David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 18 de marzo de 2019

Momentos de nostalgia

Querido Gabriel,

La nostalgia ha sido dejada a un lado como sentimiento, nos da como vergüenza sentirla. Parece que no “sirve sino para los tangos”, como dijo Darío Jaramillo esta semana en una conversación con Juan Luis que a ratos se volvió el más conmovedor recital. “Háblanos de esa ‘intacta materia de esos días’ de la que escribió Mutis refiriéndose a la infancia, léenos De la nostalgia 1”. Más de 400 personas caímos entonces en esa especie de embrujo que es la poesía leída en voz alta por su autor.

“(...) ¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,

al sabor maduro de la mora,

a todo aquel territorio desconocido por la muerte,

a esa palpitante luz de la pureza,

a todo esto que soy yo y que ya no es mío?”

Esta semana quisiera hablar de la nostalgia. Aunque la palabra fue creada para un trabajo médico en 1688 por Johannes Hofer, su raíz griega nostos que quiere decir regreso, y su origen aún más antiguo del indoeuropeo nes, bien pueden servir para inspirar la tertulia. Nes quiere decir “regresar sano y salvo”. ¿No te gusta, de vez en cuando, sentir ese leve y sublime dolor al saber que la sensación suave de las sábanas frescas donde tu padre te depositaba con cariño al final de la noche jamás va a regresar? Vamos y volvemos, como renovados, la nostalgia es un tipo de dolor que nos refresca.

Esa otra palabra que la conforma, también griega, algos, que significa dolor, ha sido seguramente culpable de su mala fama. Tememos y hasta diría que odiamos el dolor. Compramos analgésicos en el mercado porque nos enseñaron que los dolores son malos y hay que evitarlos a toda costa y de inmediato. ¿Preguntamos a los médicos si el dolor es realmente algo tan negativo? De pronto, en una dosis adecuada, es tan necesario como la lluvia. No hay crecimiento que no traiga consigo algún dolor.

¿Hablamos de nuestras nostalgias? Yo, por ejemplo, te puedo contar lo que me produce volver a esas tardes en una hamaca de la finca de mi abuela, mecido lentamente por el viento, el olor de la tela, la tarde cayendo, la paz absoluta. También podría recordar aquellas mañanas en el pasaje la Bastilla, con Eduardo, teníamos 11 tal vez, buscando textos prohibidos y soñando viajes inauditos. Tú podrías, quizás, compartir con los demás el recuerdo de aquel paseo a Ciudad Bolívar donde tu novia de la universidad te guio cuidadosamente, por primera vez, a través de los laberintos del amor humano, mientras la música de las cantinas sonaba apagada, a pocos metros. Te leería en ese momento el último verso de De la nostalgia IX, de nuestro poeta, a ver si te saco una lágrima sanadora: (...) “También ausente eres mi presencia más cálida / mi más pura nostalgia”.

¿Será que volver a ratos a la infancia, a esa patria de la que habló Rilke, nos fortalece, nos eleva la consciencia? Tal vez, al final de la tertulia acordemos juntarnos, de vez en cuando, a disfrutar entre amigos, de esos:

“(...)Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,

vana convocatoria que no me trae el asombro de ver

un colibrí entre mi cuarto,

como muchas madrugadas de mi infancia (...)”.

* Director de Comfama.

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