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Anacristina Aristizábal Uribe
Columnista

Anacristina Aristizábal Uribe

Publicado el 09 de julio de 2019

Oro vs. agua

Nadie niega que estamos en uno de los momentos más retadores de la humanidad, pues solo ahora somos conscientes de que la manera de explotar los recursos naturales y mineros durante los últimos cien años, han puesto en aprietos la vida sobre la Tierra. Qué paradoja: nunca antes se había dispuesto de tecnología tan avanzada para arrancar los minerales del suelo, pero esto mismo está perjudicando enormemente al medio ambiente.

Hoy, el problema se vive en los países con dos características: ricos en recursos minerales y al mismo tiempo en vía de desarrollo. Los países desarrollados y con tecnología, que ya agotaron sus recursos mineros o entendieron el perjuicio para su medio ambiente con la explotación minera, la han trasladado a los primeros. Colombia, extravagantemente rica en minería, vive ahora en permanente debate. Nuestro territorio opulento en oro y en agua es ahora codiciado por las empresas multinacionales poderosas, que pretenden extraer ad infinitum, minimizando los efectos secundarios.

Dicen que el país necesita del dinero que obtiene por el pago que extranjeros le hacen por esa explotación minera, pero no considera, en profundidad, los perjuicios ambientales en el territorio, aunque dicho territorio se beneficie, parcialmente, de ese dinero. Me explico: un extranjero viene y explota el oro de mi subsuelo. Al gobierno central le entra un dinero por eso, una parte me lo entregan para que invierta, por ejemplo, en mejorar mi escuela u hospital. Pero el daño causado en el agua, que no hay manera de arreglar con ningún dinero, no le importa a nadie. Las comunidades que viven por generaciones y generaciones en esos territorios, están diciendo: no me interesa el pírrico dinero (siempre será poquito), que recibo por la explotación minera de mi subsuelo. Lo único que quiero es conservar min riqueza natural, incluida el agua, porque de ella vivo. Pero como el dueño del subsuelo es el gobierno central, ahí está el problema.

¿Y quién es el gobierno central? Unos señores elegantísimos, que trabajan en oficinas con aire acondicionado, que les consignan la nómina en cuentas bancarias, a quienes la comida les aparece en la nevera, que trabajan en ese puesto unos años y después se van a otra cosa. Y estúpidamente creen que su vida no depende del agua de esos lejanísimos territorios. Están convencidos de que el agua nace en los grifos plateados de su casa.

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