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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 25 de junio de 2021

Santa Teresita y una epidemia

Santa Teresita vivió con realismo asombroso en 1892 una epidemia de gripa que mató a varias religiosas de su comunidad. Escribe: “Nunca podré expresar todo lo que vi, y lo que me pareció la vida y todo lo que es pasajero”. Y agrega: “El día que cumplí 19 años, lo festejamos con una muerte, a la que pronto siguieron otras dos”.

Teresita vivía en familiaridad con la muerte hasta afirmar: “Yo no muero, entro en la vida”. La muerte le enseñaba de continuo a Teresita cosas hermosas. Su corazón palpitaba al unísono con el Amado divino hasta poder escribir : “A la tarde de esta vida compareceré delante de ti con las manos vacías. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío”.

Teresita hizo de la epidemia la oportunidad para llenar de sentido el acontecer de cada día. Su instinto de la vida y de la muerte tenía la majestad del sol naciente, como si compartiera la visión de Santa Catalina de Génova: “Cuando veo morir a una persona, me digo: ¡Oh, qué cosas nuevas, grandes y extraordinarias está a punto de ver!”.

La persona que muere no se ausenta, cambia su forma de presencia. A los amigos y familiares nos corresponde la tarea de cultivarnos para ser capaces de percibir al ser querido que vive ya en la atmósfera de la majestad divina, anticipando así en el tiempo la eternidad.

Teresita cuenta: “Una mañana, al levantarme, tuve el presentimiento de que sor Magdalena se había muerto.” Y se decidió a entrar en su celda porque tenía la puerta abierta. “Y la vi vestida y acostada en su jergón. No sentí el menor miedo. Al ver que no tenía cirio, se lo fui a buscar, y también una corona de rosas”. El cirio y las rosas, medio admirable de festejar la resurrección.

Teresita escribe: “En medio de aquel abandono, yo sentía que Dios velaba por nosotras. Las moribundas pasaban sin esfuerzo a mejor vida, y enseguida de morir se extendía sobre sus rostros una expresión de alegría y de paz, como si estuviesen durmiendo un dulce sueño”. Teresita estaba segura de que, después de haber pasado la apariencia de este mundo, “se despertarán para gozar eternamente de las delicias reservadas a los elegidos”. Su mirada, cultivada con esmero, llegaba hasta el fondo luminoso del misterio.

“Incierto es el lugar donde la muerte te espera, por eso, espérala en todas partes” (Séneca). Teresita esperaba amorosamente la muerte en cada paso del camino. La gran lección para el hombre de la pandemia siglo XXI

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