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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 15 de junio de 2019

Nuestros miedos

¿De qué te parecería importante hablar? Le pregunté en estos días a una amiga dedicada a avanzar en su carrera artística. “De los miedos,” me dijo, sin hesitación. Varias conversaciones durante estos días se han concentrado sobre los miedos que marcan nuestro existir, y lo limitan. El miedo de emprender, de hablar en público, de tomar un riesgo, de salirse de una relación tóxica. Son miedos comunes detrás de los cuales se esconden miedos más profundos, ancestrales. Decía el poeta italiano Giacomo Leopardi, “No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo”.

Las conversaciones que tuve con varios amigos alrededor de los miedos que nos tienen prisioneros en una jaula, impidiéndonos volar alto y libres, me indujo a reflexionar sobre aquellos miedos que durante muchos años han marcado mi vida; en particular el miedo a no ser aceptado. Debido a esto, en mi adolescencia se implantó la creencia limitante de que si yo era y hacía lo que realmente me gustaba iba a perder la aceptación y el amor de quienes me rodeaban, empezando por mis papás. Así, durante años, me preocupé más por ser aceptado y bien visto, en lugar de expresar mis deseos, mis necesidades, lo que quería hacer. Aplacé durante años mi sueño.

Esta clase de experiencias con el miedo son un poco como la experiencia de una vaca en un antiguo cuento sufí. En una pequeña y encantadora isla con abundante vegetación y pastos verdes, vivía una vaca muy especial que llevaba una vida bastante extraña. Durante el día, con el sol brillando en el cielo, la vaca deambulaba alegremente por los campos, comiendo la hierba exuberante. Pero al caer la noche la vaca se ponía muy nerviosa y asustada. “¿Qué será de mí? ¿Todo el césped se acabó? No puedo ver nada a mi alrededor. ¿Qué voy a hacer?”, se preguntaba la vaca a sí misma, llena de miedo, preocupada por la oscuridad. Sin embargo, cuando el día volvía y el sol brillaba sobre la isla, y la hierba verde se podía ver a su alrededor, la vaca saltaba de alegría, olvidaba los problemas de la noche y comía todo el día. Solo, por supuesto, hasta que la noche volvía a caer y el ciclo continuaba. Así, día tras día, la vaca vivió su vida.

Ahora bien, hoy en día nuestros miedos individuales son alimentados, y hasta amplificados, por unos miedos colectivos. Gran parte de la educación se base en utilizar al miedo como un motivador. Es raro hoy encontrar mensajes políticos radicados en la esperanza, construyendo el futuro que queremos. Más bien, gran parte del consenso político está fabricado promoviendo al miedo hacia el otro. Los medios de comunicación hacen lo mismo narrándonos un mundo tan aterrador que nos asombra. De esta manera, seguimos viviendo como la vaca del cuento sufí; limitados y limitando, creyendo más en la escasez de la vida, que en su abundancia. ¿Cómo cambiarían nuestras sociedades, y por ende nuestra vida individual, si abriéramos los ojos al campo de las posibilidades infinitas en la cual nuestra vida está inmersa?.

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