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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 10 de julio de 2021

Off

Mientras eliminaba cientos de fotos en el interminable carrusel de imágenes que guardamos en el celular, pensaba en lo poco que volvemos a ellas, cenas, paseos, caminatas y reuniones que apenas sirven para ser publicadas. Aterra saber que cada décima de segundo en los discos duros de Google en Silicon Valley son almacenadas 230.000 fotografías tomadas con dispositivos Android. ¿Para qué almacenamos tantos recuerdos, sirve de algo ese repositorio, esa memoria teje mejores contactos, ayuda? Me cuentan que en Google lo llaman “El limbo de las memorias”, una suerte de purgatorio de imágenes que permanecen ahí, olvidadas, son los jirones de millones de egos.

Me conecto a una reunión a través de la pantalla y en cuestión de minutos muchos de los presentes ya no miran a sus interlocutores sino a sus dispositivos móviles, a su otra extensión, se han ido, ya no están con nosotros aunque su cara siga ahí. Daniel Miller, antropólogo inglés, encontró el nombre para esta situación cuando dijo que el celular conduce a “la muerte de la proximidad”, sucede lo mismo cuando sales con amigos, en minutos uno o algunos se mudan de la reunión al celular y son absorbidos por él, se están comunicando con otros, pero no con quienes estamos ahí, esa es “la muerte de la proximidad.” Según Miller, hemos hecho del teléfono inteligente un hogar portátil, ese que deja de estar con nosotros en la reunión se ha ido a su “hogar”, a su refugio seguro, a su álbum de deseos, anhelos o sueños, a su ventana al mundo de otros. Es un hecho que cuando perdemos el celular nos sentimos desamparados y “sin techo”, añade Miller: “en los celulares y en el uso que les damos, expresamos nuestra personalidad, nuestros intereses y nuestros valores.”

A la tecnología como a casi todo la habitan luces y sombras, hoy los teléfonos están omnipresentes en nuestras vidas y desconocer su utilidad sería una insensatez, por eso a pesar de que nos desconectamos del próximo, no necesariamente estamos entrando en un autismo social, al abandonar la reunión seguramente también lo hacemos para expandir nuestras interacciones sociales. Gracias al celular hemos podido crear grupos de whatsapp que permiten a las familias distantes geográficamente (o por la pandemia) comunicarse de manera más espontánea y mejor y en muchos casos se ha recuperado la fluidez y la naturalidad de los diálogos, este es un buen ejemplo de que no siempre la tecnología nos hace perder cercanía o las lógicas de la conversación cara a cara.

Miller, que investigó en nueve países el impacto del teléfono inteligente en la vida cotidiana, desestima que las redes sociales nos hacen más individualistas y afirma que si así fuese no hubiese podido elaborar su investigación y que ese es un señalamiento simplista, pues “las redes sociales colaboran a reforzar grupos tradicionales, como la familia, y a reparar las rupturas que generan la migración y la movilidad de las personas”.

Lo que resulta triste es que esos lazos casi siempre están ahí, en ese limbo. Habitan una nube que frecuentamos al publicar pero que olvidamos al final de cada jornada cuando damos off y desconectamos la red

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