Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 09 de enero de 2019

¿SE ESTÁ PERDIENDO LA BATALLA?

El aumento desaforado de los ingresos recibidos en Colombia como fruto del narcotráfico, no puede ser más preocupante. Eso que de un año a otro –2016 al 2017– hayan crecido en un 150 % para alcanzar la cifra de los 15 mil millones de dólares, excede cualquier ejercicio de la imaginación. Con razón decía Gabo que en este país la realidad supera la ficción.

Estos números dejan en conclusión que Colombia está perdiendo la batalla contra el narcotráfico. Si hace unos años los gobiernos sacaban pecho para proclamar a los cuatro vientos que los grandes carteles de la droga habían desaparecido, hoy tienen que agachar la cabeza ante la invasión de los grupos delincuenciales que la negocian y desencantarse ante la impotencia de mirar los sembrados de coca que al superar las 200 mil hectáreas están dándole combustible no solo a la riqueza proveniente del ilícito sino al calentamiento de la misma guerra.

Esta actividad en continuo incremento, deja a la vista el hecho de que el Estado ha carecido de la capacidad suficiente para hacerle frente a esta modalidad criminal. Que es impotente para recuperar los dineros producto del narcotráfico. Y que tampoco ha sido efectivo para ocupar los espacios que dejó la parte de la guerrilla de las Farc que se desmovilizó y que hoy sigue esperando que se le cumpla con todas las exageradas promesas que les hizo el gobierno anterior.

Las Farc, dice un estudio de Eafit dirigido por el académico Jorge Giraldo, “dejaron un contexto de cultivos en expansión, y eso conducirá a que, con una alta probabilidad, las Bacrim y los mandos medios y guerrilleros disidentes compitan por el control territorial. Esta competencia puede llevar a un incremento crítico de los niveles de violencia si el Estado no copa con sus instituciones los territorios que las Farc controlaban como insurgencia armada”.

Colombia hace pocos años estaba por detrás del Perú y de Bolivia como productora de coca. Hoy supera con creces a estos países en área cultivada. Y de los 32 departamentos, según un estudio de El Tiempo, 26 están perforados por todas las bandas criminales que operan alrededor de este negocio que cubre un amplio mercado de la producción, comercialización, exportación y consumo interno. El espectro no puede ser más inquietante. Y la fuerza de los ilegales no pocas veces supera en astucia y eficacia a la misma fuerza del Estado.

En la medida en que se expanda tan turbio negocio, la corrupción seguirá incrementándose. Hay recursos de sobra para comprar conciencias y someter a las autoridades nacionales. Las instituciones han sido tocadas por estos mercaderes. Y así, sí que será difícil reconstruir un país en paz, elemento que se da como consecuencia de la suma de la honradez de la sociedad, de la equidad en la comunidad, del imperio de la autoridad para poner en práctica el orden y la justicia, atributos sin los cuales las democracias se tambalean y aparece en escena el populismo, que no es una ideología sino el poder de la demagogia.

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