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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 23 de abril de 2015

Más allá de santistas y uribistas

La indignación con los actos criminales de las Farc o el anhelo de la paz por medio de la negociación no puede tener color político o adscripción personal o ideológica; un colombiano puede perfectamente apoyar el proceso y tener serias críticas al gobierno de Juan Manuel Santos u oponerse claramente a la manera como se está negociando en La Habana y no tener nada que ver con el senador Uribe. Pero reducir nuestro mundo político a solo dos opciones ha sido una pretensión de ambas facciones, que han intentado cooptar el apoyo y la oposición al proceso como temas exclusivos, como banderas excluyentes.

Pero muchos ciudadanos podemos guardar reservas sobre lo que pasa en Cuba y no tener ninguna simpatía por el uribismo y su partido político; reconocer que las reglas de juego no han sido del todo claras, que el comportamiento de la guerrilla no ha correspondido a las prerrogativas otorgadas por el gobierno y que las perspectivas de injusticia e impunidad son muy preocupantes, y sin embargo, no estar de acuerdo con la forma de las críticas –y algunos de los fondos- que salen desde el campo del Centro Democrático.

De igual forma, un ciudadano puede apoyar en general el proceso de paz como esfuerzo, asumiendo sus formas y los resultados preliminares de sus discusiones, pero de ninguna manera asociarse a los políticos, integrantes e ideas de la Unidad Nacional, con ese compromiso arribista que tiene por las banderas del presidente Santos.

Esta situación absurda no ha sido tan patente como durante los días siguientes al asesinato de diez militares por una emboscada de las Farc en el Cauca la semana pasada. Muchos ciudadanos, en todo su derecho y con toda la razón, expresaron su dolor y rabia por el hecho, pero buena parte de las muestras de luto e indignación se intentaron capitalizar desde las dos facciones enfrentadas, intentando encasillarlas en el apoyo total y absoluto o la oposición total y absoluta al proceso de paz.

Es muy triste que ni siquiera las muestras de indignación y dolor pudieran permanecer neutrales en la lucha de los dos grandes egos del país; ellos mismos y sus seguidores intentaron, a como diera lugar, ponerle color político, lealtad personal a muestras de afecto y luto por parte de familiares de los muertos y colombianos de a pie que, espontáneamente se manifestaron por los militares asesinados.

Nuestro país tiene que superar esa dicotomía absurda, esta polarización infantil; porque reducir a los ciudadanos colombianos a entes sin criterio propio que siguen ciegamente los egos de dos hombres en asuntos tan importantes como estos es una caricatura injusta. Porque ni la indignación por la injusticia, ni el anhelo de alcanzar la paz -sentimientos tan humanos como pocos- deberían convertirse en munición política en la pelea rastrera de la lucha por el poder nacional. Y más allá de santistas o uribistas somos colombianos, y nuestras opiniones deberían valer lo suficiente solo por ese hecho.

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