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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 19 de diciembre de 2018

Todos mis muertos (oración por la risa perdida)

La algarabía de la Navidad despierta todos los muertos.

“El problema es que uno se muere para toda la vida”, dijo El Flaco en la cloaca de su secuestro. Mentía el memorable personaje de la película Apocalipsur (dirigida por Javier Mejía, 2007): el problema es que uno se muera en vida. Si los muertos duelen, los muertos en vida (aquellos a quienes les tallamos una lápida a pesar de que todavía respiran) son insoportables.

Su ausencia grita en la solemnidad de la cena navideña, en los gozos de la novena –“¡Ven, no tardes tanto!”–, en el susurro dormilón del rezo. En la insolencia de las rutinas mínimas que abren todas las tumbas: el tintineo de las llaves que anunciaban su cercanía en la puerta de la casa, el tapete arrugado al lado de la ducha, el carraspeo que precedía su voz ante el disgusto, el olor que vencía las paredes cuando cocinaba para vos...

Pero, tal vez, en el banco selectivo de la memoria, el recuerdo que más tarda en desvanecerse es el sonido de la risa de quienes amamos. El “cascabelito”.

(Grabar las risas amadas como estrategia contemplativa, a riesgo de convertir nuestra pena en una comedia de horario familiar).

Ante semejante abismo buscamos los refugios habituales: el desfogue en los centros comerciales, exprimir a Netflix como si fuera la última naranja del árbol, entregarse a los rituales repetitivos del licor, el gimnasio y la oración.

Muchos le han cantado a las muertes, desde Charles Baudelaire y Pablo Neruda hasta Darío Gómez o las hermanitas Calle, aunque –para mí, lectora desprevenida– fue Xavier Villaurrutia quien mejor entendió aquello de matar y morir. Algunos de los versos más hermosos que se han escrito en nuestro idioma están en su poema ‘Décima muerte’: “¡Qué prueba de la existencia/ habrá mayor que la suerte/ de estar viviendo sin verte/ y muriendo en tu presencia!/ Esta lúcida conciencia/ de amar a lo nunca visto/ y de esperar lo imprevisto;/ este caer sin llegar/ es la angustia de pensar/ que puesto que muero existo”.

Somos sumisos ante la alegría, la promesa de la felicidad (el olvido fugaz del dolor). Por disruptiva, la risa nos somete. Su legión de adictos en redes sociales lo confirma.

¿“Luzca la sonrisa de tus dulces labios”?

En esta época se conjugan la disciplina cristiana de buscar culpables (“¡Para qué no llamó en todo el año!”; “Eso le pasa por...”) y la consumista de expiar las culpas con los aguinaldos. En el medio: las risas, en el comedor, frente al pesebre, en la pantalla de Skype, en el globo del chat. Las del creyente, del ateo, del indeciso. Las de quien lucha contra el sueño para descubrir al Niño Dios; las del Niño Dios que espera el sueño para no ser descubierto. O incluso, las de quien despierta del sueño y se descubre de repente sin niño ni Dios.

¡Feliz navidad!.

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