Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 18 de diciembre de 2018

Resignificar

Hace 25 años cayó muerto Pablo Escobar. Desde ese instante, su figura se convirtió en un mito alimentado por la televisión, películas y libros que lo proyectan como el referente de Medellín, la ciudad donde se hacía lo que a él le viniera en gana.

El edificio Mónaco, en el que habitó su familia, y que en 1988 quedó semidestruido cuando el cartel de Cali lo dinamitó, dando inicio a una guerra que dejó más de 50.000 personas muertas en menos de una década, hace parte de la columna vertebral que sostiene al mito Escobar.

La semana pasada, el vetusto edificio amaneció cubierto con avisos gigantes con mensajes asociados a personas que perdieron su vida luchando contra la fuerza negra sembrada por el narcotráfico. Esta acción hace parte del propósito de la Alcaldía de Medellín de quitarle a Medellín el estigma del narcotráfico y sacar a la historia de un círculo vicioso donde Escobar es el epicentro y objeto de las miradas.

Las imágenes muestran que ese sitio, lugar de peregrinación de turistas convocados por el morbo que despiertan los narcos, tiene un significado que va más allá de la foto exótica para el recuerdo: dejar de exaltar al victimario y entender que, por sus acciones violentas, miles de personas perdieron a sus seres queridos.

En febrero del próximo año el edificio será demolido y se construirá un memorial. Por más que algunos critiquen el acto diciendo que hay un halo demagógico que intenta borrar lo que pasó, lo cierto es que se trata de un ejercicio de resignificación, que ayudará a contar la historia desde una perspectiva diferente.

Hace poco escuché a un artista decir con un tono de superioridad: “al edificio que le pusieron una bomba, ahora le ponen otra para demolerlo”. Esa ironía disfrazada de juego de palabras reduce a cero cualquier consideración racional. Deja entrever que criticar es mejor que avanzar. Por favor, este proceso de resignificación hay que verlo sin el esnobismo de la crítica paralizante disfrazada de intelectualidad. Es muy simple: a un armatoste sin valor arquitectónico, derruido e inservible, se le dará un significado que va más allá de Escobar.

Aceptar que lugares como Mónaco sean simples sitios para el morbo turístico es asfixiar la capacidad de generar reflexiones que activen el poder de la memoria para no repetir. Ahí, también, deben entrar La Escombrera, en la comuna 13; la casa Montecasino, que perteneció a los Castaño, y otros sitios donde hay mucho por aprender desde la reflexión consciente basada en el dolor. Superar al edificio Mónaco es un paso que debemos dar. No es fácil, pero toca avanzar a ver si hacemos de la historia vivida una herramienta de reflexión y de conciencia que nos lleve a no volver a repetir.

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