Alberto Salcedo Ramos
Columnista

Alberto Salcedo Ramos

Publicado el 17 de mayo de 2015

Una visita a la catedral de sal

Ahora estamos todos en la boca del túnel, listos para iniciar el recorrido. El guía que nos correspondió se presenta: se llama Osvaldo García. El paseo -según nos informa- cubrirá una extensión aproximada de un kilómetro, durante un tiempo estimado de una hora y quince minutos.

No bien comenzamos la peregrinación, el guía nos pide pasar la mano por las paredes y luego probarla con la punta de la lengua, para verificar que dentro de la catedral, “todo sabe a sal”. Varios turistas que ya le han hecho caso, asienten con la cabeza.

El guía sigue ilustrándonos: los indígenas muiscas que habitaron la sabana de Bogotá en tiempos precolombinos usaban la sal como moneda y como remedio, como ofrenda para los dioses y como condimento. La sal era una joya de compromiso para los enamorados pero también un elemento de discordia que desataba sangrientas guerras entre las tribus de la región.

Para rendirle homenaje a ese pasado histórico, se fundó en Zipaquirá el Parque de la Sal, conformado por la Catedral de Sal en la cual nos encontramos y el Museo de la Salmuera.

Con una superficie interna de 8.500 metros cuadrados y seis hectáreas en el exterior, el complejo es visitado anualmente por más de 320 mil turistas, que generan ingresos cercanos al millón de dólares.

Algunos cronistas relatan la forma en que los indígenas, ya en el Siglo XV, realizaban trueques con la sal. El primer templo bajo tierra que hubo en la región fue fundado hace 50 años. Se trató de un altar más bien pequeño en el cual los mineros pedían protección divina para su arriesgada labor. Esa construcción fue clausurada en 1991, debido a la erosión. En seguida, sin embargo, comenzó a levantarse la actual catedral subterránea, que tuvo un costo de ocho millones de dólares.

La boca de entrada de la catedral se abre en la cumbre de una colina. En su interior hay muchas imágenes religiosas talladas en alto y en bajo relieve sobre las paredes recubiertas de sal.

A estas alturas en la atmósfera hay un hedor desagradable, que nuestro guía atribuye a la concentración de azufre. “Ese olor es bueno para los asmáticos”, dice, mientras nos da la espalda para continuar su periplo. Luego añade un chiste: “toda la sal que consuman en este viaje es absolutamente gratis”.

Ya hemos descendido 180 metros en relación con el pico de la montaña. Nuestro guía hace otro chiste: dice que, en principio, ciertas partes de las paredes fueron ahuecadas para construir confesionarios, pero a última hora ello no fue posible “porque esta catedral es muy acústica y los pecados se habrían escuchado hasta en el Vaticano”.

Los turistas aprenden que solo el cinco por ciento de la sal producida en el mundo llega a la cocina o al salero. El resto se transforma en unas 30 materias primas para elaborar un total de 14 mil productos, tales como jabón, papel, vidrio, telas, abonos y medicamentos.

Osvaldo García nos informa que la catedral tiene capacidad para cinco mil personas. Las misas solo se efectúan los domingos, lo mismo que los matrimonios y primeras comuniones.

Dice esto justo cuando, en el regreso, divisamos la luz al final del túnel. El recorrido -agrega- está llegando a su fin. Entonces suelta el chiste de cierre:

“La próxima vez que vengan les contaré por qué la sal es asociada a la mala suerte. Hoy no: hoy quiero que se vayan relajados. Y no olviden lavarse las manos al salir”.

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