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En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Meses de Gabo

Meses de Gabo

Marzo, por el cumpleaños de su nacimiento; abril, por el de su muerte son pretextos válidos para mencionar a García Márquez. Ah, y agosto por la novela recién publicada.

John Saldarriaga | Publicado

Marzo, abril y, ahora, agosto hacen parte del calendario de Gabriel García Márquez, la figura más importante de la historia de la literatura en Colombia. Los dos primeros meses permiten recordarlo, hablar de él y volver a maravillarnos con su obra. Nació en Aracataca, el seis de marzo de 1927. Murió en Ciudad de México, el 17 de abril de 2014.

Debo decir que este autor fue el primero que consiguió cautivar mi atención. La creación de Macondo, los personajes desmesurados, la realidad distorsionada, su estilo narrativo musical y adictivo fueron las “trampas” amables para tal seducción. La llave que abrió la puerta de las emociones fue La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, un conjunto de relatos macondianos, cuya lectura constituía una tarea escolar. El cuento que da nombre al volumen narra la historia de una niña esclavizada por su abuela, primero obligándola a realizar labores domésticas superiores a sus fuerzas y, luego, a prostituirse para conseguir dinero. Uno de los visitantes de la cama de Eréndira, tocayo del héroe homérico, llegó un día para salvarla: a su lado y sin importarle los riesgos, emprendió la odisea de la libertad. Este y los demás relatos, Un señor muy viejo con unas alas enormes; La prodigiosa tarde de Baltasar; El último viaje del buque fantasma; Blacaman el bueno, vendedor de milagros; El mar del tiempo perdido... fueron instalándose en mi mente sin permiso para no salir jamás.

Aparte de las tramas envolventes sentía un encanto, un regusto dulce que permanecía al cerrar el libro. Me hacía prometer —y cumplir— un pronto regreso a la lectura. ¿Cuál era el secreto de aquella sensación indescriptible? Con más instinto infantil que conocimiento, por supuesto, comencé a responderme que se trataba de la manera propia de contar. El estilo, diría tiempo después.

Tras la cándida Eréndira... y unos libros más, con amigos conformé un grupo para “estudiar” las obras de Gabo publicadas hasta ese momento. No habían salido aún Del amor y otros demonios, Noticia de un secuestro, El general en su laberinto, Doce cuentos peregrinos, Memoria de mis putas tristes, El amor en los tiempos del cólera... Pero teníamos suficientes para solazarnos: Ojos de perro azul, Los funerales de la mama grande, El coronel no tiene quien le escriba, Relato de un náufrago, La hojarasca, La mala hora, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, Textos costeños, Entre cachacos...

Nos maravillamos con los muertos flotando en la atmósfera acuosa del cementerio, en el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, que se posicionó desde entonces y para siempre como mi favorito entre los relatos del cataquero; Melquiades, el inmenso personaje y uno de los hilos conductores de la gran obra...; la competencia entre los comedores Aureliano Segundo y Camila Sagastume, apodada La Elefanta; el coronel alimentando un gallo como a un campeón mundial mientras él y su esposa morían de hambre; el personaje que se afeita con jugo de duraznos por falta de agua en Caracas; las cruces de ceniza que nunca se borraron de las frentes de los doce Aurelianos; Eva, la mujer que se cansa de su belleza y decide irse a vivir en el gato... Los argumentos, las tramas, sí, son maravillosos. Pero entendimos que la mayor magia estaba en el lenguaje. En las palabras que se suceden una tras otra sin esfuerzo, la musicalidad de las frases largas y en contrapunto con las cortas, las figuras literarias, sobre todo las hipérboles. Estas, absolutamente determinantes, como cuando dice en Del amor y otros demonios que el caballo del médico Abrenuncio Sa Pereira Cao murió de cien años de edad. Es la trampa, el anzuelo con sebo dulce en el que uno inevitablemente se pierde. Esas imágenes desmesuradas terminaron por ser inolvidables por efecto de hechicería literaria.

Después, supimos que el remedio para salir del embrujo, en nuestro caso que, además de lectores, queríamos emprender un camino de escritores, era someternos de inmediato y de por vida a una terapia intensa y extensa de lecturas de cientos de autores diversos, de todos los tiempos y lugares, que mostraran imaginarios y realidades distintas, y con lenguajes, obviamente, disímiles.

Falta contar que, dos años después de haberlo conformado, el grupo se disolvió. Uno de los integrantes manifestó que renunciaría en sus intentos de hacerse escritor. “Cada vez que me siento a escribir —reveló— me da la impresión de hacerlo ante un tablero de ajedrez. Al otro lado de la mesa, como oponente, está Gabo. Sé que jamás podré superarlo”.

Tal vez parezca exagerado, pero de tal grado es la influencia del estilo garciamarquiano. Un mar de arenas movedizas. Mientras uno más se mueve en él, más se hunde. Cuando se va de excursión por esas regiones, debe irse prevenido con un lazo para, cuando se sienta falsear el piso bajo los pies, pedirle a alguien que esté a salvo, ate la otra punta a un elefante entrenado para tareas de rescate. Un paquiderno que, con ciertas órdenes, logre sacarlo.

Por sus cumpleaños, varias veces busqué su sombra en Aracataca. Sigue intacta. La casa natal, museo que rememora los primeros once años del escritor, antes de trasladarse con su familia a tierras sucreñas; parientes reales e imaginarios; vecinos añosos colmados de evocaciones de infancia, como Luis Carmelo Correa, el Fello, quien lo recuerda tímido y, a diferencia de los demás niños, siempre calzado; la biblioteca Remedios La Bella donde estudian su obra; el tren, que si bien no lleva y trae pasajeros ni bananos, sino carbón, se hace sentir en todos los rincones del pueblo como un demonio ruidoso; la Calle de los Turcos; galleras; el Puente de los Varados... Y en los billares, conversaciones permanentes sobre su figura mítica.

Lo saludé un día en Cartagena de Indias durante un Hay Festival. Después de haberlo buscado sin éxito en su casa. Sin embargo, al caer la tarde, mientras hablaba con William Ospina en el patio del Claustro de Santa Teresa, lo vimos entrar con su esposa, Mercedes, y otras personas. Ospina había leído hacía poco tiempo un borrador casi definitivo de Vivir para contarla y tenía amistad con el Nobel. Nos acercamos. Sencillo y con la familiaridad de quien me hubiera conocido por años, me invitó a sentarme a su lado. Hablamos de literatura (“suele ser mejor que la existencia muchas veces”; de periodismo (“por delante de este oficio no hay otra cosa”; de la vida cotidiana (“el clima del trópico es una bendición incomparable”)...

Pocos creadores tienen la fortuna de haber propiciado la invención de palabras por parte de sus lectores y el público en general. Vocablos que ayudan a explicar el mundo o, por lo menos, una situación. Cervantes, gracias a su gran personaje, motivó el término “quijotada” para señalar una acción difícil, noble y desinteresada que alguien hace en favor de otras personas; Dante, por ese Infierno y ese Purgatorio de su Divina Comedia, tan horribles, llevó a calificar de dantesco lo que resulta espantoso; García Márquez condujo a nombrar de macondiano lo que resulta irreal o absurdo. Esto es parte de su legado notable.

El más universal de los escritores colombianos está entre quienes nos han enseñado a cantarle a la realidad disparatada y violenta de nuestros pueblos latinoamericanos, al paisaje exuberante, a las costumbres mágicas, al folclor... Hay lectores que encuentran más bella o contundente Cien años de soledad; otros, El amor en los tiempos de cólera; los demás, Crónica de una muerte anunciada o El coronel no tiene quien le escriba. Hay quienes hallan más legible Doce cuentos peregrinos, por ser historias del mundo vistas con ojos de latinoamericano... Hay obras para diversos gustos. Y quienes no celebran su obra, tampoco niegan su calidad.

Ah, queda por hablar de agosto, el otro mes del calendario garciamarquiano por En agosto nos vemos, la novela recién publicada. Si bien no quisiera empañar este texto hablando de asuntos de baja talla, sé que algunos no justificarían el que no refiriera unas palabras a la novela que había permanecido inédita hasta este año —salvo por unas páginas iniciales que habían salido hace tiempos—. Sobre todo porque es tema de moda.

Se trata de una historia atractiva, en la que el personaje central, una mujer en sus cincuentas, acude sola cada año a alguna isla del Caribe, procedente de algún lugar del continente, a ponerle flores a la tumba de su madre y a contarle sucesos familiares acaecidos en los doce meses anteriores. De pronto, a partir de una de las visitas, al motivo fúnebre se suma una aventura de infidelidad sin explicaciones, como históricamente ha sido común entre numerosos autores con personajes masculinos. La magia arrolladora de García Márquez está ausente. Los personajes quedan sin desarrollar y los hechos sin mayor verosimilitud. Se diría que él hubiera abandonado su escritura y refinamiento, quien sabe por qué motivo. Este texto no suma a la inmensidad del creador. Por supuesto, tampoco le resta, porque la mayor parte de las obras del cataquero son grandiosas y una novela de inferior calidad no es luna capaz de eclipsar un sol radiante.

John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros de cuentos: Al filo de la realidad y El alma de las cosas. Periodismo: Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López; Crónicas de humo, El Arca de Noé, y Vida y milagros. Novelas: Gema, la nieve y el batracio, El fiscal Rosado, y El fiscal Rosado y la extraña muerte del actor dramático. Fábulas: Las fábulas de Alí Pato. Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa.

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