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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 30 de mayo de 2019

Urabá

Hay lugares a los cuales uno debería haber llegado antes. Hay lugares que uno lamenta haberse perdido por tanto tiempo, a pesar de las múltiples advertencias de belleza, viento y tantos amigos que regresaron felices. Pero los lugares llegan, supongo, cuando tienen que llegar, así como hay múltiples territorios que nunca pisaremos, y nunca sabremos si valen la pena o no. Aunque, creo yo, los lugares siempre valen la pena para alguien, no creo que exista un territorio sobre la tierra que no signifique nada.

La semana pasada participé en un encuentro regional de bibliotecarios en Urabá. Yo nunca había ido a esa región. Antes de subirme a la avioneta le escribí a un amigo que nació y vivió un tiempo largo en esa región para que me recomendara lo que fuera. Su respuesta fue la siguiente: “Así como para pasear, el río de Mutatá o las playas de Necoclí o el Totumo. Pero eso sí, todo es muy feo por allá (...) Ojalá haga fresquito”. Me dio risa, fue como si más que recomendaciones me diera advertencias.

Y así fue como llegué a Apartadó con la mirada puesta desde el aire en las extensas plantaciones de banano, todo verde de hojas alargadas que lentamente se van acomodando al viento. Me pareció precioso y recordé a una profesora de Epistemología que alguna vez en el salón soltó una de esas historias personales que adoban muy bien una clase y se queda en la memoria de la misma forma como se me quedaron ciertos cuentos de Borges y de Poe que analizamos juntos. ¿Y qué contó ella? Que las extensas bananeras de Urabá siempre le hacían pensar en el sencillo deseo de perderse por ahí con un novio y hacer el amor. Suena bien, ¿no?

Debo decir que disfruté cada calle que recorrí en Apartadó. Desde la habitación del hotel, contemplé lo más que pude el paisaje, me sentía como un niño chiquito que se despierta asombrado para saber si eso que ven los ojos es cierto, existe. Me gustó el clima, tal vez porque fue generoso. Pero si disfruté Apartadó, no sé qué decir cuando conocí el mar de Necoclí, a veces tranquilo, a veces fuerte, con troncos flotantes que venían del río Atrato. Pensé en el dolor que ha sufrido toda esta tierra, todo este mar, todos sus ríos, y me pareció imposible de creer que aquí en medio de tanta belleza pesen tanto la pobreza y la violencia también. Un día antes de mi llegada habían asesinado a dos agentes de la Sijín en El Tres.

Apenas regresé a casa me sentí extraño, como si dentro de mí se hubiera quedado una voz, la imagen viva del cangrejo azul. Me dieron ganas de leer otra vez a Mario Escobar Velásquez y sus novelas que narran muy bien esta región. Urabá se quedó pegada en mi piel, de la misma forma como el plancton luminoso brilló en el mar la noche antes de partir

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