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Hegemonías difusas

En este número nos embarcamos a explorar la forma en que miramos la política, casi siempre como un duelo entre izquierda y derecha, y cómo está cambiando la geopolítica del poder global. Y nos preguntamos por nuestras relaciones con los animales, al tiempo que reflexionamos sobre las representaciones de series como Griselda, el cine hecho por mujeres y los nuevos espacios para el arte que se abren en Medellín.

  • Luis Miguel Rivas

Luis Miguel Rivas

Publicado

El pelao pedalea y pedalea bamboleando la joroba cúbica llena de encargos al son de dime donde tú estás que yo pol ti cojo un vuelo y a Yonaguni le llego oh, aunque sé que no debo, que le insufla fuerza y ritmo desde los audífonos chirriantes; corona una lomita del barrio Boston, suelta el manilar, mira el celu, comprueba la dirección de la hamburguesa con queso y pepinillos, pilla la casa de puerta verde, se acerca y apenas timbra cuando sale tremendo porte de potranquita oscura, inflamado pelo afro, cara redonda, ojos atigrados, brazos suculentos tuquios de tatuajes con rombos y cuadros como las formas en las baldosas de la casa de la tía en Aranjuez. Una recontrachimbita que exige mirarla en las alturas a pesar de su metro sesenta. Queda turuleto con la sensación punzante de haberla visto antes, no en la realidad ni tampoco en un sueño sino en un terreno intermedio en el que no recuerda haber estado; la pelada dice algo inaudible, da vuelta y se pierde al fondo de la casa; él se zafa de audífonos y escucha el roncan pero no pueden con mi pum pum con mi pum pum y si hay alguien que me rompa, porque no pueden con mi pum pum, que suena adentro, atisba a través de la puerta entreabierta, ve el parlante sobre una mesa con cuadernos y lápices de colores, la cama ancha, cubrelecho con pintas de leopardo frente una cámara y un computador, nochero con varios libros gruesos, juego de dildos: rojo, verde, rosa, con bracitos curvos saliéndoles del costado, varias pinzas de colores y un pequeño látigo. La pelada de regreso casi lo sorprende y él, atortolado, le entrega un paquete que saca al vuelo de la joroba cúbica; ella paga y entra de prisa. Frente a la puerta cerrada el pelao mira sorprendido el montón de billetes de propina, se tercia la joroba y pedalea tratando de encontrar en su cabeza lo que ya no sabe si es un recuerdo o un invento de su mente ganosa.

La pelada fluye por la cocina con el dembow de hace tiempo te estoy esperando, no sé tú pero yo aquí pensando, tú pa darme like en el Insta eres veloz pero se rumora por ahí que eres precoz, mira el reloj, recuerda que aún le restan diez minutos, que hoy la espera Max, el alemán, y sonríe: ahora que no va al estudio y tiene equipos para trabajar desde la casa es dueña de su tiempo; toma el paquete del domicilio, estaba lindo el pelao, lástima lo chichi, piensa, y al abrir la bolsa hace un gesto agrio: ¿Dónde está la hamburguesa? Ella no pidió sushi. Antes de marcar desiste de hacer el reclamo: tiene hambre, escaso tiempo y pocas ganas de problemas. Y tampoco es que le disguste el sushi. Agarra el primer rollito y da un mordisco. Sabe bien. Es de salmón.

El pelao curvea por el rompoi del Pablo Tobón y en la avenida La playa suelta el manubrio, se yergue, mira en la pantalla la próxima entrega: Girardot por los lados del colegio María Auxiliadora, una casa antigua de ya ausente gente rica; sale un flaco cabezón, camisa por dentro muy Arturo Calle, loción Avon a cuotas, ejecutivo de almuerzo ejecutivo, por la pinta y el gesto podría llegar a ser el yupi que se imagina ser pero la realidad no le da; saluda distante, soberbio, y apenas entreabre el paquete pega el grito en el cielo: Yo no pedí esta mierda, tira la bolsa con la hamburguesa de queso y pepinillos en las manos del pelao que mira confundido, revisa dentro de la joroba cúbica y cae en cuenta, pide unos minutos y pedalea a toda velocidad hasta la casa al final de la lomita en el barrio Boston.

Max esperó puntual, europeo, dulce y desinteresado, como ha hecho durante el último mes, día de por medio, hasta que ella estuvo conectada; le gusta encontrarse con Max, que solo quiere hablar y muy raras veces la invita a pasar al privado; siente que lo conoce y hasta lo extraña aunque nunca lo ha visto; la llama girl friend y ella le cree sin ponerle fe, obvia la posibilidad de un barrigón de costumbres deplorables detrás de la ternura; se concentra en el amor perfecto del Max que la espera en la página, vive a pleno los encuentros, el placer que se da a sí misma con la disculpa de él, el videojuego del amor que deja tres dólares por minuto. Suena insistente el timbre de la puerta y ella lo deja repicar.

El pelao se cansa de timbrar y pedalea carilargo hasta el negocio de sushis, compra el pedido perdido con la propina inesperada, un billete grande que era suyo se le va da las manos, pero igual no contaba con esa plata, se consuela; vuelve a la casa de Girardot y entrega el paquete a don Arturo Calle que le tira mil displicentes pesos de propina; es mediodía y tiene hambre, va hasta el parque del periodista, se sienta junto a la estatua de los niños asesinados por la policía, saca de la joroba la hamburguesa del malentendido y come sin dejar de pensar dónde y cuándo putas vio esa presencia que no lo deja tranquilo; no le llega el recuerdo pero cae en cuenta de que tiene el recibo con el nombre de la pelada en el bolsillo y el celular en la mano. En su perfil de Instagram encuentra fotos con amigos y compañeras universitarias, dibujos, figuras extrañas de zócalo de restaurante fino, como las formas de sus tatuajes, y videos de fiestas; en una grabación ella perrea como diosa desaforada y a él le estalla el recuerdo: es la negra que lo trastornó para siempre a pesar de haberla visto solo unos segundos en un video musical que nadie recuerda: Tú me descontrolas, me pongo loco loquito con tu aroma, quiero devorarte en mi alcoba, vamo allá, potranca arrecha y bravera que mira queriendo comerse la cámara a los 56 segundos de la canción cantada por un par de venezolanos llegados a Medallo en la vorágine de la supervivencia con un talento de estrellas internacionales que nunca llegó a ser del todo, tú me descontrolas, porque lo hago bien rico a toda hora, esta tentación me acalora, vamo allá; busca el video en Youtube y encuentra a la pelada en los mismos 56 segundos: igualita, aunque no es ella; hubiera podido ser una modelo de esas, pero no le da la estatura; igual sigue stalkeando embelesado y mira tantas veces sus fotos y las de sus pinturas que termina por encontrarle el gusto y hasta el significado a los dibujos raros que ni ella misma debe entender.

Dos semanas después ocurre la anunciada noche de perreo corrido con Ryan Castro en una discoteca de El Poblado. El pelao tiene el parche entre ceja y ceja y se ha preparado en forma. Quiere golear, salir con chimbita coronada o mínimo con un contacto a punto de... Va a la barbería del Negro Peto, se afina el siete y trata de darle forma al remedo de barba que apenas le sombrea la mandíbula lampiña; lava los Nike originales y plancha la camiseta de los Yankis que le mandó el tío Horacio de Miami. Cae al prestigioso club con Richard y Jairo, parceros del barrio, engallados como él que con altas artes de gatos se las arreglan para meter de contrabando media de guaro. Parchan en una esquina con buena vista, atisban, dónde están las nenas que quieren sateo, sateo, sateo, atentos al movimiento mientras pasan guaro sobre guaro, yo quiero perreo, perreo, perreo, nalga pa aquí, nalga pa allá y tra tra tra tra tra, nalga pa aquí, nalga pa allá y tra tra tra tra tra

La pelada de los tatuajes ha caído al parche con un combo de bichotas imponentes de pasos sobradores, amazonas lúbricas dispuestas a reinar en la pista, un guarito por aquí, un ploncito por allá, poperito que se viene y pasesito que se va, desolden, desolden, no quiero que se me compolten, si van a hacer algo la misión abolten...

El pelao le pone el ojo a una mona desgualetada que se derrama y se incorpora en el perreo intenso al fondo del local. Arranca pa’ allá, animado por el último trago de la media de guaro, pero en el camino lo obnunila el fulgor esponjoso de un afro agitándose en mitad de un sánduche de nenas: la pelada del shushi. Frena en seco y mira atento, quiere tirársele en voladora y al mismo tiempo huir; trastabilla, recula, al final fuerza finura y se avienta; la pelada ve acercarse un porte bien plantado que crece en la media luz: blanco límpido de camiseta con logo de los Yankis ceñida al pecho inflado, mirada desde arriba y una sonrisa susquiniada que el pelao improvisa a último momento; aguanta el man, se dice viendo el destello de crudas facciones varoniles en la cara borrosa por el humo y las sombras; él la invita y ella se deja llevar sin poner mente; ondulan los cuerpos distantes y tímidos al principio yo sé que esto no volverá a pasar pero si volviera a pasar sé que sería tu debilidad, se arriman, se rozan y fluyen de a poco en la corriente de sangre que crece en hervor, polque la noche de anoche fue algo que yo no puedo explical, eso era dándole y dándole sin paral, tu me decías que morías por mí, ella da vuelta y se inclina en bamboleo de nalgas centrífugas, dime mamí, dime papi, esa noche quien la borra, tú me besaste y se me cayó la gorra, sin mucha labia sin mucha cotorra, él agarra la cintura delgada, para sostenerse y caer al mismo tiempo, roce y twerking a full, tú me dejaste el cuerpo caliente infierno, pero me dejaste el corazón frío invierno, soñando que contigo es que duermo, abajo y arriba y a fondo, dos, tres, cuatro canciones hasta que el pelao, como Max convidando al privado, se atreve y la invita a lo oscuro; apenas alcanza a ver la sonrisa maliciosa cuando el resplandor abrupto los encandila y la voz reverberante de un presentador invisible anuncia el comienzo del concierto; a la luz plena las duras facciones del hombre que ella había imaginado tener en frente se transforman de sopetón, como si se deshiciera un retoque de photoshop; él ve la boca húmeda secarse de golpe y el gesto excitado contraerse en una mueca de extrañeza; ¿no nos hemos visto antes?, pregunta ella y su mente condensa el momento en la forma de un meme: a la izquierda una mezcla de Maluma y J. Balvin, cadenas vistosas al cuello y chaqueta rimbombante de cuero, con el letrero: “En tus sueños”, y a la derecha una combinación del chico que tiene en frente y el pelao de los domicilios, bajo el texto: “En persona”; podría haber sido un recontrapapacito pero... se dice, da un paso atrás y vuelve, discreta, sinuosa, al combo de amigas; el pelao la ve achiquitarse entre el humo y la gente, como en un video musical; espera una última mirada que no se da y arrastra los Nike hasta llegar junto a Richard y Jairo, absortos en Ryan Castro que ya entona por culpa de la calle, el dinero y el alcohol me volví mujeriego perdóname señor, ay, ay, ay, soy un mujeriego, ay, ay, ay, yo nunca lo niego, compran otra media de guaro con la plata para el taxi, cuando me robo a una, chao y hasta luego, ay, ay, ay, me gritan mujeriego, miran viejas, dan plones de un bareto que alguien rotó, todas las veo buenas si bebo ron; la blanquita y la morena, si bebo ron; la gordita caretierna, si bebo ron, bailan solos hasta el fin del concierto y cuando las puerta se cierran caminan al barrio sin decir palabra al son del tok- sha-sha, tok- sha-sha de suelas rastrillando cemento, con el beat del zuazzz chu-chu zuazz chu del cruce de carros al amanecer, entonando la letra muda de la canción de los que no toman whisky en limusinas ni se acuestan en camas de plumas con chimbas inverosímiles ni tienen estatura para ser modelos ni realidad para ser los reyes de la noche; la canción de los que nunca llegan a nada, baby.

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