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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 05 de diciembre de 2020

Responso en voz baja

Terminé donde mi tío, el padre Nicanor Ochoa, y no hablando de fútbol ni de ídolos populares, sino de la eternidad, de la incertidumbre del más allá. “De la muerte nadie escapa,/ “ni el rey ni el rico ni el Papa”, rezaba el pareado de una saetilla monacal en las noches conventuales de Villa de Leyva. Y porque Italia también aparecía en nuestra conversación sobre el futbolista desaparecido, el viejo cura se mostró confidencial.

-Recuerdo, muchacho, que cuando estudié en Roma, en los atardeceres de otoño, en esos “tramonti” romanos desleídos de melancolía en noviembre y diciembre, solía perderme solo por las viejas iglesias de Roma con un claro aunque tal vez enfermizo propósito: olfatear la eternidad al pie de sarcófagos, tumbas, cementerios y otros ámbitos funerarios. El olor a incienso que quedaba pegado a los muros después de las ceremonias e invadía los templos vacíos, insinuaba aromas de muerte, de sepulcros y cadáveres, pero también destapaba el indefinible hálito de lo eterno.

-A usted le ha gustado, padre, según me lo ha contado, visitar los cementerios. Y allá en Roma, por lo visto, andareguear sobre las tumbas del pasado en iglesias y catedrales, husmeando en el piso lápidas con nombres de príncipes, obispos y cardenales que habían dejado bajo tierra, esa “inútil inmortalidad” de que habla un poeta chino.

-Sí. Recuerdo que una vez me encontré parado encima de una lápida de mármol blanco, con un epitafio escrito en latín en la que solamente se leían tres palabras: “Pulvis, cinis, nihil”. Ni nombres, ni fechas, ni dignidades. Y allí, yo también, solo, con la muerte acezando en mis talones como un perro. El difunto podría haber sido eso: un cardenal, un obispo o un príncipe. Tres palabras escuetas: polvo, ceniza, nada. Eso me alborotaba en el alma los olores de la fugacidad de la vida, el desasosiego de la eternidad arañando el tiempo y el acoso entre amoroso y pertinaz de la trascendencia.

-Pues, tío, eso me pasa también a mí, se lo confieso, y me ha pasado ahora con la muerte de Maradona. Me paro a mirar desde la ladera del escepticismo los desafueros de gloria y de poder de los famosos, de los ídolos. Sus heroísmos y sus cobardías, sus rostros llenos de antifaces y mentiras, sus vanidades y sus miserias, sus miedos y sus petulancias. Sus pecados, en fin sus...

-Sí, hijo, todo este circo, toda esta batalla, todo este ritual de sueños y megalomanías que acaban siendo arrasados por el viento gélido de la inútil inmortalidad. “Sic transit gloria mundi”. No se necesita ser Papa para entenderlo. Lo vive y lo muere hasta un pobre diablo. Más diablo que pobre, la verdad sea dicha

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