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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • La Bestia

La Bestia

Luis Alfredo Garavito, el más grande asesino en serie de la historia del país, ha muerto: es hora de revivirlo.

John Saldarriaga | Publicado

Si alguien se atreviera a escribir una o varias novelas sobre un personaje que viole, torture y mate a más de 170 personas, la mayoría niños; que a algunas de ellas las mutile, a otras las ofrezca en rituales satánicos y a otras tantas las use como objeto de placer necrofílico, los críticos y el público en general saldrían al paso a gritarle: “¡No inventes!”. Le dirían que ha creado un personaje absolutamente inverosímil y le recomendarían, por su bien, rebajarle a tanta imaginación.

Si para colmo, en algún punto, digamos en la quinta o sexta novela de la saga, las autoridades le echan mano al criminal, lo someten a la justicia y, después de las investigaciones y los juicios, la condena sea de mil 853 años y nueve días, le asegurarían: “es un disparate”. Supondrían que delante suyo tienen a un maestro de la hipérbole ante quien Rabelais resulta tímido y mesurado.

Esta secuela aún no escrita por manos humanas, ya lo fue en el Libro de la Historia de la Humanidad. Sus autoras, las fuerzas inefables que mueven el mundo, las de la Naturaleza, la escribieron, no con palabras, sino con letras de sangre, dolor y humillación. El nombre del personaje es Luis Alfredo Garavito Cubillos, conocido como la Bestia o el Monstruo de Génova. Murió el pasado 12 de octubre en el lecho de un hospital de Valledupar, al parecer por leucemia y cáncer de ojo. Él es el dueño de esas cifras de horror. Los críticos y el público no son distintos a sus contemporáneos, a quienes, desde que se enteraron de sus crímenes, a finales del siglo veinte, no han podido cerrar la boca desencajada por el asombro, dejar de mirar para uno y otro lado en cada esquina cuando salen a la calle —preferiblemente acompañados— ni olvidarse de clavar puertas y ventanas cada noche antes de irse a la cama, no sea que un monstruo parecido ande por ahí suelto y convierta sus sueños en pesadillas.

De Garavito han realizado documentales periodísticos. Entre otros, una entrevista de Guillermo Prieto La Rotta para “Especiales Pirry”; Rastro de un asesino, de Discovery Channel; Los informantes, de Caracol Televisión, pero nadie ha escrito una novela ni rodado una película sobre semejante personaje. Quien quiera hacerlo, no hallará problemas para caracterizar a este quindiano nacido el 25 de enero de 1957. Los psicólogos expertos en perfiles de asesinos lo definen como un sujeto desmemoriado, que padece trastorno antisocial de la personalidad, necrofílico, sádico y megalómano, entre otras características propias de un sociópata.

De niño, para “canalizar” las iras que le causaban sus compañeros de escuela —a la que asistió hasta la mitad del quinto grado—, mataba pajaritos y los despedazaba con ayuda de una navaja de afeitar. Su primer asesinato lo cometió a los quince años. Para perpetrar sus delitos se disfrazaba de monje, mendigo o discapacitado, o aparecía como un vendedor de imágenes del papa, el Divino Niño y la Virgen del Carmen. Metódico, llevaba registros de sus crímenes junto a los que los investigadores encontraron fotocopias de pasajes de bus de distintas flotas y destinos, comprobantes de hoteles, copias de recibos de llamadas telefónicas y de telegramas en los que concertaba los encuentros. Y falta más: ya en la cárcel, adonde fue a parar el 22 de abril de 1999, decía que los asesinatos los cometía obligado por el diablo, pero, según él, arrepentido, se bautizó en la Iglesia Pentecostal. Le conmutaron esos dos siglos de presidio por cuarenta años.

Sus contemporáneos renegamos por haber coincidido con él en el tiempo y el espacio, por respirar el mismo aire y contemplar el mismo sol, como debieron maldecir los europeos, hace cuatro siglos, la coexistencia con otro monstruo semejante: Isabel Báthory. La Condesa Sangrienta, como la presenta Alejandra Pizarnik en su relato poético y escalofriante. Esta húngara ostenta una marca todavía insuperable: 630 víctimas, las más de ellas mujeres jóvenes, a quienes torturaba en el sótano de su castillo. La leyenda la define como un ser obsesionado por la belleza y la juventud. Usaba la sangre de las muchachas para mantener estos atributos. Así narra Pizarnik:

“Salvo algunas interferencias barrocas —tales como la “Virgen de hierro”, la muerte por agua o la jaula—, la condesa adhería a un estilo de torturar monótonamente clásico, que se podría resumir así: Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes —su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años— y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un géiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. Y tanto, que debía ir a su aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría durante esa breve interrupción?). También los muros y el techo se teñían de rojo”.

O como aborrecieron esa suerte los contemporáneos de Barba Azul. Menos conocido por su nombre real, Gilles de Rais, fue un militar francés compañero de Juana de Arco en la Guerra de los Cien años, que asesinó a más de 140 niños. Su historia la contó el periodista español Juan Antonio Cebrián Zúñiga en el libro El mariscal de las tinieblas: la verdadera historia de Barba Azul. Hubo otro Barba Azul, también asesino en serie. Es un cuento popular francés recogido y adaptado por Charles Perrault. Un hombre se casó y enviudo varias veces hasta que una de esas esposas descubre que oculta en una habitación, a la que le tenía prohibido entrar, los cadáveres de sus antecesoras. Este Barba Azul ha sido llevado a la ópera y a los videojuegos.

Así, pues, con Garavito, los autores de novela negra tienen una veta que deberían explorar y explotar. Ya tiene título: La Bestia. No se hable más.

John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros de cuentos: Al filo de la realidad y El alma de las cosas. Periodismo: Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López; Crónicas de humo, El Arca de Noé, y Vida y milagros. Novelas: Gema, la nieve y el batracio, El fiscal Rosado, y El fiscal Rosado y la extraña muerte del actor dramático. Fábulas: Las fábulas de Alí Pato. Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa.

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