Antioquia

Cafetería La Maylú: un ícono en el municipio de Andes con 57 años que podría decir adiós

Aunque en su letrero dice “Heladería La Maylú”, su dueño don Mauro la distingue como cafetería. Con más de 50 años de historia, se ha convertido en patrimonio de esta localidad, uno que, al parecer, podría cerrar sus puertas.

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21 de febrero de 2026

Al final de la Cafetería Maylú, en la esquina derecha, sentado y un poco erguido, está don Mauro de Jesús Bedoya Agudelo, su fundador, leyendo la edición impresa de El Colombiano con ayuda de las gafas. Es lunes casi a mediodía y al municipio de Andes lo quema un sol picante de esos que auguran lluvia, pero la frescura de ese lugar es igual a la que tiene este hombre de 88 años, quien detenidamente sigue con la mirada los tantos párrafos de una noticia regional.

Nos recibe como si ya nos conociera: se pone de pie, imprime ánimo en su saludo y con su mano nos da un fuerte apretón que se traduce en un “bienvenidos a mi local, es un gusto”. Nos sentamos y, como buen anfitrión, nos ofrece algo de tomar. Ya en la mesa reunidos, en medio de las clásicas baladas de Roberto Carlos y otros artistas que no pierden vigencia – al igual que don Mauro – empezamos a conversar en ese rinconcito de La Maylú, ubicada justo al lado de la iglesia del parque principal hace ya casi seis décadas, y que, al parecer, a menos de la ocurrencia de algo inesperado, se vería obligada a cerrar sus puertas ante la intención de los dueños del inmueble.

Historia de un ícono de Andes

Era 1969 y don Mauro Bedoya decidió emprender junto con su esposa Luz Inés García Rivas, con quien se casó el 17 de noviembre de 1967. Fue concejal de Andes dos veces, Director de Tránsito del municipio e incluso trabajó en una empresa de café, el producto insignia de esta subregión. No obstante, y ante la falta de empleo, quería iniciar con su propio proyecto, algo no muy grande porque los recursos no eran tan vastos, pero sí con un negocio que le brindara a él y a su familia más estabilidad económica.

Fue ahí, a finales de la década de los 60, cuando surgió La Maylú, un nombre singular si se quiere, pero con una explicación muy simple: es la abreviación de “Mauro y Luz Inés”, tomando las primeras dos letras de cada nombre y poniéndole en medio la Y. El resultado de un ingenio básico pero que al pronunciarlo se escucha bastante genuino.

Cabe aclarar que no empezó siendo una cafetería, era más un “almacencito” de la parroquia según él, y como todo, en principio, fue difícil. Luego empezaron a vender mecatos, gaseosas y otros productos comestibles, lo que llamó considerablemente la atención de los habitantes de Andes de aquella época en la que tampoco había muchas opciones para elegir. Justo detrás de la cafetería estaba un cine y un teatro, a los que se ingresaba por allí mismo, razón por la que de a poco se convirtió en el punto de encuentro ideal para familias, amigos y parejas.

Otro de los atractivos era la música: canciones de varios géneros que amenizaban el ambiente y que acompañaban cada conversación con su melodía, eso sí, siempre a bajo tono, con el volumen suficiente para escucharlas y sin el molesto ruido de la exageración. Allí se iba a pasar un buen rato, a reunirse con los más allegados y a dispersarse de la marcada rutina que podía, en ese entonces, abrumar a muchos.

Y es que Andes también estuvo permeado por la violencia años atrás. Tanto, que a don Mauro, de acuerdo con su relato, casi lo mata la guerrilla porque supuestamente estaba escondiendo a un policía en su negocio, algo por poco le cuesta la vida.

“Eso fue en 1974. Unos guerrilleros estaban persiguiendo a un policía y eso generó mucho terror en el municipio. Los clientes que estaban acá en la Maylú se quedaron perplejos y paralizados del susto. Hubo un momento en el que esa gente se me acercó y uno de ellos me apuntó con un arma en la cabeza gritándome que lo entregara, que yo lo había escondido, que dónde estaba, y yo les repetía que no, que el policía no estaba aquí... Yo realmente creí que me iban a matar, pero justo después escucharon que se había ido por otro lado y se fueron”, dijo Mauro mientras pasaba el relato con un trago de café y asentaba la cabeza.

La Maylú se convirtió en un ícono del pueblo, en un negocio reconocido por propios y visitantes que escuchaban el correr de las voces e iban allí a comprobar si el lugar era tan acogedor como decían, y bueno, no se iban decepcionados. Una cafetería diferente por su esencia y significado, por crecer a la par del municipio y estar presente en tantos momentos de felicidad y a veces de angustia. Un lugar no sólo para comer y conversar, sino también para culturizarse y estar informado del acontecer diario en el departamento.

EL COLOMBIANO en La Maylú

Desde que llegamos, Mauro nunca se separó del periódico. Si bien detuvo la lectura una vez empezamos a hablar y puso el ejemplar en una de las sillas a su costado derecho, la historia que tiene con El Colombiano es tan amplia como valiosa.

Era tan sólo un niño en la década de los 50 cuando acompañaba a su padre, Víctor Elías Bedoya Pareja, a vender las ediciones sin falta. Recorrían todo el municipio y su labor era mantener informada a la comunidad, algo que hicieron más que bien durante muchos años tanto en el casco urbano como en corregimientos y veredas.

Desde ahí empezó su amor y su afinidad por El Colombiano, no pasaba un sólo día en el que no leyera su contenido, por el contrario, era un lector empedernido y un amante de la cultura al que no le faltaba una historia en su repertorio ni una noticia para replicar a sus vecinos. A tal punto llegó su interés que una vez fundó La Maylú, allí mismo, puso un expendio, y se convirtió en el sitio de distribución y venta por excelencia.

“De acá salían periódicos por todo Andes. Vendíamos mucho porque era uno de los únicos lugares, por no decir el único, donde se conseguía. Sin exagerar, en un solo domingo se vendieron 700 Colombianos. Los estantes pasaban de llenos a vacíos en un abrir y cerrar de ojos, y eso nos daba mucha felicidad porque a mí siempre me ha gustado que la gente se informe, se culturice y sepa diferentes cosas”, expresó con su rostro lleno de júbilo.

En lo que sí fue enfático este andino de 88 años es que nunca juntó las ganancias del periódico y la cafetería. Eran dos asuntos diferentes que requerían la mayor responsabilidad y orden, algo que siempre lo caracterizó. “Con ambas cosas nos sosteníamos a nosotros y a las personas que trabajaban en aquel entonces”, precisó.

Quienes iban a La Maylú también tenían la posibilidad de disfrutar de primera mano las noticias. Entre la superficie de las mesas y el vidrio que reposaba encima de ellas, Mauro ponía los recortes de El Colombiano. Con cuidado los dejaba allí para que los visitantes, independientemente de lo que estuvieran haciendo en un momento determinado, le dieran una ojeada a los temas de ese día, así la información era para y de todos, un aprendizaje colectivo de historias e hitos.

Años después, La Maylú dejó de ser el expendio masivo y pasó a ser un tipo de subagencia, teniendo en cuenta que otra empresa de Andes se encargó de la tarea que por mucho tiempo, con tesón y ahínco, llevó a cabo Mauro de Jesús. Lo más importante para él es haber hecho parte de la formación de la comunidad, haber aportado un granito de arena a la educación y la cultura de los habitantes de Andes más allá del dinero que pudiera haber recaudado, que por cierto, no era mucho.

Ahora los sigue vendiendo, no en grandes proporciones, pero sí unos cuantos diariamente. Incluso, en la parte superior de la entrada a la cafetería está el anuncio con fondo blanco y letras negras que dice “EXPENDIO EL COLOMBIANO”, un poco curtido, claro, producto del tiempo, pero igual de funcional para quienes, como él, opten por leer la prensa en pleno 2026.

Entre la conversación y las anécdotas de vida de la mano de su negocio que aún sigue en pie tras 57 años, Mauro llegó al punto que quisiera no haber llegado, a la noticia más dolorosa que ha recibido en muchos años: el posible cierre de La Maylú, un hecho al que se rehúsa por completo aún con la edad que carga a sus espaldas.

¿El fin de un patrimonio?

La nostalgia le llega cuando se le pregunta por ese escenario hipotético, en el que ya no pueda volver a atender a la gente y servir con la pasión que lo hace día tras día. Sus ojos, al igual que su voz, marcan una pausa, se queda pensando pero aún no asimila que algo así pueda suceder.

El local donde funciona La Maylú es propiedad de la parroquia Nuestra Señora de las Mercedes, ubicada en el parque principal del municipio. Mauro, durante más de 50 años, ha pagado arriendo allí y siempre ha cumplido con las obligaciones correspondientes, y de acuerdo con su testimonio, cuida ese lugar como su propia casa, como un templo de anécdotas y vivencias que guarda en lo más profundo toda su historia y la de su familia.

El año pasado recibió una notificación por parte de la inmobiliaria, donde se le indica que si bien no ha faltado a su compromiso de arrendamiento, el propietario requiere el espacio, lo que se configura como un desahucio. Él entiende y respeta cada una de las decisiones y es consciente de la situación expuesta, sin embargo, respondió a través de una carta.

“En su comunicado hace referencia al contrato de arrendamiento celebrado entre el suscrito y la parroquia Nuestra Señora de las Mercedes el 29 de septiembre de 2008 respecto al inmueble frente al cual notifica su desahucio fundamentado en el numeral 2 del Art. 518 del Código de Comercio, señalando como fecha de terminación el 29 de septiembre de 2025. No obstante, los documentos contractuales a los que hace referencia en su comunicado no se encuentran vigentes, por cuanto, el 01 de enero de 2010, el suscrito celebró contrato de arrendamiento con la parroquia Nuestra Señora de las Mercedes frente al local comercial por un término de doce (12) meses con prórrogas automáticas, de modo que, el mismo se encuentra vigente hasta el 01 de enero de 2026”.

“A la fecha no existen documentos contractuales que reemplacen en su totalidad o de forma parcial el contrato de arrendamiento celebrado el 01 de enero de 2010 entre el suscrito y la parroquia, cedido al Grupo Inmobiliario 6-52., razón por la cual no es oponible su requerimiento de terminación frente a un contrato que carece de validez jurídica”, dijo Mauro en algunos de los apartados de la carta.

Actualmente, el proceso continúa sin una decisión firme. La zozobra cada vez se apodera más de Bedoya Agudelo, quien con resignación y tristeza sólo anhela seguir con su cafetería. Los 6 colaboradores de La Maylú también padecen la misma angustia.

Por su parte, los clientes más frecuentes, los ocasionales e incluso los que hace poco descubrieron el lugar por raro que parezca, esperan que el negocio siga a flote. Saben lo importante que ha sido La Maylú para Andes y cómo ha visto crecer generaciones enteras.

“Yo soy un cliente fiel de este lugar. Venía de joven y ahora tampoco falto, y desde que me pensioné mucho menos. Es un sitio hermoso, en el que sólo se ve gente buena, educada, nunca se ven borrachos peleando ni nada por el estilo; la música es suave, todo mejor dicho es muy tranquilo; la calidez de quienes atienden también es de primera, y pues a uno le da pesar que un negocio así con una trayectoria tan significativa lo quieran acabar”, señaló Jairo Alonso Vásquez, o “El Gordo Vásquez” como lo conocen de cariño en el municipio.

Estando en Andes, EL COLOMBIANO acudió a la casa cural para obtener las declaraciones del párroco encargado y conocer la postura de la iglesia respecto al tema, sin embargo, la respuesta de quienes trabajan allí fue que este se encontraba por fuera de la ciudad haciendo unas diligencias, y no era posible hablar con él ni ese ni los próximos días, razón por la cual no se pudo exponer la contraparte.

Entre tanto, Mauro, su esposa Luz Inés, sus 3 hijas Clara Luz, Diana Judith y Paula Cecilia, y su hijo menor Juan David – quienes, según Bedoya Agudelo, son la razón de su vida y el orgullo más grande que puede tener, sumando a sus seis nietos — seguirán al pie del cañón con la misma fuerza que una vez necesitaron para perdurar con su negocio, y la misma determinación que los tiene hoy en el lugar que están, pues a pesar de tantos obstáculos que han tenido que enfrentar en el camino, no han desfallecido por más difícil que parezca, y menos lo harán ahora, que tienen de su lado una clientela “a todo dar”.