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Crítico

Gustavo Arango

Publicado el 30 de mayo de 2016

En el autobús que pasa por La Aguacatala, una mujer de pelo cubierto pide indicaciones para llegar a un centro oncológico. Dice que su hija no ha podido acompañarla. La voz que nos habla se pregunta por qué la mujer quiso hacer público su cáncer. ¿Tenía miedo o buscaba compasión o compañía? ¿Quería exhibir su desgracia o sólo quería hablar? La voz baja del bus considerando las cadenas invisibles de su vida, que no le alcanzan para atender ese llamado que la mujer enferma hacía entre los pasajeros.

El vecindario anda molesto por pájaros y gatos y murciélagos. Alguien resolvió lo de los gatos envenenándolos. Alguna vez un pájaro quedó atrapado tras los cristales de un apartamento y murió. El radar de un murciélago falló y fue difícil ayudarle a recobrar el rumbo. La voz que nos habla piensa escribir un poema que ayude a los pájaros y murciélagos a encontrar el camino y que haga levantar los ojos al cielo a los vecinos que odian a los gatos. La voz prefiere leer poemas a limpiar las cagarrutas en los autos. Pide en secreto que a los vecinos no se les ocurra cortar los almendros. Lee a Wislawa Szimborska y piensa en la alegría de los lavadores cuando la ven llegar con su carro.

La voz que nos habla sigue extrañando a Dora, la mujer negra y abundante de sonrisa deslumbrante. La extraña cada vez que se cruza con la nueva empleada del conjunto, sería y delgada, de pelo color zanahoria, barriendo bajo los almendros amenazados. Dora es el recuerdo de la muerte, la oscuridad y la nada, la invitación al lugar común entre los sobrevivientes: “Menos mal no sufrió mucho”.

En el sepelio de Emma es imposible estar triste. Hay una extraña alegría que parece un truco de la muerta. “Nos hacía sentir que la vida era brillante”. Emma era amiga de su madre y se llevaba sus historias siempre alegres y dejaba un vacío más grande que los demás. Después del entierro, la voz que nos habla necesita silencio y decide cambiar a un trébol de lugar. Lo llama Emma. Es la primera vez que le da nombre a una planta. La voz piensa que siempre ha estado de luto, por los muertos de su abuela, unos judíos de Rumania. Luego vinieron los muertos más cercanos. Ahora entiende ese lenguaje de colores que dice: “Cuidado (cuídame), estoy frágil”. Pero la fragilidad empieza a estar proscrita en el mundo en que vive.

En casa de su abuela había una janukía, el candelabro de nueve brazos, y la voz que nos habla recuerda los juegos de los niños y los rituales de la anciana. En casa de sus padres la fiesta judía no se celebraba –porque tenían mucho trabajo– y ni siquiera había regalos para los niños. Cuando le preguntaban por su regalo de Jánuka o por el traído del niño, enseñaba el reloj que le dieron por sacar buenas notas.

Cuando coincidieron en Israel, Emma –su amiga– definió a la voz que nos habla como una princesita atípica. Es bonita y no sabe nada práctico. Nunca aprendió modales, ni sabe pedir favores. Su familia era esforzada y austera, y es “como si hubiera crecido amarrada a una cama”.

La voz va por el mundo con la sonrisa de Dora, con el luto de su abuela, con la manera de lavar la ropa de la madre de Emma, con la fuerza de una pianista, con el horror de un poeta. Roba gestos, pero es generosa con lo robado. Lo comparte con otros. Es libre y rebelde y va buscando ventanas a lo imposible. Nos rodea, nos asedia, revela a los lectores de Gestos hurtados (Eafit, 2015) –la preciosa miniatura de Esther Fleisacher– que todos nos movemos por el mundo llenando las alforjas.

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