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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 24 de septiembre de 2016

Una ascética y una mística de la paz

He estado yendo donde el padre Nicanor como antesala a la próxima votación del plebiscito. Si no me aclara mucho las cosas, al menos me las ilumina. Hace falta esa dimensión espiritual de la que él hace gala, para no perder la fe ni la esperanza.

-La paz, hijo, que debe, por supuesto, trasegar caminos políticos de negociación, es o debería ser una vivencia mística. No basta ser devotos de la paz. Hay que ir hasta las últimas consecuencias. Dar un salto en el vacío. Que eso, ni más ni menos, es la mística.

-Pues es usted, tío, el primero al que oigo abrirle horizontes místicos y espirituales a esta realidad, prometedora pero incierta de la paz, y más en un país tan pasional e intransigente como el nuestro, a pesar de confesarse tan religioso, tan católico.

-Yo digo que la paz es una vivencia mística, pero no precisamente religiosa, aunque tarde o temprano tiene que tocar las fibras hondas de la religión, de la religiosidad, cualquiera que sea la confesión a la que se adhiera.

-Un compromiso con la paz, desde una convicción de fe, pero no como mojigatería religiosa, ¿cierto?

-Por supuesto. Y mucho menos que eche mano del fanatismo, con el que alientan y alimentan las guerras. La paz como mística, o si se quiere, la mística de la paz, implica la trascendencia de las mediaciones (diálogos, negociaciones, aspectos jurídicos y políticos, etc.) para convertirse en un objetivo que arrastra, purificando las instituciones, la sociedad, los resentimientos de las partes que se enfrentaron en la guerra, las actitudes de todas las personas. No hay paz sin perdón, sin reconciliación, sin justicia social. Hay que extirpar del corazón y de la sociedad los odios, la sed de venganza, la radicalización, la intransigencia, la explotación de los demás, el egoísmo.

-Como quien dice, una verdadera conversión, que sería a mi juicio el primer combate de la paz.

-Y el último de la guerra. La conversión es clave, aunque muchos como tú, sobrino impertinente, dicen que esa es cantaleta de curas, beaterías. Para hacer la paz, para vivir en paz, hay que convertirse. Y como hay una mística de la paz, también hay un ascetismo de la paz.

-¿Un ascetismo de la paz?

-Lo dicho, hijo. Para lograr la paz se requiere conversión, lo que se conoce en teología como “metanoia”, una aventura espiritual que implica un cambio de mentalidad.

-¿Dijo usted metanoia?

-Ahora no vengas con que no conocías la palabra. Guardini decía que la metanoia es un examen de toda actividad vital y una transformación de la manera como se ven y aceptan los hombres y las cosas. Una transformación, una conversión.

-Yo diría que una purificación.

-Una verdadera noche oscura. Pero de eso, de las noches oscuras de la paz, a la luz de san Juan de la Cruz, hablamos en otra ocasión. Ya está bien por hoy de sermones.

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