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Anacristina Aristizábal Uribe
Columnista

Anacristina Aristizábal Uribe

Publicado el 02 de julio de 2019

Sin navajazos

Muchas personas no están de acuerdo con la homosexualidad: les da miedo, les repugna, no pueden comprenderla. Por esa falta de comprensión y comportamientos excesivos e intolerantes de algunos que no comprenden, las personas homosexuales han sido tremendamente agredidas, humilladas, ofendidas. Pero todo comenzó a cambiar hace 50 años en un bar gay de Nueva York, cuando decidieron rebelarse contra el abuso sistemático policial.

La homosexualidad existía entre griegos y romanos; se ha documentado entre los mayas, aztecas, mexicas, incas, caribes. Leonardo Da Vinci era homosexual y no murió en la hoguera por ello. A pesar de todo, después fue mostrado como un comportamiento antinatural, una desviación psicológica. Pero en 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) eliminó la homosexualidad como un trastorno mental y en 1990 la Organización Mundial de la Salud (OMS) la eliminó de su lista de trastornos mentales.

Sin embargo: muchas personas siguen sintiendo repulsa contra los homosexuales, al mismo tiempo que se conoce de más y más personas homosexuales. ¿Nacen? Muchos. ¿Se hacen? A lo mejor. Pero eso no debería importar. Si nacen así, ¿qué se puede hacer contra ello? Si se hicieron ¿por qué atacarlos o discriminarlos? Decisión de cada cual. La inclinación sexual no hace bueno ni malo, per se, a nadie.

Algunos dicen que es “aterrador y falta de respeto verlos en la calle cantando, bailando, besándose y ondeando su bandera”. Lo aterrador y la falta de respeto es la violencia y la agresión: navajazos, puñetazos, insultos, humillaciones, vejaciones, asesinatos, disparos contra seres humanos. Otros dicen “que no tienen por qué imponer su comportamiento”. No tratan de imponer nada, solo gritan que existen y piden que los dejen vivir sin agresiones, discriminaciones o burlas por su preferencia de vida.

El mundo nunca ha sido homogéneo. En la Antioquia pujante y trabajadora también hay homosexuales, negros, mulatos, mestizos, caribes, pobres, evangélicos, izquierdosos, rockeros, fumadores, gente a la que no le gusta la arepa, el fútbol ni los fríjoles. Todos ellos también son Antioquia.

El reto está en aprender a convivir sin pretender que el otro sea como a mí me gusta que sea. No se pueden imponer formas de pensamiento ni de comportamiento ni para un lado ni para el otro, menos a los navajazos. Hay que erradicar la violencia: mientras más personas lo entiendan, habrá más esperanza.

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