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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 23 de mayo de 2019

Morir es fácil

Hace diez años el poeta Mario Rivero le dijo a su mujer: “Blanca, tú eres un ángel”. Y colgó la lira.

Blanca Panesso, de gran cultura y exquisitos modales, perteneció a la cuerda de las poetas Matilde Espinosa y Marujita Vieira, quien la consideró una “de las mujeres más bellas e inteligentes de nuestro tiempo, esposa, eterna comprensiva, amiga fiel de un personaje múltiple, huracanado, que hizo de la poesía un espectáculo de luces y sonoridades”.

Rivero murió el mismo día, 11 de abril, que sus amigos el pintor Alejandro Obregón y el escritor Héctor Rojas Herazo.

El otro yo de Mario Cataño Restrepo como lo bautizaron, nació en Envigado en mayo de 1935, año en que Gardel abandonaba la pasarela-vida en el aeropuerto Olaya Herrera. A lo mejor en esa fúnebre coincidencia está su devoción por el tango. El Rivero fue un guiño a su admirado cantante Edmundo Rivero.

Al epitafio del poeta solo le faltaba el mármol: “Morir es pasar a habitar otra estrella. Lo que me fue prestado lo devuelvo”. A su pupilo aventajado, el poeta y gestor cultural Federico Díaz-Granados, le confesó la víspera de su partida: “Ay, mijito, no nos queda sino Dios y el asco”.

“Mario me llamo, soy mordisco del aire, soy un husmea-cosas, soy un cuenta -cosas”, dejó escrito el hombre que tuvo devotos como arroz y detractores tesos como Gonzalo Arango y Harold Alvarado Tenorio quienes le migaron duro.

Alguna vez le preguntaron por sus palabras preferidas. Con su voz como para anestesiar una boa constrictor mencionó putarrona, rojo, azul, amigo, muchacha, lluvia, viento, cuchilla, navaja, serpiente.

La voz le alcanzó para cantar boleros y tangos, y para declamar sus versos en la Casa de Poesía Silva, en La Candelaria, su barrio. Vivir o frecuentar La Candelaria es como caminar entre el misterio. Le fue fiel a la ciudad vieja de Bogotá para estar cerca de donde nacieron sus colegas Silva, Pombo y Vargas Vila. También le fue fiel a su ropa que parecía siempre la misma, opinaban las meseras del Hotel Dann que extrañaban sus ausencias.

Díaz-Granados lo acompañó a preparar la edición definitiva de su obra. Sólo después el gigante en cuyas manos una nevera parecía un bonsái al decir del poeta Roca, se regaló la licencia de partir. La Biblioteca Sibila de poesía de España publicó los 13 libros que parió en 50 años.

Díaz-Granados que lo sabía todo sobre su gurú, escribió en El Tiempo que los últimos años del mandamás de la revista Golpe de Dados transcurrieron entre el escepticismo “por el ser humano y el mundo, y un acercamiento hacia lo sagrado y lo místico”. En sus exequias hubo lleno hasta debajo del altar mayor del Gimnasio Moderno. El padre Ancízar empezó su homilía citando un verso del difunto Mario: “¡Qué fácil para un hombre como yo morir!”.

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