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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • El Diablo del Carnaval 2023 fue hecho por el artista Diego Armando Guapacha Jurado, riosuceño de Bonafont. Foto: Freddy López García.
    El Diablo del Carnaval 2023 fue hecho por el artista Diego Armando Guapacha Jurado, riosuceño de Bonafont. Foto: Freddy López García.
  • La efigie de este año estaba llena de detalles, como el jaguar en sus pies y un cinturón con las iglesias de arriba y de abajo. Foto: Freddy López García.
    La efigie de este año estaba llena de detalles, como el jaguar en sus pies y un cinturón con las iglesias de arriba y de abajo. Foto: Freddy López García.
  • El Diablo siempre lleva un calabazo, como símbolo de las tradiciones indígenas. Foto: Freddy López García.
    El Diablo siempre lleva un calabazo, como símbolo de las tradiciones indígenas. Foto: Freddy López García.
  • El Diablo del Carnaval sale el sábado, en un desfile por las calles de Riosucio. El de este año midió seis metros ochenta. Foto: Mónica Quintero R.
    El Diablo del Carnaval sale el sábado, en un desfile por las calles de Riosucio. El de este año midió seis metros ochenta. Foto: Mónica Quintero R.

El diablo existe en Riosucio

El Diablo de Riosucio, que se coló en los alumbrados de Medellín a finales de 2021, regresó al pueblo de Caldas tras cuatro años de ausencia. Historia de su Majestad.

Mónica Quintero Restrepo | Publicado

Es domingo de Carnaval. Anoche regresó el diablo a Riosucio, como ha regresado cada dos años, casi sin falta, desde hace más de un siglo, excepto por un par de guerras. Es rojo, de rasgos felinos, alas de murciélago negras, dos metros sentado, usa taparrabos. Mi papá me pone el sombrerito de paja para que el sol radiante de enero no me queme la cara. La cita es fundamental: me va a presentar a su majestad el Diablo del Carnaval. Tengo tres meses y diez días, todavía tomo leche de tarro, no sé qué es un mango ni una sopa, no sé gatear, soy mueca, balbuceo. Me explica que don Sata es un diablo bonachón. No lloro, pese a lo llorona que soy, y él se acerca hasta que quedamos abrazados por Lucifer. Un fotógrafo hace clic y es la única foto que tenemos juntos en carnavales. Es 1987.

Los riosuceños sabemos que el diablo existe desde que nacemos.

En clase de religión católica uno aprende que el diablo es un ser malvado, el príncipe de los ángeles que se rebelaron contra Dios, el que se lleva al infierno a los pecadores, ese lugar tétrico y en llamas. En la Divina Comedia, Dante Alighieri dice que el infierno está dividido en nueve círculos, cada uno más profundo y estrecho. Las almas cruzan el río Aqueronte y se acomodan en el círculo que les corresponde según sus pecados: la lujuria, la violencia, la traición... Lucifer está al final, inmerso en hielo hasta la cintura. Es una bestia de tres cabezas que llora, que babea y que se agita produciendo un viento que lo congela todo. Lucifer es odio: su pecado es terrible.

La efigie de este año estaba llena de detalles, como el jaguar en sus pies y un cinturón con las iglesias de arriba y de abajo. Foto: Freddy López García.
La efigie de este año estaba llena de detalles, como el jaguar en sus pies y un cinturón con las iglesias de arriba y de abajo. Foto: Freddy López García.

No todos los diablos, sin embargo, traicionaron a Dios.

Riosucio es un pueblo que no fue fundado, fue trasladado en 1819. Dos sacerdotes ubicaron una parte de la comunidad en la Plaza de la Candelaria y otra en la Plaza de San Sebastián: los separaba la calle del Comercio, donde había una cerca, nadie podía pasar de un lado a otro, peleaban por el territorio. De lado y lado se tiraban cosas, se gritaban improperios. Arriba estaban los blancos con los negros esclavos y abajo los indígenas. De ese traslado y de esa pelea quedaron dos plazas con sus respectivas iglesias: es el único pueblo de Colombia con dos plazas, una frente a la otra, separadas solo por la calle del Comercio. El Carnaval, que es Patrimonio Inmaterial de Colombia, nació como una reconciliación de esas comunidades y por eso tiene elementos de las tres culturas. Alrededor de 1915, don Sata llegó a la fiesta como símbolo.

El Diablo de Riosucio sí tiene orígenes religiosos. En ese trabajo de conversión de los sacerdotes, las divinidades indígenas se sustituyeron por las católicas: el jaguar del Culto al Sol pasó a ser el diablo y la diosa de la Chicha transmutó en la Virgen de la Candelaria. Pero este es un diablo distinto, transformado, creado también con elementos de las otras culturas: de la raza negra tiene los cachos del toro que representan la fortaleza del culto africano a la selva para vencer a la serpiente —que lleva enroscada y es símbolo de sabiduría—, y de la blanca tiene las alas de murciélago que representan el demonio cristiano. Sus rasgos felinos son de la cultura indígena, como también lo es el calabazo con guarapo que hace parte del culto a la Tierra. El Lucifer riosuceño es mestizo y une a la gente, la fraterniza. Es bonachón: invita a bailar, a disfrutar en paz. Es amoroso, generoso, critica a los gobiernos y juzga a quien se porte mal: a los corruptos y a los violentos se los lleva al infierno, desde donde regresa cada dos años con su carcajada fiera. No mira ni les pone atención a aquellos que vienen al Carnaval pensando en adorarlo con ritos satánicos, pues se equivocan de diablo, de fiesta y de pueblo. Tampoco es inmune al coronavirus, en 2021 le tocó quedarse en casa.

El Diablo siempre lleva un calabazo, como símbolo de las tradiciones indígenas. Foto: Freddy López García.
El Diablo siempre lleva un calabazo, como símbolo de las tradiciones indígenas. Foto: Freddy López García.

Salve salve placer de la vida

El Diablo es el símbolo del Carnaval, pero no lo más importante: hay más fiestas en el mundo con un diablo; desde Ecuador hasta Argentina aparecen varios, y hasta existe un diablo arlequín en el Carnaval de Barranquilla. La esencia de esta fiesta son las cuadrillas, grupos de personas que se disfrazan alrededor de un tema, peregrinan de casa en casa cantando letras jocosas, burlonas y críticas. Póngale la música de Quisiera ser el diablo, para que cante esta estrofa de la cuadrilla La Paila Mocha: Y del nuevo gobierno, con tanta embajadora / va la primera dama el mundo a recorrer / más tantos congresistas con sus salarios altos / y al pueblo solo impuestos nos van es a joder.

En un pueblo católico, que llena las calles en cada Semana Santa para expiar los pecados, hasta los curas que arriban entienden al diablo: se ha visto en la casa cural colgado a uno bonachón. Incluso el jueves, día previo al inicio, hay una misa para recordar a los matachines, como se les conoce a los hacedores de la fiesta que ya murieron. También se les ve a las almas más rezanderas disfrazadas de diablas cantando el himno del Carnaval: Salve salve placer de la vida,/ salve salve sin par Carnaval/ de Riosucio la tierra querida/ eres timbre de gloria inmortal. Y se mezcla a diciembre con la fiesta: al diablo lo pusieron en los alumbrados de la plaza de abajo, porque en Riosucio se desafía el cliché del que reza y peca empata. Don Sata también viaja por el mundo en una estampilla, desde 2019 están en circulación 6.248 a través de 4-72. Además, tiene museo, que en diciembre mezcló los disfraces con el pesebre, y si hay una emoción colectiva indescriptible es la de ese sábado en la noche cuando por fin lo podemos ver de nuevo y lo escuchamos con su saludo infernal.

Lea más: Llegó el diablo a Riosucio tras cuatro años de espera

Desde hace cuatro años al diablo no se le veía en el pueblo. Lo extrañábamos como se extraña a un familiar que no viene de visita hace tiempo: estábamos desesperados. Oh diablo del Carnaval, regresa y vuelve a la vida, le conjuramos varias veces: apareció con seis metros ochenta de alto, rojo encendido, tremendos cachos, un jaguar en las piernas, la culebra en verde mirando al público y un cinturón con las imágenes de las dos iglesias. Un don Sata hecho por un riosuceño de Bonafont, Diego Armando Jurado Guapacha, quien desde que lo conoció a los seis años se encantó: empezó a hacerlo parte de sus dibujos. El sábado se le quitó una bolsa de plástico y el regreso fue triunfal: el Diablo nos miró jocoso, con sus dos dientes de felino. Qué belleza y cantamos al verlo. Qué chimba, se escuchó al unísono.

No se nos paró el corazón porque había que bailar, saludarlo, abrazarlo, conjurarlo.

El diablo sí existe. Y en Riosucio damos fe.

$!El Diablo del Carnaval sale el sábado, en un desfile por las calles de Riosucio. El de este año midió seis metros ochenta. Foto: Mónica Quintero R.
El Diablo del Carnaval sale el sábado, en un desfile por las calles de Riosucio. El de este año midió seis metros ochenta. Foto: Mónica Quintero R.

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Mónica Quintero Restrepo

Es periodista porque le gusta la cultura y escribir. A veces intenta con la ficción, y con los poemas, y es Camila Avril. Editora de la revista Generación. Estudió Hermenéutica Literaria.

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