Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 26 de diciembre de 2018

¡No te lo puedo creer!

Dos son los temas “álgidos” (mejor dicho: prohibidos) en las reuniones familiares de estos días: política y religión. Mientras los rezos y villancicos se convierten en una excusa para encontrarnos con los seres queridos y compartir las delicias culinarias de la Navidad, dejamos de lado ese par de conversaciones incómodas porque se concentran en un verbo altamente emocional: creer.

Creemos en lo que nos enseñan, pero también en lo que elegimos creer. De hecho, con el paso de los años, dejamos de creer en mucho de lo que aprendimos.

Los cimientos de la religión y la política están en la credibilidad: el discurso de todo sacerdote y político le apunta a generar confianza. Que crean en él. Lograr la credibilidad raya con lo sobrenatural, “tocar fibras”.

Hablemos, pues, de lo prohibido...

En términos generales nos indignan las fotos de cadáveres, en especial si su muerte fue violenta. La conveniencia o no de publicar esas imágenes es un viejo debate del periodismo.

Por más que moleste, el asunto no se resuelve con un “no” absoluto: desde la épica caída del soldado republicano español ante la mirada de Robert Capa hasta las fotos de “Guacho”, pasando por las de Pablo Escobar. Sea anónima, con alias o nombre propio, la muerte puede aproximar demasiado al espectador o, por el contrario, “anestesiarlo”. Herir los seres amados del difunto.

Susan Sontag diría “cuando no hay fotografía el olvido es más fácil”. ¿Cómo sentir, creer en lo que no se ha visto? La intelectual neoyorkina solía citar como ejemplos el Gulag y la guerra civil de Sudán.

Una de las maravillas que logra un consejo de redacción es examinar los problemas y beneficios antes de publicar imágenes de ese calibre. Sindéresis y encuadre. Qué incluir y excluir. Evitar la inducción al error.

El día que mataron a Pablo Escobar, se generó una gran discusión en torno a la conveniencia de publicar o no la foto del cadáver. ¿Cuál fue la razón para hacerlo? La credibilidad. En vida, Escobar ya era una leyenda, el ver su rostro (abatido, sí, espantoso) le daría certeza a los lectores de que el causante de tanto dolor había muerto. Un análisis similar llevó a la difusión de la foto de Raúl Reyes.

¿Y la dignidad del ser humano, los sentimientos de su familia? En los casos citados, primó el derecho colectivo a la información.

(Otra discusión diferente, clave, es la información que se esfuma con cada ser humano que deja de existir... sea o no un delincuente).

No es posible desentrañar un asunto tan profundo en una columna. Intento explicar por qué era necesaria la publicación de la foto de alias “Guacho” y por qué, a la vez, fue una decisión torpe. El pasado 15 de septiembre, Iván Duque informó que el disidente había sido herido. Guillermo Botero lo confirmó. Es decir: este reciente logro militar fue precedido por mentiras ministeriales y presidenciales. Lograr la credibilidad era un objetivo primordial.

Ni el poder ni quienes lo ostentan son sagrados.

En un país que ha dejado de confiar hasta en el resultado de una necropsia, es una torpeza delegar en una fotografía lo que un gobierno no ha conseguido con casi cinco meses en el poder: credibilidad.

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