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Juan David Escobar Valencia
Columnista

Juan David Escobar Valencia

Publicado el 13 de mayo de 2019

Optimistas y pesimistas. Tan inútiles como peligrosos

Suele suceder que algún estudiante o asistente a alguna de mis conferencias dice que soy “pesimista” y que eso no ayuda a resolver los problemas porque uno debe ser “optimista”, mirar el vaso semilleno y no semivacío y todas esas frasecitas que pregonan los vendedores de la literatura de autoayuda, los pastores del pensamiento positivo y los gurús del coaching onto-cuántico-vibracional y otras yerbas.

Inmediatamente respondo que confundir la realidad con el pesimismo es un problema cognitivo que por común no significa que sea aceptable, que no necesitamos gente “preocupada” sino “ocupada” inteligentemente atendiendo tanto los problemas como las oportunidades, y aclaro que no soy pesimista ni tampoco optimista porque esas son categorías inútiles, peligrosas y hasta pasadas de moda. Hace años me matriculé en una nueva categoría, los “posibilistas”, que más adelante intentaré describir brevemente.

Nada más peligroso que un pesimista o un optimista. El primero ni hace ni deja hacer nada, y el segundo es un alucinado a quien además le faltan datos. El optimismo o pesimismo no se salvan de ninguna forma.

En distintos campos, el pesimismo, y mientras más calamitoso mejor, es la fórmula mediocre para parecer trascendental e importante. El brillante profesor de Harvard, Steven Pinker, cuyas ideas son criptonita letal para los superhéroes del catastrofismo que viven de agrandar los problemas y pregonar que todo tiempo pasado fue mejor, dice que no debe confundirse el pesimismo con la profundidad: “los problemas son inevitables, pero los problemas son solubles, y diagnosticar todo contratiempo como síntoma de una sociedad enferma es un intento rastrero de aparentar seriedad”. Esta es la triste y ponzoñosa receta de “los mamertos y las mamertas” que han sido y ahora quieren ser alcaldes (a) de Bogotá.

De otro lado, el optimismo ha sido sobrevalorado, casi convertido en virtud deseable y en característica supuestamente imprescindible del liderazgo, tema que como el de la innovación, muchos hablan, pero a pocos se les nota que saben. Los fundamentalistas del optimismo terminan promoviendo la negación a leer y analizar la realidad sin anestesia, porque puede ser evidencia adversa al deseo, así sea bien intencionado, y terminan calificando a quienes lo hacen de desleales, pone problemas y hasta de enemigos. Son de los que creen que “la esperanza es una estrategia”. Daniel Kahneman, el sicólogo ganador del premio Nobel de Economía de 2002, dice que el optimismo nos mantiene saludables y flexibles, pero el exceso del mismo tiende a invisibilizar los riesgos, a sobrestimar nuestros talentos y el grado de control que se tiene sobre los eventos, y a confundir el coraje con la irracionalidad.

Por eso es que prefiero ser “posibilista”, que uniendo ideas de Hans Rowling y Gabrielle Walker, puede definirse como: aquel que sin ignorar o negar los problemas, las dificultades y la incertidumbre del futuro, deja de lado las emociones embriagantes y trabaja analíticamente, buscando hacer realidad lo posible.

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