Evelio José Rosero Diago nació en Bogotá el 20 de marzo de 1958, séptimo de nueve hermanos. Siempre tuvo a la mano una biblioteca y a la vista un padre abriendo y cerrando libros. La biblioteca tenía las obras más importantes de la literatura, y a la altura de su infancia agarró el Robinson Crusoe (1719) que ejerció sobre él un encantamiento; quiso entonces escribir una historia parecida. Era el primero que leía sin imágenes, después vendría Verne y Dostoievski. Parte de esa época la vivió en San Juan de Pasto, espacio que definió su interés por el paisaje rural y campesino, recreado en sus obras más importantes.
De regreso a Bogotá, empezó a publicar poemas a los 14 años en el Magazine Dominical de El Espectador, en una sección para autores nuevos que se llamaba Dan ganas de llorar, y más tardes, sus primeros cuentos circularon en Lecturas Dominicales de El Tiempo.
No terminó periodismo en la Universidad Externado de Colombia, y tampoco ejerció el oficio, solo quedaron algunas entrevistas a escritores -Germán Espinosa y Pedro Gómez Valderrama- y unas crónicas que le encargaron de la revista de Avianca como corresponsal en París que los editores le devolvían porque eran muy literarias y promovían poco el turismo.
Un año en Francia y tres en Barcelona, ese tiempo y la distancia con su país fueron la escuela para entrenar al escritor que libro a libro construye historias con un lenguaje preciso y visual.
Ya había ganado varios premios municipales, publicado un poema novelado (El eterno monólogo de Llo, 1981) y la novela corta Mateo solo (1984) y estaba por terminar Juliana los mira (Anagrama, 1987) cuando ingresó a la agencia literaria de Carmen Balcells. En una entrevista reciente Rosero recuerda la generosidad Balcells y el apoyo a sus primeras traducciones, pero no duró mucho en el catálogo de la agencia debido a la poca difusión del trabajo de las jóvenes promesas, pues era el tiempo de las estrellas latinoamericanas (Mutis, Vargas Llosa y García Márquez...).
Con El incendiado (1988) y las dos novelas anteriores, Rosero armó la trilogía Primera vez que recrea la infancia y juventud de unos personajes en un entorno marcado por los problemas y dilemas de la vida de los adultos que decrecen con ellos. En los noventa empezó a publicar libros para niños (Pelea en el parque, El aprendiz de mago, Cuchilla) que le permitieron cierta soltura económica.
Rosero tiene una vida austera, ha dicho que necesita muy poco, se levanta a las 3 de la madrugada y escribe hasta las 6 o 7 de la mañana, para luego olvidarse de lo que escribió y retomarlo en la tarde. Ya no necesita un despertador, su cuerpo se despierta puntual. Escribe a mano y luego pasa al computador, y en ese cambio de formato sus novelas y textos crecen. No tiene lectores que le ayuden a editar, no es capaz, necesita ese silencio de la madrugada para escuchar la voz y encontrar la cadencia de esas palabras. Muchas de sus novelas empezaron con un cuento -el cuento como una sinopsis involuntaria de novela-, muchas de sus historias buscan recrear el paisaje de su infancia. Cuando tiene un bloqueo, viaja, no se preocupa, confía en encontrar las imágenes para retomar la historia.
El reconocimiento llegó, después de publicar casi treinta libros, con Los ejércitos (2006) galardonada con el premio Tusquets de Novela, que a la fecha se encuentra traducida a 27 idiomas. Esta novela tiene su origen en la novela corta En el lejero (2003) donde se repite -podría ser el mismo personaje- el deseo y la necesidad de un hombre por encontrar a alguien en un contexto de conflicto (secuestro o desaparición). Con Las muertes de fiesta (2022) y esas dos novelas se crea, tal vez involuntariamente, otra trilogía.
Leer y releer Los ejércitos en entrar en la intimidad de un pueblo antes, durante y después de que pasan los enfrentamientos. Es el registro de como la violencia entra por la ventana, pues la puerta nunca está abierta, y transforma el solar en un terreno baldío donde quedan algunos registros de que alguien vivió ahí y fue feliz. Por la traducción al inglés y el Independent Foreing Fiction Prinze (Reino Unido, 2009) al mejor libro de ficción traducido ese año y el OLOA Prize (Dinamarca, 2011) su obra se empezado a reimprimir y traducir, recibiendo críticas y elogios que han comparado su obra con la de Gabriel García Márquez, comparación habitual cuando un autor colombiano publica un gran libro, que en este caso es justa.
En febrero de este año -desde el 2021 Alfaguara es su nueva casa editorial- se publicó Lluvia de frailes en la selva, novela con los mejores ingredientes de Rosero: personajes memorables, ya lo son de entrada por sus nombres -Mardoqueo Vanín, por ejemplo-, escenas que parecen sacadas de las pinturas negras de Goya, y una historia tensada a tal punto que no queremos parar de leer. En 300 páginas, estructuradas en XIII libros, asistimos, pues el lector se convierte en un ojo que flota dentro de la historia, a la dicha y la desdicha de 13 frailes que van de misión a una selva que Rosero inventa y que parece tan real que solo podemos pensar que es la selva amazónica y que la voz de la novela es un testimonio fiel y real de algo que ocurrió.
La novela -en muchas entrevistas dice que es la última, quiere volver al cuento- es una biografía sobre la codicia y el uso violento de la fuerza que somete a una comunidad indígena; no solo quieren salvar sus almas, necesitan el territorio para desplegar sus planes. Esta parodia de la conquista de América, refuerza la idea de que no hemos dejado de ser un territorio sometido a la disputa de los países y las empresas más poderosas.
Si le preguntan a Rosero por sus lecturas y autores colombianos favoritos no duda en decir que lee más a los poetas -Aurelio Arturo, Juan Manuel Roca, León de Greiff, entre otros- que a los narradores, y eso se siente en sus novelas, el ritmo y las palabras justas afinan sus obras para que el lector lea y relea y vaya a buscar todos sus libros.
