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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 29 de enero de 2021

Una mujer anónima

Leyendo el evangelio de Lucas (11,27-28), fui sorprendido por la envidia. Deseé locamente lo que vivió aquella mujer anónima de que habla este evangelista, de gusto tan refinado en contar su experiencia de aquel que lleva sumergido en el cuerpo y en el alma.

Esta mujer anónima sintió el impulso irresistible de interrumpir a Jesús gritando: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron”. La gente quedó sobrecogida y yo lo mismo, y más al escuchar esta respuesta: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”, como si un temblor de tierra nos hendiera las entrañas.

Contemplo en silencio lo que pasó y me encuentro con que esta criatura descomunal, de sensibilidad exquisita, ¡oh dichosa ventura!, estaba incluida también en la respuesta, y descubrió, como un rayo que la iluminara, que el paraíso que tanto anhelaba, no era un lugar, sino la persona a quien contemplaba y escuchaba.

La admiración me desborda. Me parece que en ese instante esta mujer anónima sentía que le estaba pasando lo que un día le pasó a la mamá de aquel a quien escuchaba fascinada, la mamá a quien “felicitarán todas las generaciones”.

Veo este acontecimiento como anticipo de lo que luego leí en silencio. Cómo Jesús, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó y tomó la palabra para enseñarles: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5,1-2).

Al terminar el sermón de las “bienaventuranzas”, quienes escuchaban a Jesús quedaron absortos al caer en la cuenta de que Él les estaba hablando de sí mismo, como si dijera: mis palabras dicen lo que yo soy y lo que ustedes están llamados a ser si me siguen a mí.

Lo que otro día dijo Jesús a los discípulos comentando las parábolas: “Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen” (Mt 13,16). Les estaba enseñando que la felicidad es persona, no cosa, y que son dichosos por ver y escuchar a esa persona.

El hombre del siglo XXI es feliz en la medida en que es pobre de espíritu, tiene hambre y sed de justicia y es limpio de corazón. Las cosas no lo hacen dichoso, él hace dichoso el mundo en que vive por amarlo inspirado por Jesús, sin apego a nadie ni a nada.

La mujer anónima descubrió que Jesús es la dicha, que sigue deslumbrando al lector del evangelio, sensible como ella. La dicha que el hombre del siglo XXI tiene por descubrir como respuesta al asedio inaudito de la pandemia

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