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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 25 de mayo de 2019

Trump: mal manejo de coalición por Venezuela

Por Javier Corrales

El llamado del presidente Donald Trump para un cambio de régimen en Venezuela está provocando críticas de ambos lados del espectro político. La extrema izquierda está denunciando al imperialismo; la extrema derecha se queja de vacilación.

El debate pasa por alto lo que quizás sea un problema más serio con el nuevo enfoque de Estados Unidos hacia Venezuela: está deshaciéndose de los aliados que son necesarios para las fuerzas democráticas del país, al tiempo que fortalece a los oponentes internacionales.

El lado de No Tocar a Venezuela dice que EE.UU. está actuando para bien de sus propios intereses y que la intervención empeoraría condiciones en la tierra. En contraste, los conservadores dicen que esta política carece de dientes. Al no intervenir con más fuerza, está dejando a las fuerzas democráticas en el terreno desarmadas y vulnerables a la represión.

Ambas partes exageran su caso. Se necesitaron violaciones significativas de derechos humanos, junto con el lobby persistente de la oposición y los aliados internacionales, para cambiar la política de EE.UU. hacia Venezuela de ambivalencia a compromiso firme con la democracia. Por fin la administración de Trump no solo está basando la política en hechos; ha llegado a comprender que cuando un estado narco semifallido no se vigila, como quisieran los aislacionistas, los ciudadanos y los vecinos pagan el precio.

Perdido en el debate de izquierda-derecha está cómo Trump no está manejando a los actores internacionales involucrados en el enfrentamiento venezolano. El cambio de régimen requiere una gestión eficaz de estos actores. Esto incluye al grupo de más de 50 países que apoyan la democracia en Venezuela. EE.UU., para su crédito, desempeñaron un papel constructivo en ayudar a la oposición venezolana a forjar esta coalición de aliados, pero ahora están adoptando políticas que la debilitan.

En marzo, Trump criticó al presidente de Colombia Iván Duque -un aliado clave- diciendo que “no ha hecho nada” para contener la ola de exportaciones de coca. Esta humillación pública ha obligado a Duque a inclinarse ante la presión y adoptar posiciones conservadoras impopulares, como incumplir algunos aspectos de los acuerdos de paz de 2016 con los guerrilleros y pedir a los tribunales que rechacen la prohibición judicial de la fumigación aérea de glifosato, un herbicida relacionado con el cáncer, para eliminar los cultivos de coca. Cuanto más se mueve hacia la derecha, más bajan sus cifras en las encuestas. EE.UU. está debilitando a uno de los actores prodemocracia más importantes de la región.

La reciente postura de línea dura de Trump hacia Cuba también es probable que distancie a otros dos socios clave: España y Canadá. A mediados de abril, la administración de Trump anunció que permitiría a los ciudadanos de EE.UU. demandar a cualquier corporación que “traficara” en propiedades confiscadas por el gobierno cubano. Como dos de los socios comerciales más importantes de Cuba, España y Canadá soportarán los costos de esa política. Esta no es manera de recompensar a los miembros de la coalición pro democracia. EE.UU. debería tratar de involucrar a México, que ha adoptado una postura neutral en cuestión de Venezuela.

Peor aún ha sido el trato de la administración Trump de Rusia y China, los adversarios más importantes de la coalición pro-democracia. La estrategia correcta habría sido tomar el ejemplo del libro de juego de Henry Kissinger en la Guerra Fría: enfrentar a China contra Rusia. En Venezuela, esto no habría sido inimaginable. China era el actor más importante en el país hasta que llegaron los rusos a saquearlo. La devastación económica de Venezuela dejó atrár a activos subutilizados, subinvertidos y subvalorados. Los rusos empezaron a adquirir muchos de esos activos en 2017, convirtiéndose en el nuevo patrón del país en el proceso. El perdedor mayor fue China. Estados Unidos tenía una oportunidad de convencer a China que destituir a Maduro era el primer paso no sólo para devolver valor a las inversiones chinas sino también para el empoderamiento de China con respecto a Rusia en Venezuela.

El 3 de mayo, Trump discutió a Venezuela con el presidente Vladimir Putin durante una llamada que duró una hora. Luego sorprendió a todo el mundo, incluyendo a su propio secretario de Estado, diciendo que los rusos “no tenían pensado involucrarse en Venezuela”, sonando más como el embajador de Rusia ante las Naciones Unidas que el presidente de EE.UU. Peor aún, dos días después intensificó la guerra comercial con China, imponiendo aranceles del 25 % sobre productos chinos por valor de 250.000 millones de dólares.

El problema con la política de EE.UU. hacia Venezuela no es que es imperialista o demasiado admonitorio, sino que el Trumpismo está interfiriendo con las metas declaradas. El desdén visceral de Trump hacia los latinoamericanos, su inexplicable sumisión a Putin y su aversión irracional al comercio con China están saboteando las posibilidades de utilizar una presión internacional efectiva para lograr la democracia en Venezuela.

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