuesta de percepción del pasado 5 de noviembre de Datexco, el 59% de los colombianos encuestados está en desacuerdo con la forma como se está llevando el proceso.

El principal problema que sufrieron las marchas fue que cuando una protesta tiene que organizarse es porque ya fracasó. Las más exitosas manifestaciones surgen como expresiones de la indignación espontánea de la gente con un hecho particular, generalmente traumático, que los “llama” a las calles. Y estos suelen explicarse por el azar o la acción de uno de los actores involucrados en el hecho detonante, ambos por fuera de la influencia de los organizadores de la marcha del 13.

Las esqueléticas marchas son consecuencia de la torpeza de quien las organizó, no de la falta de oposición o reservas que muchos tenemos del proceso.

Así, las marchas poco asistidas no quieren decir, ni mucho menos, que no haya preguntas legítimas y que las reservas de buena parte de la población colombiana y algunas fuerzas políticas con el proceso no pueden expresarse o que hacerlo suponga una “enemistad con la paz”. Sea lo que sea que termine saliendo de La Habana el otro año, necesita de la legitimidad que proveen las críticas, y tendrá que buscar ser lo suficientemente fuerte como para sobrevivirlas, porque cualquier acuerdo que se sustente en el silencio de la oposición es, ante todo, una imposición.

Y la paz, obviamente, no puede sobrevivir como una imposición.

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