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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • FOTO: EL COLOMBIANO
    FOTO: EL COLOMBIANO

El estudio de Jesús Castaño

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Jesús Cataño Gamboa nació en Apartadó en 1979. Se formó como artista plástico en el Instituto de Bellas Artes de Medellín. Desde febrero del año pasado inició una serie de retratos al óleo del cerro El Picacho, pintados al natural desde el puente de Punto Cero para registrar el día a día del cerro durante los días de confinamiento por la pandemia.

A la fecha completa 240 cuadros de 19 x 27 centímetros. Una primera selección hizo parte de la exposición “El jardín de los senderos que se bifurcan” del Museo de Antioquia. La segunda, se expuso en eventos preparatorios de ARTBO.

En la pared principal de su taller en el centro de Medellín hay colgados 104 de esos cuadros. Cada uno corresponde a la misma imagen del cerro en un día distinto de los últimos meses. Para pintar al natural en un entorno plenamente urbano como el puente de Punto Cero, al estilo de los paisajistas del siglo XIX, se inventó una caja de madera del tamaño de un libro, donde fija el pequeño bastidor en blanco. La tapa de la caja le sirve de paleta para mezclar los colores. La caja cerrada, convertida en caballete portátil, le cabe en el maletín con el que sale cada día al encuentro de los colores del cerro.

La composición del cuadro es siempre la misma, pero el paisaje cambia con el transcurso del día. “Cuando llego al puente analizo la atmósfera, la coloración –dice Jesús–. Los elementos que más cambian de la composición son las nubes, el cielo y la coloración de la montaña y del barrio de la ladera. El paisaje parece estático, pero se mueve mucho por el traslado de la luz por la rotación del sol. Así que el movimiento es constante. En el puente tengo unas marcas en el piso de cómo la luz va entrando y se va desplazando a lo largo del día. Tipo dos de la tarde me da la luz en la paleta, y no puedo seguir pintando, porque me impide ver los colores. A partir de ese momento, tomo un descanso, recojo y me voy para el otro costado del puente, donde estoy guarecido por la sombra del techo”.

Aunque parece que siempre está pintando la misma imagen del cerro, cada día debe mezclar colores y construir una paleta distinta. “Sobre el lino trazo el dibujo del cerro con un lápiz, con una técnica que se llama sanguina, y después empiezo a hacer una mezcla de colores. Hay apuntes que hago en la mañana, que son muy claros; otros que son meridianos, con la luz muy brillante; otros que son al atardecer, donde la montaña se ilumina, el barrio ya no recibe mucha luz y el cielo tiene sus tonalidades intensas, oscuras”.

Y mientras dibuja siente “el ruido de los carros, el viento que trae residuos por el desgaste de las llantas de los carros y los pájaros que llegan, azulejos, canarios y unos gavilanes que a veces se asoman”.



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