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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 11 de diciembre de 2021

Sobre contenidos y fiestas

Estación Celebración, a la que llegan grandes de sombrero y chicos con cachucha, gordos que rompen dietas y flacos que miran qué hay de comer por ahí, hombres con sus mujeres y gentes con sus mascotas, unos alegres y otros serios (les viene del diseño), algunos casi empujados y otros por inercia, sin que falten los que no pierden fiestas de amigos y hasta de gente que no conocen (estos se llaman los enfiestados), los que levantan la copa, así esté vacía (es una manera de decir que la llenen), y lucen camisas de flores o camisetas coloridas o llevan la camisa abierta, que en esto de las fiestas se ve de todo y en ellas hay gentes que bailan solas, los que le suben el volumen al equipo para que los sentados se animen y los que comen y hablan al mismo tiempo, lo que ya parece que no es mala educación, sino aprovechamiento del tiempo. Mientras dure la fiesta, el diablo da permisos.

La fiesta, que tendría su origen en los carnavales (la fiesta anterior a la cuaresma, en la que no se come carne los viernes), ha permitido las barcas de los locos, los comediantes y funambulistas (esos que van por la cuerda floja, muy acordes con los tiempos que vivimos), los músicos de clarinete y guitarra, las mujeres con vestidos amplios, los pasos de los bailarines, las conversaciones picantes, los arrebatos emocionales; en fin, la fiesta es una catarsis y en estos trópicos, una bullaranga en la que se bebe aguardiente y ron, se hacen juramentos que no se cumplen y se ven cosas que no se sabe y habría que suponerlas, analizarlas, sintetizarlas (lo que haría un antropólogo o alguien aburrido), pero no hay tiempo, pues la fiesta es un no tiempo y por eso tanta gente se mete en ella.

Pero la fiesta tiene un problema cuando se desborda y arremete contra los que no están en ella, convirtiéndose en bullicio (algarabía, decía mi abuela) que altera a los vecinos que hacen fiestas más íntimas o, simplemente, tratan de dormir. Esto pasa en Medellín, donde algunos se toman la calle o la azotea o el patio comunal para imponer su fiesta a los demás, elevando el volumen de sus equipos para que se oigan los gritos de las canciones que ponen, que, por lo común, son llorosas, de despecho o propias para incitar una pelea. Y, bueno, esas fiestas se vuelven un natillazo a la brava.

Acotación: que a muchos les gusten los vallenatos llorones, los reguetoneros necesitados de psicoanálisis, las salsas-catre y otros lamentos, es cosa de cada uno y de los sentimientos que tenga. Pero de aquí a que invadan los espacios públicos, cabreen a los animalitos y pongan de mal humor a los vecinos, ya es algo que no va. El ruido es violencia, alcalde 

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