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  • El estudio de Fernando Acosta

El estudio de Fernando Acosta

Un recorrido por el estudio de este pintor, aunque con un detalle: su casa es una obra de arte.

Dora Luz Echeverría Ramírez | Publicado el 06 de noviembre de 2022

Una casa de patio y solar, árbol de mango y mesa tendida. Una pequeña terraza abierta al cielo por donde se llega al estudio con los muros dorados, pájaros y flores. Muebles recogidos en las esquinas, tejas y ladrillos intervenidos con bolas de cristal y porcelana rota. Vajillas, jarras, platos, tazas y pocillos, lienzos de todos los tamaños con mujeres de sueño, danzantes a través de las ventanas, dolorosas llorando a su muchacho. Rostros perdidos de los que nunca pudieron llegar, nombres que vagan olvidados. Pintura, pintura, pintura. Lo único que finalmente justifica cada instante: ese sentimiento de crear otra realidad, de sentir la libertad en cada pincelada, el color inesperado, la expresión de otro mundo. Ese extraño mundo que lo habita.

Fernando Acosta, como su casa, como su pintura, es una sorpresa. Si algo pudiera definirlo, además de su obra, sería la libertad de ser él mismo. Sin pedirle permiso a nadie, Fernando —artista y también estudiante incomprendido de arquitectura, teatrero de corazón, sicólogo de profesión, máster en Salud Pública, cocinero— optó por el arte como su razón de ser, con una convicción total, sin reservas.

Desde el momento en que tomó la decisión de dejar su exitoso consultorio de sicología por seguir la obsesión por la pintura, pinta todos los días, atento a lo que pasa: la rumba pero también el Sagrado Corazón y San Francisco; las mujeres de vida alegre pero también las solteronas y las vírgenes y los desaparecidos de las comunas; pero también los novios y las siestas y las referencias a artistas que siempre lleva en el corazón: Matisse, Chagall, Modigliani, Velásquez, Van Gogh. Nada se escapa, todo cabe en su repertorio, sin perder la coherencia de una obra con su sello, que no se parece a nadie, que gira y parte de él mismo.

Lector incansable, para Fernando no hay tabú alguno ni fanatismo aceptable. Compartía, en serio y jocosamente, con la pintora Dora Ramírez una de sus frases favoritas: “En lo único que hay que ser fanático es en no ser fanático”. Su búsqueda fundamental ha sido la de la libertad de ser y pensar y actuar y pintar y hablar sin restricciones. Es esa libertad, la libertad del verdadero artista, la que hace posible que su vida oscile entre amigos de todas las edades y todas las condiciones, y el haber habitado casi toda su vida con sus dos hermanas: Luisa, la de manos mágicas, bordadora, tejedora y pintora de porcelana, que partió hace menos de un año, y Nochita, contadora de historias familiares y pintora de pequeños cuadros de flores, ya casi al otro lado.

Fernando hace que la cotidianidad de un café vertido a los setenta centímetros, un almuerzo “sencillo” servido en vajillas pintadas a mano, un atardecer en el solar sean experiencias únicas, instantes que son en sí mismos obras de arte que recuerdan el valor del presente.

El soporte de su obra puede ser cualquier cosa, tangible o intangible. Su capacidad de encontrar y resaltar la belleza en objetos desechables, de evocar imágenes que en otros estarían perdidas, su insistencia en recordarnos eventos que preferiríamos olvidar, pero también la persistencia y la alegría de sus mujeres, de sus flores, de sus pájaros, son la presencia del arte a lo largo de una vida vivida con toda la intensidad. Un artista libre para quien el éxito carece de sentido si no va acompañado de la verdad de poder ser él mismo.

*Arquitecta y amiga de Fernando de toda la vida. Mamá y abuela feliz, profesora y cantante.

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