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  • Imagen de Five Easy Pieces. Foto película.
    Imagen de Five Easy Pieces. Foto película.
  • El Hollywood de Bob Rafelson
  • Imagen de la película The King Of Marvin Gardens. Foto: Película.
    Imagen de la película The King Of Marvin Gardens. Foto: Película.

El Hollywood de Bob Rafelson

El pasado 23 de julio falleció, a los 89 años, el director, guionista y productor neoyorquino Bob Rafelson, uno de los hombres que le cambió la cara al cine
norteamericano de los años 70.

Juan Carlos González | Publicado el 04 de septiembre de 2022

Estamos a principios de los años sesenta del siglo XX. Bob Rafelson le dijo a Bert Schneider cuando se encontraron, como habitualmente lo hacían, para caminar al mediodía por Central Park: “El problema de hacer cine no es que no contemos con gente con talento; lo que pasa es que no tenemos la gente con el talento necesario para reconocer el talento. Mira Francia, por ejemplo, con la nouvelle vague, o Inglaterra, donde Tony Richardson tiene su propia productora, Woodfall, mira las películas neorrealistas de los italianos. Aquí también hay gente como ellos, pero falta el sistema que les permita prosperar, no hay nada que estimule a los artistas. Lo que esta industria necesita no son mejores directores, sino mejores productores, dispuestos a darles una oportunidad a los directores con ideas para que hagan las películas a su manera”.

Bert era hijo del presidente de Columbia Pictures, Abraham Schneider, que lo nombró en la división de televisión de la empresa, Screen Gems. El neoyorquino Bob Rafelson —egresado del programa de filosofía de Dartmouth College— era en ese momento productor asociado en esa misma compañía, tras haber sido despedido de Universal Pictures.

Cuando Bert Schneider falleció en diciembre de 2011, el periodista y escritor Peter Biskind en un obituario publicado en la revista Vanity Fair afirmó: “Si, como un buen muchacho, Schneider hubiera sucedido a su padre en la gerencia en vez de irse hacia el lado oscuro, no habría habido Dennis Hopper ni Peter Bogdanovich ni Jack Nicholson o George Lucas”. En 1965, Schneider renunció a Screen Gems y junto a Bob Rafelson fundaron Raybert Productions: se habían ido al lado oscuro del “nuevo Hollywood” que iban a hacer progresar con su empresa productora. Empezaron por la televisión aprovechando los contactos.

Suya fue la idea —inspirada en A Hard Day´s Night (1964), de Richard Lester, de contar las aventuras cómicas de un cuarteto musical en un seriado televisivo. Obviamente no podían contar con The Beatles, así que crearon un grupo exprofeso: The Monkees. Fueron un éxito enorme tanto en audiencia como en fanaticada, pues Raybert contrató los mejores compositores y músicos para hacerlos un suceso mediático. El furor de The Monkees le permitió a Bob Rafelson debutar como director con Head (1968), un musical psicodélico que funciona como un pastiche alocado de géneros y estilos, pero con una consciencia clara de denuncia: en medio de la aparente anarquía narrativa hay material documental de la guerra de Vietnam. Ahí estaba el horror del presente, imposible de ocultar.

Un año antes, Bonnie and Clyde, dirigida por Arthur Penn, marcó el inicio de un movimiento sobre las cenizas del Hollywood clásico, donde las imposiciones de la censura que imperó durante décadas quedaban atrás, en pro de una libertad creativa que buscaba equipararse a las vanguardias europeas. Raybert Productions estaba atento a su desarrollo: tras ganar considerable fama y prestigio con The Monkees, pese a que Head fue un fracaso, Rafelson y Schneider confiaron en Denis Hopper y en Peter Fonda e invirtieron menos de $400.000 dólares para que rodaran Easy Rider (1969), la película ícono de la contracultura hippie de los años sesenta, un monumental éxito que para 1972 ya había recogido 60 millones de dólares en el mundo y que abrió la puerta para que se colara toda una nueva generación de directores, guionistas y actores que renovaron el cine norteamericano con vitalidad y riesgo.

Uno de ellos fue sin duda Jack Nicholson. Egresado de “la escuela” de actuación de Roger Corman, fue coguionista de Head, actor secundario en Easy Rider —recibió por ello su primera nominación al Óscar— y el protagonista de dos películas muy importantes de los años setenta dirigidas ambas por Bob Rafelson, Five Easy Pieces (1970) y The King of Marvin Gardens (1972), hechas cuando ya Raybert se había convertido en BBS Productions, tras la incorporación de un tercer socio, Stephen Blauner, amigo de infancia de Bert Schneider y que había sido un ejecutivo en Screen Gems. Obviamente BBS no solo se dedicaba a hacer películas de sus integrantes: a ellos se les debe la existencia de La última película (The Last Picture Show, 1971), de Peter Bogdanovich, A Safe Place (1971), de Henry Jaglom, el debut de Jack Nicholson como director, Drive, He Said (1971) y el documental de Peter David Hearts and Minds (1974).

Recordaba Jaglom que “queríamos que las películas fueran un reflejo de nuestra vida, esa ansiedad que se propagaba como consecuencia de la guerra, los cambios culturales de los que todos éramos hijos... la idea original de BBS era que, en cierto modo, todos éramos polivalentes: éramos guionistas, directores y actores, y trabajaríamos en las películas de todos, no darían un porcentaje, haríamos películas baratas, todos participarían”. Por eso hay interconexiones y vasos comunicantes entre todos estos filmes: el cinematografista László Kovács, los actores Jack Nicholson y Karen Black, los guiones de Rafelson...todo era demasiado perfecto como para que fuera a durar.

El Hollywood de Bob Rafelson

En el apogeo de BBS llegarían las películas dirigidas por Rafelson, su aporte directo e indeleble al nuevo Hollywood. Five Easy Pieces, Mi vida es mi vida, es una cinta de clara inspiración europea. Es la historia de un obrero de un complejo petrolero, Robert —Bobby—Dupea (Nicholson), que vive modestamente en Bakersfield, California, con una mesera, Rayette (Karen Black), amante de la música de la cantante country Tammy Wynette. No son exactamente felices, se soportan, pese a los maltratos y al desdén de Robert. Se saben condenados, pero prefieren pasar ese detalle por alto. Robert oculta un secreto de su origen y de su trayectoria, algo que debe enfrentar pese a su nihilismo: ha de viajar (no regresar, aclaro) a la casa paterna que un día abandonó y enfrentarse a su familia y a él mismo. Su pasado, sus ambiciones, una nueva posible ilusión, todo parece caerle encima a Robert, reclamándole el haber huido. Pero lo suyo es una fuga perpetua, un auto exilio del alma.

Five Easy Pieces bebió del Truffaut de Disparénle al pianista (Tirez sur le pianiste, 1960): Robert es ese Charlie Koller huyendo de su pasado que Aznavur interpretó ahí; también es el Andreas (Max von Sydow) vaciado de sentimientos de La pasión de Anna (En passion, 1969), del maestro Ingmar Bergman. Robert es una amalgama de ambos, y es Jack Nicholson jugando por primera vez a ser ese intérprete desbordado de enorme rango histriónico por el que siempre va a ser recordado. La película fue un triunfo artístico y le dio a Karen Black su única nominación al Óscar como mejor actriz de reparto. “No teníamos ninguna ambición ardiente o eslogan para cambiar Hollywood. Simplemente sabíamos que había una manera de hacer algo que era más genial que la forma en que se había hecho”, le diría Rafelson a Los Angeles Press al momento del estreno de Five Easy Pieces.

Rafelson vuelve a unirse a Nicholson dos años después para hacer ahora The King of Marvin Gardens, un filme inclasificable rodado en la Atlantic City antes de que se legalizara el juego y las apuestas en esa ciudad, cuando aún existían esos grandes hoteles que antes que se termine esa década van a ser demolidos para dar paso a megacasinos. Es testimonio de una época perdida, como lo es de la relación entre dos hermanos, David y Jason Staebler, completamente opuestos en personalidad y que llevan años sin hablarse. David, retraído e introvertido, es locutor y anfitrión de un programa radial nocturno y Jason es un soñador lleno de proyectos que jamás se concretan, y que vive a toda hora en el borde de la ilegalidad. Su reino es el de las piezas del juego original de Monopolio. David va a ayudarle, literalmente, a construir un castillo de naipes. Los acompañan en este sendero autodestructivo la mujer de Jason, Sally (nada menos que Ellen Burstyn) y su secretaria, un rol ambiguo y sugerente interpretado por Julia Anne Robinson, que moriría tres años después.

Imagen de la película The King Of Marvin Gardens. Foto: Película.
Imagen de la película The King Of Marvin Gardens. Foto: Película.

Contra todo pronóstico, Rafelson decidió que David fuera interpretado por Nicholson y Jason por Bruce Dern. Ese desafío a las expectativas jugó a favor de una película que fue exigente con ambos actores. Su idea con ese cambio de roles era “eliminar las preconcepciones del público, sus puntos de apoyo, para que la violencia resulte más violenta, la belleza más bella y el sexo más sexy. Así todo se amplifica”. The King of Marvin Gardens tiene la lúdica absurda de Fellini, el vacío existencial de Antonioni y la desazón estadounidense que en ese momento tenía en los bombardeos de Vietnam su gran dolor internacional y el inicio del escándalo de Watergate en el plano doméstico. Es la desilusión la atmósfera dominante, es el hacer pedazos el sueño americano, constatando que es, simplemente, un sueño.

Igual le pasó a BBS. Ese mismo 1972 Coppola estrenó El padrino (The Godfather), Huston hace Fat City y Fosse se inmortaliza con Cabaret. Al año siguiente Scorsese lanzó Malas calles (Mean Streets, 1973). Rafelson, Schneider y Blauner se dieron cuenta de que su empresa era pequeña y que hacían películas con un presupuesto limitado, para un público de nicho y que no iban a poder competir. Y aunque ganaron el Óscar a mejor documental con Hearts and Minds en 1975, ese fue el último proyecto de BBS.

Rafelson va a hacer una última película en esa década, Stay Hungry (1976) y Schneider va a producir para Terrence Malick la esplendorosa Días de gloria (Days of Heaven, 1978). Producirá un filme más y va a retirarse de la escena pública —entre matrimonios fracasados, radicalismos políticos, drogas y excesos— cuando ya el cine era otra cosa, menos ingenuo y artesanal.

*Médico microbiólogo, escritor y crítico de cine. Editor de la revista Kinetoscopio. Y papá de Luisa. Instagram: @tiempodecine.

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