Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 20 de noviembre de 2018

Meter miedo

Los estudiantes tienen una condición de pensamiento crítico que los hace ser contestatarios. Eso está bien, porque permite poner de manifiesto su visión sobre asuntos por los que vale la pena luchar para aportar al bien común. Simple: tienen un derecho ganado que les permite manifestar su inconformidad, abogar por la calidad educativa, exigir respeto por la libertad de expresión, por la vida.

Negar la relevancia del movimiento estudiantil en el devenir histórico contemporáneo, sería un absurdo de talla mayor. Una de las herramientas que han usado los estudiantes para hacerse sentir ha sido marchar. Ejemplos es lo que hay. Mayo del 68 en Francia fue un punto de quiebre ante la dinámica que cobraba el mundo por aquel entonces; la Primavera de Praga significó luchar contra el stablishment, en fin. ¿Recuerdan esa imagen del estudiante chino parado al frente de los tanques de guerra en la plaza de Tiananmen en 1989? Bueno, ese es el mejor resumen del poder de los estudiantes, a pesar de la represión y de los abusos de autoridad a los que pudieron ser sometidos, para marcar hitos en la historia.

En Colombia, el movimiento estudiantil ha tenido relevancia en importantes cambios sociales y políticos. En 1964, estudiantes de la Universidad Industrial de Santander (UIS), caminaron 500 km hasta Bogotá. Cerca de 500.000 personas los recibieron en la Plaza de Bolívar. La Marcha del Triunfo, como la llamaron, dio resultados: los estudiantes lograron mayor representatividad en la universidad. No vamos lejos, la Constitución de 1991 es el resultado del movimiento estudiantil. La séptima papeleta, que rezaba “Voto por Colombia. Sí a una Asamblea Constituyente”, derivó en la Carta Magna que hoy nos rige.

Hasta ahí, claro el asunto. Pero lo maluco pasa hoy. Las marchas estudiantiles que buscan mayores recursos para la educación pública han trascendido más por la violencia generada, que por su propósito. Entonces, al carajo la demanda social. Tristemente, los marchantes han dejado el sabor de los disturbios y el vandalismo. ¿Quién paga las consecuencias? Pues, la ciudadanía: mobiliario urbano destruido, transporte público caótico, gente desorientada, ataque a medios de comunicación y una sensación de rabia generalizada contra ellos por problemáticos. Terminamos como el cangrejo: para atrás.

Los tiempos cambian. No se puede seguir dando lora. Si la esencia de la protesta estudiantil se mantiene, la solución llegará por las vías del diálogo y lo que buscan podrá obtenerse en su justa proporción. En un país que se ahoga en la polarización, se necesita el compromiso de los estudiantes para aportar a la civilidad y no dejarse mangonear por los violentos que hacen de la protesta social un acto criminal. La cosa es simple: si la vuelta es meter miedo, no hay ningún futuro.

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