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Metamorfosis cultural

Es común a final de año que sintamos la tentación de hacer listas y balances. En este número, a propósito del aniversario de la presentación en público de ChatGPT, analizamos la enorme metamorfosis cultural a la que estamos siendo convocados, gracias al desembarco de la Inteligencia Artificial en nuestra rutina diaria, y de paso hacemos un balance de algunos de los aspectos más destacados del año en términos de producción musical, el estado de la creación artística y la producción audiovisual locales.

  • Los Reyes del Mundo ganó la Concha de oro. Fotos: cortesía Juan Cristóbal Cobo.
    Los Reyes del Mundo ganó la Concha de oro. Fotos: cortesía Juan Cristóbal Cobo.
  • La pureza del desamparo en Los reyes del mundo de Laura Mora
  • La pureza del desamparo en Los reyes del mundo de Laura Mora

La pureza del desamparo en Los reyes del mundo de Laura Mora

La directora antioqueña Laura Mora ganó por primera vez para Colombia la Concha de oro en el Festival de cine de San Sebastián con su segundo largometraje, preseleccionado además para representar al país en los premios Óscar.

Juan Carlos González A. | Publicado

En el cine todo dependerá siempre de la mirada del director. Es su postura frente al mundo la que ilumina, manipula, engrandece, oscurece, minimiza o dulcifica las situaciones que vemos. La realidad, en el cine, no está ante nuestros ojos: ante ellos está la realidad filtrada por la mirada —cálida o fría, bondadosa o implacable— del director. Para relatarnos la historia de los protagonistas de Los reyes del mundo (2022), la directora colombiana Laura Mora —en el que es su segundo largometraje— opta por el lirismo. Los cinco muchachos marginados de las calles del centro de Medellín, que son un presente absoluto, un no futuro, son cobijados por la mirada empática y compasiva de la directora y coguionista, que no por ello los hace héroes impolutos, pero que se pone de su lado, entiende sus razones y los acompaña en las desventuras que constituyen esta road movie episódica que los lleva del caos citadino a la sinrazón rural colombiana.

Como si esta fuera la búsqueda de un tesoro —con mapa y todo—, cinco muchachos sin nada que perder se lanzan a la utopía de recuperar legalmente unas tierras en el Bajo Cauca antioqueño que pertenecieron a la abuela de Rá, desplazada por la inveterada violencia que ha azotado a los campos colombianos. Ahora el gobierno, tras los acuerdos de paz, busca restituir la tierra a sus legales propietarios y Rá tiene los documentos que lo acreditan como tal. En su idealismo y en su ingenuidad piensa que solo es ir hasta allá, presentarlos y reclamar unos terrenos donde pueda él establecerse y prosperar junto a sus cuatro amigos, sus cuatro hermanos. Quiere sentir por fin que algo es suyo, que algo le pertenece; que no le debe nada a nadie para ser feliz.

La pureza del desamparo en Los reyes del mundo de Laura Mora

Sin soporte familiar alguno, estos jóvenes solo se tienen a sí mismos: Rá, Nano, Sere, Winny y Culebro, y aunque no falta alguno que desdiga de esa relación y la traicione, todos se consideran hermanos y como tal se tratan. Pelean, se insultan, discuten, se enojan, pero hay en ellos un lazo fraterno que les impide separarse. Pese a su rudeza se saben frágiles desde lo individual, e indestructibles desde lo colectivo: solo pueden ser los reyes de su mundo si están juntos, si sueñan juntos, si combaten unidos la adversidad y la injusticia que por todos los flancos les acechan.

Su aventura, sin embargo, es alegre: hay festividad y jolgorio en todo lo que hacen, hay picardía y sabiduría callejera, hay la capacidad, por inaudito que parezca en seres tan golpeados y excluidos, de soñar. Tienen el cuero duro, han dormido en las calles y bajo la lluvia, tienen heridas de guerra en el pellejo, han peleado por sobrevivir, pero no han perdido las ganas de soñar e ilusionarse, y Laura Mora es consciente de eso. Lo onírico es central acá porque en sus delirios subconscientes, causados por el cansancio diurno o por los psicotrópicos que consumen, estos jóvenes no tienen límites, sacan a flote sus anhelos, se sienten y son libres. Ese es su verdadero reino.

Lo que distingue a esta película y la hace importante es que Laura Mora supo ver la pureza del desamparo, y sin aprovecharse de él, sin manipularlo groseramente para lograr un golpe de efecto, supo llenarlo de un lirismo visual que convierte el viaje por las carreteras de Antioquia de este quinteto en una experiencia entre alegórica y surreal. Parecen sumergidos en el corazón de las tinieblas que Conrad escribió y que Coppola retrató en Apocalypse Now (1979): hay algo de irreal en sus encuentros con otras personas (es extraordinaria la escena que nos muestra el interior de la casa de los dos ancianos que al final les orientan; es conmovedor el baile con esas prostitutas en las que creen ver a las madres ausentes), las situaciones que enfrentan y en la manera en que se relacionan entre sí, como si todo ocurriera en sus mentes, pero sin apelar a nada del “realismo mágico”, si acaso estaban pensando en eso: con la exuberancia de la naturaleza tropical y la violencia intrínseca que nos habita tenemos para convertir cualquier relato en algo épico.

La pureza del desamparo en Los reyes del mundo de Laura Mora

Vuelvo a la mirada de la directora: la de Los reyes del mundo es una crónica de seres anónimos, de personas a las que pocos van a echar de menos si no vuelven a saber de ellos, pero Laura los aprecia, no es cruel como el Buñuel de Los olvidados (1990), ni rabioso con causa como lo fue Víctor Gaviria en Rodrigo D: No futuro (1990) —dos filmes con los que frecuentemente se ha comparado a este largometraje— lo suyo es una ternura que no la enceguece, que no le impide ser crítica de su entorno, y describir con imágenes la inequidad, la marginación, el racismo y la ley del más fuerte como modo de vida. Mostrar la injusticia no implica necesariamente contagiar las imágenes de ira. Lo bello no tiene que ser frívolo, lo teñido de belleza, y acá Laura Mora lo demostró, puede exhibir con contundencia la arbitrariedad y la sinrazón.

La denuncia social tiene muchos matices y el abordaje de esta directora la acerca al cine de Rossellini y de De Sica, y la compasión que ellos demostraban por el ser humano. Como ellos, Laura ha optado por la senda humanista, ese sendero en el que un día conoció en las calles de Medellín a Andrés Castañeda, Davison Flores, Cristian Campaña, Brahian Acevedo y Cristian Camilo Mora, los miró a los ojos, reconoció en ellos su dignidad (como ya había hecho con el sicario de Matar a Jesús), los convenció de hacer una película, se tuvieron fe mutuamente y los convirtió en reyes del mundo. Misión cumplida.

*Médico microbiólogo, escritor y crítico de cine. Editor de la revista Kinetoscopio, y papá de Luisa. Instagram: @tiempodecine

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