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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 07 de febrero de 2019

Pequeño país

Nuestro mundo se ha especializado en muchas formas de iniciar una guerra; sin embargo, hay algunas causas que parecen más absurdas, más increíbles, pero siempre, igual de dolorosas. Eso entendí cuando empecé a leer “Pequeño país” de Gaël Faye, un personaje que algunos conocerán por su trayectoria musical pero que esta vez, en su primera novela, ganadora del premio Goncourt en 2016, nos sugiere por qué una nariz puede ser la causante de mucha sangre, de dictaduras terribles, eso pasa en Burundi entre las etnias tutsis y hutus, o eso es lo que le dicen a Gabriel, un niño de madre ruandesa y padre francés, como el mismo Gabriel que escribe este libro.

Entonces esta historia, digamos autobiográfica, está repleta de situaciones sencillas, de una infancia evocada desde los amigos, desde las aventuras que se tejen en los jardines de barrio, en los baños de río al atardecer o los paseos en una bicicleta que llevará a descubrir otras situaciones realmente dolorosas; pero también muestra cómo los paraísos, tarde o temprano, se resquebrajan, eso pasa con los padres que se separan, con un continente africano que tiembla y con la inacabable tradición de dictaduras, así un puñado de habitantes guarde la remota esperanza de cambio cuando el pueblo tiene por primera vez elecciones para escoger al presidente de la República de Burundi.

Pero los sueños, casi siempre, sueños son y con los años se comprenderán las terribles estrategias, pequeñas sutilezas que los gobiernos emplean para desviar la atención, como poner música clásica en la radio cuando hay un golpe de Estado. Fue así como el 28 de noviembre de 1966, durante el golpe de Estado de Miche Micombero, fue la Sonata para piano N°. 21 de Schubert; el 9 de noviembre de 1976, durante el de Jean-Baptiste Bagaza, la Séptima sinfonía de Beethoven, y el 3 de septiembre de 1987, cuando el de Pierre Buyoya, el Bolero en do mayor de Chopin. En el recuerdo de la novela, aquel 21 de octubre de 1993, tuvieron derecho a El ocaso de los dioses de Wagner.

Sin embargo, para niños privilegiados como Gabriel, que habitan el centro de la ciudad, la guerra no es más que una simple palabra. “Habíamos oído cosas, pero no habíamos visto nada. La vida continuaba como antes, con nuestras historias de guateques, amores, marcas y moda”. Pero ya en medio de todo, la esperanza había empezado a morir, porque “sin que se lo pida, la guerra se encarga siempre de procurarnos un enemigo”.

A veces una conclusión puede ser dolorosa, como en esta historia, y así alguien crea que está exiliado de su país para librarse, la realidad puede ser más cruel y compleja, muchos también están exiliados de su propia infancia, esto lo deja clarísimo Faye en esta bellísima novela.

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