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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • El rabino Elad Villegas es el líder espiritual de una comunidad de judíos conversos, ubicada en el norte del Valle de Aburrá. Foto: Carlos Velasquez.
    El rabino Elad Villegas es el líder espiritual de una comunidad de judíos conversos, ubicada en el norte del Valle de Aburrá. Foto: Carlos Velasquez.
  • Los viernes a mediodía el sheik dirige la oración de los fieles. Luego, muchos de ellos comparten un almuerzo en el restaurante del primer piso de la mezquita. Foto: Jaime Pérez.
    Los viernes a mediodía el sheik dirige la oración de los fieles. Luego, muchos de ellos comparten un almuerzo en el restaurante del primer piso de la mezquita. Foto: Jaime Pérez.

Notas sobre el islam y el judaísmo en el Valle de Aburrá

Un conflicto al otro lado del mundo deja sentir su rigor en la capital de Antioquia y municipios del área metropolitana.

Ángel Castaño Guzmán | Publicado

La historia no es nada sencilla. Se ha escrito tanto sobre este tema que tiene un matiz obsceno volver a él mientras los palestinos y los israelíes son blancos del fuego adversario y caen hechos trizas por las balas y los misiles. Buscar los responsables, determinar cuál fue la mano en lanzar la primera afrenta, tiene su dosis de maldad, sobre todo cuando son los otros los que le ponen el pecho a la metralla o se internan por pasadizos sembrados de explosivos y trampas. Al final de escuchar tanto parloteo y de hundirse en los laberintos de la ideología uno queda con la impresión de que este conflicto –de tan viejo que es– no tendrá una solución pronta y humana. En casos como este las palabras son ruido y no luz que desnuda la realidad. Pienso en esto luego de conocer en una sinagoga de Bello la historia de un grupo de veinteañeros que combate a Hamás en las calles de Gaza y de asistir a la azalá del viernes –la más importante de la semana para un musulmán– en una mezquita en el Poblado.

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La historia de los muchachos es simple: por pertenecer a familias antioqueñas convertidas al judaísmo, ellos fueron educados en un sistema de valores distinto al del resto de sus compañeros de colegio, barrio y ciudad. Luego se fueron a Israel tras el sueño de una vida mejor –sea lo que esto fuere– y allá terminaron envueltos en el frenesí bélico que desató Hamás el 7 de octubre al convertir un festival de música electrónica en una réplica macabra de los videojuegos ultra-violentos. Durante una tarde de mediados de octubre escuché el relato del rabino Elad Villegas sobre estos muchachos y una comunidad que, por supervivencia, aprendió a ser invisible. Conversamos a pocos metros del sitio en el que estaba la Torá, el libro sagrado del judaísmo, la palabra de Hashem vuelta caligrafía humana. El rabino abrió el Arón Hakodesh –el armario sagrado– y mostró los rollos benditos. Justo en ese momento el fotógrafo Carlos Velásquez desenfundó su cámara y tomó fotografías del rabino sosteniendo la Torá.

A la semana de publicado el artículo en la edición dominical de EL COLOMBIANO el rabino pidió que cambiáramos en la web y en las redes sociales la imagen que lo ilustraba. Esta consistía en un mosaico de retratos de los combatientes paisas con sus respectivos nombres. Pidió el cambio después de que las redes sociales se llenaran de insultos contra ellos y sus familiares. El asunto escaló hasta el punto de que el presidente Gustavo Petro habló en su cuenta de X del artículo e insinuó que los muchachos eran criminales de guerra. El rabino y las familias de los soldados decidieron apelar al anonimato mientras las aguas volvían a su cauce. Esto, de nuevo, deja en evidencia la falta de pudor de los políticos ante temas tan complejos. Todo se reduce al aplauso de las graderías y a los likes de las redes sociales.

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¿Qué hace que un libro sea sagrado? La historia. Es decir, el carácter divino lo adquiere un libro a lo largo de los siglos. O, mejor, la gente comienza a darles a ciertas historias la naturaleza de sacras después de un proceso en el que intervienen la política, la guerra, la espiritualidad, los milagros —falsos o no— y el comercio. En las páginas de esos libros se condensa el momento histórico de ciertos pueblos y, al mismo tiempo, sin ellas no se entiende la suerte de otras naciones. Dejando de lado su carácter religioso, la Torá, el Nuevo Testamento y el Corán han modelado la economía, la diplomacia y las emociones de una gran parte de la humanidad. Y la otra parte ha sido esculpida por el Tao Te Ching, por el I Ching y por El libro tibetano de los muertos. Incluso los siglos XIX y XX, con su pretensión científica y técnica, fueron testigos de la aparición de dos obras que se convirtieron en catecismos y norma de vida en medio mundo. Se trata, por supuesto, de El manifiesto del partido comunista y de El libro Rojo de Mao.

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A diferencia de la sinagoga –que vista de afuera parece una casa habitada por una familia grande–, la mezquita Medellín As-Salam está al borde de una vía con mucho tránsito y en su fachada se ven los trazos del árabe, la lengua santa de los musulmanes. Allí la gente entra sin mayores problemas ni requisitos. “¿Cuándo usted entró alguien le pidió un papel o le preguntó algo? No, ¿cierto?”, dijo el Sheik Mohamed Ali Mattar, sentado en el suelo de la mezquita luego de dirigir la oración del viernes. Y no. Nadie está pendiente de quien sube por las escaleras y entra al sitio de oración. Hay, eso sí, un aviso en el que se indica que hay cámaras de vigilancia en las puertas para evitar el robo del calzado de los fieles. El Sheik vestía una sotana café que le llegaba hasta los tobillos y un sombrero blanco con trazos rojos. Durante el ritual habló varios minutos en árabe ante una audiencia compuesta por hombres de distintas edades y diferentes vestuarios. Las mujeres estaban en el piso de arriba y lo escucharon por un sistema de sonido. Ellas sí tenían velos, algunos más largos que los otros. Después el Sheik habló en un español fluido, sin tropiezos sintácticos.

Los viernes a mediodía el sheik dirige la oración de los fieles. Luego, muchos de ellos comparten un almuerzo en el restaurante del primer piso de la mezquita. Foto: Jaime Pérez.
Los viernes a mediodía el sheik dirige la oración de los fieles. Luego, muchos de ellos comparten un almuerzo en el restaurante del primer piso de la mezquita. Foto: Jaime Pérez.

Antes de la oración, incluso antes del arribo del Sheik, hablé con tres conversos al islam. El primero –un joven de edad difusa– dijo ser miembro de una organización social que trabaja en los países del Oriente Medio. Rubio y de contextura atlética, conocía muy bien el protocolo lingüístico y de comportamiento en la mezquita. Cada vez que alguien entraba al salón cubierto por un tapete rojo decía As-salamu alaikum y el otro respondía sin respirar Wa-alaikum as-salam. Ambas fórmulas equivalen –y no lo hacen– al hola en español. En estricto sentido, las frases significan “La paz sea contigo” y por eso mismo son las apropiadas para decirles a los hermanos de la fe. El segundo hombre –un panameño cuarentón– me habló en detalle de la fe islámica. También dijo que tiene una cuenta en TikTok destinada a aclarar las dudas de la gente sobre el Islam. “¿Desde hace cuánto es islámico?”, le pregunté. “No se dice islámico, se dice musulmán. Islam traduce camino y musulmán es quien se somete a Dios”, respondió con la paciencia de quien tiene que aclarar estas cosas con frecuencia. Al verme ir de un lado al otro, el tercero me invitó a sentarme a su lado, al fondo de la mezquita, cerca del sitio de las abluciones. Bajó una silla Rimax, me la pasó. “Yo soy paisa y soy musulmán”, dijo. A renglón seguido me habló de su fe.

5.

En este punto llego al nudo ciego del texto. Por un lado, estoy de acuerdo con el polemista inglés Christopher Hitchens cuando dijo que la religión tiene un expediente de muerte y violencia. ¿Alguien puede negar que los devotos de todas las religiones han estado más que dispuestos a dirimir sus diferencias con el filo de la espada? Los ejemplos son tantos y tan conocidos que no hace falta desgranar el rosario de nuevo. Sin embargo, en la sinagoga y en la mezquita sentí esa corriente eléctrica que perciben mis nervios ante la obra de arte o frente a la amiga que abre su corazón y al hacerlo inunda de luz el mundo. Esos aleteos de humanidad. En estos sitios, donde la gente ora y se convence a sí misma de que hace parte de algo mucho más grande que la vida, echo de menos la fe. Me hace falta la realidad regida por la voluntad suprema de Dios, de cualquiera que este sea. Ante la sinrazón de los días, a veces conviene creer que ninguna hoja del bosque se mueve sin que Alá o Hashem o Jehová lo sepan.

Ni la muerte ni los rezos distinguen entre el justo y el pecador, el palestino y el israelí, el hombre y la mujer, el esclavo y el libre. Tal vez esa sea mi fe. Lo mejor es guardar silencio y pedir por la paz en Oriente Medio.

Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.

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