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El futuro que ya no asusta
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 15 de junio de 2019

El futuro que ya no asusta

Si a algo nos tenía acostumbrados la serie de ciencia ficción, Black Mirror, era al pavor que nacía con las recreaciones escabrosas del futuro y los caminos retorcidos por donde la tecnología conducía el destino de los seres humanos. Las primeras tres temporadas, que no estuvieron a cargo de Netflix, reunían episodios en los que la voluntad, el espíritu y las emociones estaban doblegados ante las máquinas y las redes sociales. La sociedad se presentaba como una esclava famélica de la conectividad. La privacidad era el capital principal de los monopolios empresariales. La muerte era un inconveniente transitorio, pues la memoria y la identidad eran intercambiables entre monigotes artificiales de inteligencia artificial.

Cuando Netflix asumió la producción de la serie, los capítulos cambiaron un poco de rumbo. Más coloridos, con un humor explícito que transitaba por distintas tonalidades, además del negro, y más flexibles a la hora de plantear tramas imaginativas que escapaban de especulaciones probables sobre nuestro futuro. La plataforma de streaming no parece dispuesta a asumir riesgos o convertir las temporadas que propone en manifiestos que oficien como espejos honestos de la actualidad.

Los tres episodios que se estrenaron recientemente continúan con la decadencia de la serie. Los creadores no solo evitaron arriesgarse con una antología más amplia de episodios, sino que plantean historias anodinas, ingenuas, con una pretensión paródica rancia que además aborda superficialmente los tópicos que en otras temporadas se han desarrollado con el ingenio de quienes de verdad pueden vaticinar los cataclismos del porvenir.

El primer episodio, titulado Striking Vipers, explora las posibilidades de un videojuego en realidad virtual en el cual los jugadores encarnan a combatientes de una arena que no solo despliegan sus habilidades en las artes marciales sino que tienen la posibilidad de explorar eróticamente sus cuerpos. La adicción que les genera este sexo virtual a los dos protagonistas los pone en una encrucijada que desdibuja los límites de la amistad y la fidelidad. Sin embargo, las implicaciones de lo que genera esta tecnología solo roza la superficie, el episodio se vuelve meramente anecdótico, la resolución es pueril y la crisis que desencadena no tiene el suficiente desarrollo para hacernos sentir implicados o amenazados ante la posibilidad.

En Smithereens, un conductor de un servicio similar a Uber intenta secuestrar a un funcionario de una red social que se ha apoderado de la atención del mundo. El hombre atormentado lleva a cabo su plan criminal pero no logra capturar a nadie relevante de la compañía, tiene que conformarse con amenazar la vida de un practicante para comunicarse con el gurú multimillonario que creó la aplicación, una especie de Mark Zuckerberg místico que hace rato perdió el control del monstruo que había engendrado con propósitos más altruistas. La reflexión de fondo de este episodio aborda temas que hace rato son discutidos en el mundo real: hasta donde somos esclavos de las redes y cuáles son las consecuencias de ponerle más atención a la vida que inventamos para el mundo digital.

El cierre de esta temporada tiene a Miley Cyrus como estrella de una trama que aborda el tema de la celebridad, el aislamiento juvenil y los sucedáneos que encontramos en la tecnología para poblar una existencia árida. El punto de vista en el capítulo Rachel, Jack y Ashley Too es menos que adolescente. El conflicto que se desencadena por una inteligencia artificial que intenta replicar la personalidad de una estrella pop es predecible y el clímax de las heroínas que corren a rescatar a la princesa en apuros parece sacado del manual del guionista principiante.

Black Mirror se había instaurado como una serie auténtica y transgresora que todavía tiene oportunidad de recuperar el terreno perdido si los guionistas aprenden que esos futuros pavorosos que pueden plantearse no necesitan tanta pirotecnia, solo hay que saber asomarse a los calderos en los que burbujea lo más putrefacto de esta época.

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