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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 03 de septiembre de 2019

Momento hobbesiano

El 24 de agosto de 2016, “Iván Márquez”, como jefe negociador de las Farc, dijo en la ceremonia en la que se comunicó que las partes alcanzaron un Acuerdo Final (AF), “hemos ganado la más hermosa de todas las batallas. Hemos cerrado el acuerdo de paz más anhelado de Colombia”. Se anunciaba la terminación de la confrontación armada y el inicio de una fase de transición hacia una mayor integración de nuestros territorios, mayor inclusión social y un fortalecimiento de la democracia. Tres años después, el mismo excomandante notificó el reinicio de la lucha armada, justificándola con el argumento de que el Estado ha traicionado e incumplido el AF, no existen garantías jurídicas para los exmiembros de las Farc y la falta de compromiso de los gobernantes con lo acordado.

Es importante decir que los procesos de integración de los exguerrilleros en la sociedad y las soluciones a las demandas de tierras para el campesinado han sido muy lentos, las reformas políticas para incluir a los representantes de las regiones han sido obstaculizadas, y además el asesinato de líderes sociales y miembros de las Farc es un asunto masivo e impresionante. ¿Justifica esto romper el acuerdo, por el cual se pactó salir de una guerra de más de 50 años para construir una sociedad política pacificada, democrática y justa?

Lo que se acordó en La Habana y que se está buscando hacer, -a pesar de la beligerante oposición, de que este proceso es dirigido por un presidente sin autonomía ni voluntad política, y de muchas otras limitaciones-, es cómo producir en nuestra sociedad cambios sin violencia. En este sentido, el regreso de estos excomandantes y guerrilleros a las armas es un retroceso histórico y un fracaso político. Es volver a la guerra de todos contra todos, que teorizó Thomas Hobbes en su Leviatán.

Si interpreto lo que está sucediendo con categorías hobbesianas debo sacar algunas conclusiones sistemáticas. Pienso que “Márquez” y compañía desconocen los principios centrales de la Constitución del 91 que el AF busca profundizar. El AF es entre el Estado y una organización reconocida como un actor político. Quienes vuelven a las armas no actúan más dentro de la política, ni tienen ningún derecho político para decir “hay incumplimiento del pacto. Hay injusticia”. Eso solamente lo pueden afirmar los representantes de la organización que pactó, después de una deliberación interna sobre lo que está sucediendo.

Según Hobbes, los hombres tienen como un destino común “posible” la paz, pero a la vez tienen como un destino común “real” la guerra. Al ser la guerra inherente a la naturaleza humana, los hombres deberán inventar una existencia artificial que los haga vivir en paz, la cual es el Estado, que se debe construir para impedir el derramamiento de sangre.

“Márquez” y compañía ya no forman parte del orden político colombiano, definido en la Constitución. Es más: la destruyen, por cuanto llevan a una nueva fractura política en nuestra sociedad. Ese es el significado más profundo del momento hobbesiano.

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