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Editorial

Defenderse de Maduro

De nuevo, la dictadura de Venezuela muestra los dientes con armamento y “ejercicios militares”. Colombia responde con cautela y confiando en la ayuda de los aliados. ¿Será suficiente?
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ilustración morphart Publicado el 11 de septiembre de 2019

De nuevo, estamos ante un ambiente de tensión en la frontera con Venezuela, por amenazas vertidas por el régimen dictatorial que allá todavía impera. Amenazas que no por repetidas debe ser minimizadas, ni reducidas a bravuconadas de un dictador delirante, así también lo sean.

La estrategia es bien conocida: crear artificiosamente un argumento de supuesta agresión, siempre planificada entre Colombia y Estados Unidos contra un país que tiene “vocación pacífica”. Vocación pacífica que, no obstante, se ha visto acompañada, desde que imponía su voluntad el caudillo Hugo Chávez, de adquisición de todo tipo de armamento y de “ejercicios conjuntos” de carácter militar con países como Rusia.

Por tradición los gobiernos colombianos, independientemente de su orientación política, y con pocas excepciones, han optado por bajarle el tono a las confrontaciones -ocurridas también desde antes de la llegada de Chávez al poder en 1999- y no entrar en el juego de la escalada de declaraciones hostiles cruzadas.

Países sometidos a dictaduras corruptas, con una institucionalidad precaria y carcomidas por toda suerte de desajustes económicos y sociales, como pasa ahora con Venezuela, combinan la retórica incendiaria y las alertas ante supuestos ataques externos como elemento cohesionador de una opinión pública sometida no solo a la más cruda represión sino a una masiva intoxicación de informaciones falsas generadas por quienes detentan la fuerza.

Pero aparte de eso también hacen exhibición y alarde de su fuerza militar, del poder y alcance de su armamento. Un diputado chavista hacía ayer un listado jactancioso de las armas que tiene el régimen de Maduro, del número de efectivos de las milicias bolivarianas a sus órdenes y de la capacidad destructiva de sus aviones y misiles sobre objetivos estratégicos de Colombia -infraestructura, barrios residenciales civiles, centros de producción de combustible y energía, etc.-. Ellos saben que las amenazas tienen poder disuasivo.

Las amenazas no deben ser sobredimensionadas por parte de Colombia pero tampoco subestimadas. Nos topamos con un régimen de oscuros personajes dispuestos a cualquier cosa por conservar el poder. Y que no para ante límites que sí tienen los gobernantes democráticos. Para ellos, destructores del bienestar y dignidad de su pueblo, sacrificar miles o decenas de miles de personas significa poco, o nada.

Pero así como no hay que responder públicamente a Maduro y sus cómplices, el Gobierno colombiano debe asegurar la forma de que la ciudadanía colombiana sepa cuál es la capacidad defensiva del país. Aquí ha logrado imponerse un discurso según el cual toda inversión en sistemas defensivos es un triunfo de “los guerreristas”, y he ahí que en el propio Congreso de la República se han expuesto graves vulnerabilidades en asuntos de seguridad y defensa nacional.

Tampoco es suficiente invocar la asistencia que eventualmente prestarían países aliados de Colombia. Los Estados intervienen cada vez menos en confrontaciones externas y no precisamente por hacerle un favor a un país amigo, ni para devolver cortesías. Lo hacen cuando hay de por medio un interés nacional esencial propio. Serán bienvenidas formas de cooperación y asistencia de democracias que también son fuertes militarmente, pero Colombia debe tener claro cuáles son sus capacidades disponibles para enfrentar amenazas o ataques reales que deberá gestionar por sí misma.

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