The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 16 de febrero de 2019

No Podemos Fallarle al Pueblo Venezolano

Por FELIPE GONZÁLEZ

Venezuela ha sido parte de mi vida, tanto política como personalmente, durante más de cuatro décadas. Fui amigo de Rómulo Betancourt, el padre fundador de la democracia venezolana; de Carlos Andrés Pérez, quien gobernó Venezuela durante dos mandatos; y de todos los presidentes elegidos democráticamente del país. Mi vínculo con el país era tan fuerte y cercano que, luego del fallido intento de golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez en 2002, el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, me pidió que fuera su representante en Venezuela. Como era de esperar, Chávez rechazó el nombramiento.

Siempre he considerado la relación entre España y Venezuela como significativa. Venezuela era un refugio seguro para los exiliados políticos que huían de las dictaduras en América Latina, pero a lo largo de los años también recibió a cientos de miles de ciudadanos españoles que buscaban refugio.

Nicolás Maduro ha convertido a Venezuela en un Estado fallido. No debemos fallarle al pueblo venezolano, y debemos ayudarlos a recuperar la democracia que merece.

Maduro ha destruido el sector productivo de este país rico en recursos, donde casi el 90 % de la población ahora vive en la pobreza. Su liderazgo ha resultado en una grave escasez de alimentos básicos y suministros médicos y ha provocado niveles sin precedentes de hiperinflación. Sus políticas han provocado el mayor éxodo en la historia de América Latina y, como tal, han despojado a las instituciones del país de sus garantías democráticas. En el Estado tiránico que ha establecido, los opositores están privados de los derechos humanos más básicos, incluido el derecho a vivir.

La mayoría de las democracias en el mundo occidental han considerado que las elecciones celebradas el 20 de mayo fueron fraudulentas e ilegales. La Asamblea Nacional, que es la única institución elegida democráticamente que queda en el país, tuvo razón al designar a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela. Cuestionar su legitimidad equivale a cuestionar la democracia. Es una paradoja alucinante, por cierto. La oposición de Maduro le exige que cumpla con la Constitución Bolivariana establecida durante el liderazgo de Chávez, y Maduro la está violando a cada momento.

Ahora tenemos una oportunidad para restaurar la democracia en Venezuela. Esta no será una tarea fácil. Maduro ejerce el poder de las armas, mientras que la Asamblea Nacional tiene legitimidad, pero carece de la influencia y la autoridad de sus instituciones gubernamentales. ¿Cómo se puede corregir este desequilibrio imposible?

Primero, con unidad sólida, inquebrantable. Los países democráticos que han reconocido a Guaidó deben reforzar su legitimidad política y su autoridad sobre los activos económicos de Venezuela, tanto dentro como fuera del país. Esto eliminará el acceso de Maduro a los recursos que usa para oprimir al pueblo venezolano, y comunicará muy claramente a sus partidarios que respaldarlo es un callejón sin salida.

Segundo, el conflicto debe ser regresado a su escala original, regional. Venezuela no debe convertirse en un frente más en la nueva miniguerra fría que Estados Unidos y Rusia han estado librando en lugares como Ucrania y Siria. Los Estados Unidos, Rusia y China deben evitar utilizar a Venezuela como un proxy en una lucha de poder geopolítica. Al no interferir, pueden evitar un estancamiento que podría dar a Maduro tiempo y recursos para aferrarse al poder. La gestión de la crisis venezolana debe dejarse en manos de los principales actores regionales. Si se va a restaurar la democracia en Venezuela, los actores extranjeros deben hacerse a un lado. Donald Trump debe detener la dura conversación sobre una invasión militar. Es irónico que la administración de Trump, aislacionista por naturaleza y totalmente despreocupada por promover la democracia en el mundo, busque convertir a Venezuela en el punto focal de su política exterior. Los Estados Unidos superaron su cuota de intervenciones militares en América Latina hace mucho tiempo.

El presidente interino, Guaidó, enfrenta una tarea colosal. Debe tomar el control del país, poner a las fuerzas armadas al servicio de las instituciones democráticas, desarmar a las milicias bolivarianas, estabilizar la economía del país y lidiar con la catástrofe humanitaria y el exilio masivo que ha provocado.

Guaidó como presidente interino, la Asamblea Nacional como portador de la legitimidad democrática y el pueblo de Venezuela necesitan el apoyo y la motivación de una comunidad de naciones democráticas que está unida y dispuesta a ayudarles a recuperar la libertad que ellos y su país merecen.

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