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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 19 de junio de 2019

“Milo”

Mar adentro, en las profundidades, los sentidos se exaltan ante los movimientos, los colores, el palpitar y el vaivén que evocan al útero materno, el roce de criaturas que desde la superficie pensábamos imposibles y que nos muestran –entre el asombro, la dicha y hasta el pánico– que la naturaleza es permanente transgresión. Desde nuestra perspectiva antropocéntrica y soberbia, nos sentimos superiores, ajenos a la biodiversidad; narramos la vida de grandes seres humanos –Jesús, Leonardo Da Vinci, Aurora Dupin, Virginia Woolf...– ensimismados, prisioneros de una definición limitada, de la ficción que hemos construido en torno a lo que es la Humanidad.

Sara y Juanita nacieron por primera vez el 24 de abril de 2002. Pasaron dos minutos entre uno y otro alumbramiento. Meses atrás, frente al ying y el yang dibujados en la pantalla del ecógrafo fetal, se había anunciado: “Son dos bebés: una niña; el otro, no sabemos”. Una ecografía posterior confirmaría que eran dos mujeres.

Juanita permaneció veinte días en una incubadora, ocho de ellos al lado de su melliza. La cercanía física con Sara tenía un propósito: ayudar a su hermana a adaptarse a la vida.

En la noche del 8 de abril de 2018, nacieron de nuevo. Entraron juntas al cuarto de sus padres; Juanita pronunció unas palabras, era su turno para escoltar y proteger. Sara preparó una cena, la sirvió en el balcón y dejó una botella de vino con una carta: “Má, pá, mi cuerpo no concuerda con mi ser. No soy una mujer, no soy Sara. Soy Emilio, necesito que me ayuden. Ya no puedo más”.

Cuando tenía 35 años, Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt, dejó de ser Luis Guillermo: “En mi caso ha sido fácil, porque cuando decidí mostrarme como mujer ya había avanzado en mi carrera y tenía un espacio ganado”, dijo a la cadena Univisión. Baptiste añade: “tengo claro que hubiera sido más complicado si hubiera dado voz a Brigitte cuando tenía 15 años”.

Emilio, “Milo”, no es el primero. Tampoco reclama derechos distintos a los de otros ciudadanos ni les exige que sean como él. Solo quiere ser y estar en el mundo. En plena adolescencia, entre adolescentes, este hijo de una familia tradicional y creyente, ha reconocido públicamente su identidad: “Desde el amor todo se puede. Yo amo a mi colegio, allí me siento protegido. ¡Soy solo otro alumno del Marymount!”.

Mi ateísmo y convicción en los beneficios de una educación estrictamente laica, me inclinan a pensar que la religión debe dejarse a un lado en este debate (¿es posible hablar de inclusión excluyendo?); entonces, “Milo” dice: “Le doy gracias a Dios por haberme puesto en la familia en la que estoy, y por haber puesto personas tan bonitas en mi camino”.

“La educación de género es la gran deuda de la educación con nuestra sociedad”, concluye Lina, la mamá de Emilio Patiño Monsalve.

Qué más da saludar a “Milo” con palmada en el hombro, choque de puños o un beso... Las sociedades, en especial las más conservadoras, están cimentadas sobre roles preestablecidos, “definidos” por la biología. Y no: somos criaturas mucho más complejas.

Basta con regresar al útero, a las profundidades, al indescifrable ying y yang del ecógrafo fetal. Siempre seremos una pregunta, para nuestros padres, para el Universo.

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