David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 28 de enero de 2019

No les digo nada, solo hago preguntas

Querido Gabriel,

“¿Cuándo te diste cuenta de que algo iba mal contigo?”, preguntó la profe. “Desde segundo de primaria... sentí que el colegio no era para mí”, respondió el joven de 15 años que acababa de desertar del sistema educativo. “¿Qué quieres ser?”, “nada, ¡que me dejen en paz!” ¿Cómo ves el futuro?”, silencio. “¿A quién admiras?”, otro silencio más largo. Terminó el diálogo.

En 1990, Víctor Gaviria evidenció con su Rodrigo D la historia de los jóvenes de Medellín que habían perdido, o que jamás habían tenido, ganas de vivir. Han pasado treinta años, cambian los tiempos y el lenguaje, pero algunas cosas no desaparecen. Se estima que unos 60.000 jóvenes de nuestra ciudad viven en esa situación del “no futuro”, del anodino e insípido presente. Los llaman, mal llamados, “ninis”, porque ni estudian ni trabajan.

¿Qué puede anidarse en un corazón de niño luego de años de dolor y resentimiento, de sentir que no encaja y no lo valoran? He conversado con varias personas, incluidos jóvenes, para comprender mejor esta realidad. “Muertos de espíritu”, “sin propósito en la vida”, “sin energía para aprender”, dicen los que trabajan con ellos. “¡No necesito nada!”, “que no me jodan”, “que me dejen fumar marihuana tranquilo en esta esquina”, dicen ellos. ¿Hacemos una tertulia con educadores, sicólogos, papás, mamás y jóvenes de nuestros barrios, para reflexionar y proponer ideas ante esta realidad abrumadora?

Quisiera contarte la historia de la Fundación Llindar, una escuela de segunda oportunidad cerca de Barcelona. Dan esa segunda oportunidad a aquellos con quienes el sistema educativo falló, que fueron, como dice Begoña, su fundadora, “centrifugados por los colegios”. En esta escuela admirable se definen como “un lugar de vida que orienta y acompaña”.

Nosotros les decimos ninis y a algunos los perseguimos como criminales. Les queremos dar cursos, ponerlos a trabajar, motivarlos, forzarlos a ser como nosotros. Cuando le pregunté a Begoña qué les decía al ingresar, fue enfática: “No les digo nada, ¡solo les pregunto!”. Quizá no los hemos escuchado suficiente. ¿Qué tal si tratamos de comprenderlos mejor?

¿Qué les dijimos o hicimos sentir a los 8 o 10 años? ¿Será la cantaleta en la casa, los colegios aburridos, la poca educación emocional? ¿Qué tal si los vemos como una oportunidad? ¿No crees que los necesitamos, que son esenciales para nuestra sociedad? Queremos su talento, su sonrisa, su trabajo, sus creaciones, su gusto por la vida. Necesitamos sus dudas, sus preguntas, sus búsquedas. ¿Será que reconocemos que los añoramos como ciudadanos, participando, compartiendo su mirada, haciendo lo que quieran, lo que sea, con amor?

¿Estaremos frente a una especie de epidemia de depresión juvenil que requiere un enfoque de salud mental y pública? ¿Debemos repensar la dinámica de nuestros hogares y de la escuela primaria para afrontarla mejor? ¿Estudiamos a fondo esa red de escuelas españolas de segunda oportunidad? Debemos hacer algo para atraer su fuerza espiritual, su deseo de vivir y su capacidad de servir. Este cambio, por supuesto, debe surgir de ellos mismos. Como nos decían en Llindar “algunos hablan de motivación, pero esa viene de afuera, y nosotros buscamos que decidan aprender, desde adentro”. Ojalá que nuestras escuelas y nuestros hogares aprendan algo de estas ideas poderosas: “Tenemos una orientación psicoanalítica”, resalta Begoña, “hemos aprendido a escuchar con amor”.

*Director de Comfama.

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