Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 14 de febrero de 2019

Quorum de nietos

Por fin pasamos de un amor por Skype con nuestros nietos australianos, al contacto físico; de la fría caricia cibernética a catorce mil kilómetros, pasamos a los besos en cachetes con pecas. Como la montaña no fue a ellos, los mellizos Mateo y Patrick, vinieron a la montaña desde Melbourne.

No fue fácil para los abuelos paternos endosarles el amor represado durante ochos años. Cada vez que pasaban por nuestro lado los arrinconábamos a punta de picos y abrazos.

Nos saludaban en su naciente español: “Hola, abuela” o “abuelo”, y en ese momento nacía una estrella. Los abuelos tercermundistas revirábamos con el clásico “I love you”, aprendido a marchas forzadas en el Duolingo.

Para dármelas de original, le intrigué al sabelotodo tío Google traducción para esta frase: “Bacancitos, nos despiporramos, nos volvemos hilachas por ustedes”. Google anda buscando sinónimos.

Saben ellos que en el abuelo tercermundista tienen bobo propio. Copiándonos del arquitecto-guaduólogo, Simón Vélez, ratificamos que los nietos son la prueba reina de que existe la reencarnación.

En paisalandia los dos de Melbourne conocieron a sus primitas Sofía e Ilona. Fue como si “antes de conocerse se adivinaran”.

En principio, hubo migajas de celillos por parte de las dos beldades de a puño por la competencia que atravesó el Océano Pacífico para exigir redistribución de afectos. Finalmente, tomaron las cosas a lo bien y compartieron amores con Nacho, el chihuahua, “buliniado” sin piedad por la extrovertida banda de los cuatro.

Nunca dimos con la clave para distinguir a un mellizo del otro. En principio, nos guiábamos por la ropa. Después de mirar cómo iban vestidos, escribía en la palma de la mano: Mateo es el de rojo. Pero era como escribir en el viento. La leyenda se borraba pronto.

Otro truco que ensayamos fue llamarlos por sus nombres. Rápido descubrimos que es más infalible el papa Francisco que este método.

Para ayudarnos a diferenciarlos, Patrick (¿o sería Mateo?) nos aseguró a través de intérprete que era más pecoso que su fotocopia. Mientras contábamos pecas llegaba la aurora.

El taita de estos repetidos primermundistas aportó otra pista: Mateo (¿o sería Patrick?) tiene una pequeña hendidura en la oreja izquierda. La descartamos porque habría que estar mirándolos a las antenas, no a los ojos hechos para el asombro.

La madre cangura precisó que uno de ellos tiene un lunar debajo del brazo. ¿Cuál? Averígüelo, Vargas. Tampoco funcionó porque cuando nos encontrábamos había que ordenarles: ¡Brazos arriba!

Los “aussies” nos hicieron recordar un poema del fallecido poeta Óscar Echeverri Mejía a sus mellizos: “Los dos forman un río: el uno es agua... el otro cauce...”.

Ya están de regreso a Oz o cangurolandia. ¡Cómo disfrutamos este amor a primera vista ocho años después!

Nos queda la feliz opción de quererlos con irresponsable amor de abuelos y ennietecer a distancia, con el charco de por medio.

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