Antioquia

El paisa que recorre el mundo al ritmo del canto de las ballenas jorobadas

Esteban Duque se ha peleado siempre el sueño de profundizar en el canto enigmático de estos gigantes que lo salvaron. Ahora trabaja en expediciones turísticas en la Antártica.

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hace 1 hora

Para Esteban Duque la obsesión por las ballenas jorobadas ha sido como una “enfermedad” crónica que sufre desde niño, pero al mismo tiempo estos gigantes se convirtieron en la cura para un mal que le estaba quitando el equilibrio mental.

Basta con mirar su estampa para entender en qué medida estos cetáceos de dimensiones prehistóricas le han marcado la existencia: más allá de su cabellera larga, algunas veces cogida en forma de cola, o sus ojos verdosos, llaman la atención las dos aletas que penden de sus orejas, el dije en el cuello o los dos del brazo derecho. Todas son de ballenas jorobadas, más la mantarraya con la clave de sol del brazo izquierdo.

Hoy, a sus 32 años, él ha recorrido muchos mares y pisado más de cien países detrás de los mamíferos más grandes que se conozcan sobre la faz de la Tierra; su lugar en el mundo es donde ellas se encuentren, como si sufriera un embrujo similar al que la mitología le atribuía a las sirenas.

Esteban cuenta que la experiencia más sublime que lo marcará para siempre le ocurrió hace 16 meses en las costas del Pacífico colombiano, cuando presenció a una mamá ballena amamantando a su crío, un espectáculo que muy pocos pueden contar.

Este biólogo egresado de la Universidad de Antioquia y especializado por su cuenta en temas marinos actualmente se emplea como guía en una compañía de cruceros de lujo que en vez de casinos, piscinas, gimnasios y espectáculos artísticos se ocupa de darles a sus pasajeros una experiencia única en la que expertos como este colombiano los llevan a lugares a los que pocos tiene acceso para que vivan una especie de comunión con la naturaleza.

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Otra parte de su tiempo la ocupa con otros voluntarios tratando de salvar las ballenas que quedan atrapadas por las redes de los pescadores.

Esteban relata que cuando resultan envueltas por las mallas de los barcos pesqueros, las ballenas tienen que ralentizar su marcha y así se les van incrustando parásitos que las enferman. Otra posibilidad es que las redes les envuelvan las fauces y les impidan alimentarse, con lo cual, aunque ellas están preparadas para no ingerir alimentos hasta durante seis meses, fallecen de inanición.

No son pocos los casos tampoco en que al arrastrar pesos enormes de elementos que se encallan en esas redes terminan con las aletas cercenadas o las colas amputadas. El otro motivo de mortandad son las colisiones con barcos.

En esa actividad de salvamento estaba en septiembre de 2016, cuando, en plena temporada de avistamiento en Bahía Solano, varios turistas lo alertaron sobre una ballena en dificultades porque se le veía un pedazo de malla en la cola.

Él les pidió que se alejaran con el fin de no alebrestar al animal y tras cuarenta minutos sin señales se sumergió nadando a pulmón libre –puede aguantar hasta tres minutos y medio sin respirar– hasta unos cinco metros de profundidad y allí estaba el binomio. Ella, con una envergadura de más de 14 metros y el “pequeño” con sus cuatro metros aproximadamente superaba con creces a Esteban, quien mide 1,80 metros.

—Cuando me acerqué, el bebé me vio y como que se dijo: “Ay, amá ¿y esto qué es?”. La mamá se dio la vuelta, vino hacia mí y como yo conozco las ballenas y su comportamiento y sabía que ella me estaba inspeccionando, simplemente me fui un poco para atrás como diciendo “tranquila, yo no vengo aquí a hacerte nada”. Ante eso, ella se sintió tranquila y se volvió a acomodar –cuenta.

Al voltearse esta, él apreció que en realidad la madre no tenía una malla pegada sino un hilo que no representaba amenaza para su supervivencia, pero ahí vino lo mejor porque el ballenato lo miró sin asustarse y lentamente se aproximó hacia la zona genital de ella, donde quedan las glándulas mamarias que, al contrario de las voluptuosidades de las mamíferas terrestres, son depresiones, y se pegó a succionar leche.

—Para mí eso fue demasiado lindo, sobre todo porque una vez tuve un sueño en el que yo estaba en el lago y vi un bebé tomando leche de su mamá; ese momento fue muy hermoso– dice Estaban, quien enfatiza que se trata de un trance absolutamente íntimo en el que normalmente no se admiten testigos porque madre e hijo, aun con su tamaño descomunal, quedan vulnerables.

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Esteban nació en Itagüí y contrario a lo que suele ocurrir con los bogotanos, quienes suelen discriminar a quienes son oriundos del sur de la ciudad, él habla con orgullo de que sus abuelos paternos eran de la localidad de Ciudad Bolívar en tanto que el linaje materno procede del Suroeste antioqueño.

La siguiente generación vino a dar al Valle de Aburrá y estudiaron de manera que la mayoría logró formación universitaria, un detalle que resulta importante pues Esteban destaca el énfasis que siempre le dieron sus papás al estudio como clave para superar las afugias económicas con que nacieron. El padre, que hoy tiene 63 años, era contador público mientras que la mamá (61) se desempeñó en el magisterio. Inicialmente residieron en el municipio de Caldas para disfrutar de la red de apoyo familiar en el cuidado de los tres hijos —Sebastián, el mayor, y los dos gemelos, Esteban y Juan Pablo—.

Cada año reservaban una parte del presupuesto para visitar el mar. Este resultará ser otro detalle fundamental.

Posteriormente, ya con ellos más crecidos, se mudaron cerca de los tejares de Santa María, en Itagüí, aunque los críos hicieron el colegio viajando a Envigado y posteriormente, ya más holgados económicamente, hacia los doce o catorce años de Esteban, se establecieron en Sabaneta.

Pero fue antes incluso, cuando ni contaban con televisión por antena parabólica, que Esteban empezó a aficionarse por la naturaleza, porque mientras el resto de los niños veían muñequitos en la televisión él buscaba los documentales de Animal Planet, Discovery y la National Geographic. Muy temprano tenía la claridad de que quería dedicarse a los animales. Para completar, los paseos familiares de fin de año siempre eran al mar.

—Yo siempre esperaba ese momento, esa semana yo estudiaba juicioso y lo hacía todo bien para poder irnos. Era tan emocionante que hubo un año en que Juan Pablo y yo nos quedamos hablando toda la noche y estábamos tan embebidos que cuando llegamos allá mi mamá nos preguntó por la maleta, y resulta que no habíamos empacado.

A los 12 años y en una de esas excursiones el papá pagó un curso para que toda la familia se certificara en buceo. Otro momento fundante.

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Esa época coincidió con la llegada del internet a su casa y en uno de los turnos que le tocaban para el uso de la cuenta familiar en la red descubrió el canto de las ballenas jorobadas. No duda en afirmar que ese fue un instante “transformador”.

—Cuando le di clic a ese enlace y empecé a escuchar sentí muchas cosas. Primero me dieron escalofríos y sentí como un vacío en el pecho. Era como una mezcla de alegría, nostalgia y tristeza. Y me puse a llorar y no entendía por qué —remembra.

Fue como el primer día del resto de la vida, un rompecabezas que empezaba a unir sus piezas. Por un lado la afición al agua, pues Esteban practicaba la natación con especialidad en estilo libre y mariposa, y llegó a ser campeón nacional juvenil; a la vez que ejercía como estudiante ejemplar —bastante nerd según sus palabras— y por otro lado, su pasión por la vida marina.

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No obstante el éxito en todas sus facetas se tornó en lastre. Tras entrar a la carrera de Biología en la Universidad de Antioquia, en el primer semestre, comenzó a sentir mareos. Los médicos no daban con la causa, pues el cuerpo del joven era como una roca por las cinco horas de entrenamiento diario, de lunes a sábado. Lo malo era que ni con el éxito se le movía la aguja, tenía las emociones adormecidas, como si anduviera siempre en modo de “piloto automático”, como una máquina. Él explica que estaba atrapado en su mentalidad perfeccionista.

—Yo decía: si esto es lo que quiero, tengo que hacer lo que sea, hasta sacrificando mi bienestar. No me escuchaba ni siquiera lo que sentía. Simplemente me paraba en la mañana y mi cuerpo no quería, mi mente no quería, pero yo decía “Vamos a ir a entrenar”.

Una psiquiatra le diagnosticó síndrome de despersonalización y fue paralelo a una crisis emocional de su gemelo. El origen, según la especialista, era un estrés crónico.

—Ella me empezaba a poner electrodos en la cabeza para medir mi nivel de estrés; desde que me sentaba en esa silla era la gráfica por el cielo.

El reto era bajarlo. Intentaron con yoga, meditación, música, reiki y esencias florales, pero nada funcionaba, hasta que un día a la especialista se le ocurrió poner la melodía de las ballenas jorobadas y dio en el clavo; por eso él mismo acepta que esa música aparentemente repetitiva y sin sentido para muchos fue lo que lo salvó.

—Ahí empecé a entender un poco el porqué de mi perfeccionismo y que esa presión que me imponía venía de mi historia con mamá, que con todo el amor que me tenía siempre me decía: “Hijo, tú eres el mejor”. “Siempre vas a ser el mejor en todo lo que hagas”. Y yo me metí en la cabeza que si no soy el mejor no sirvo y no me iban a amar.

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La lucha posterior fue por buscar la ruta que le interesaba, ya que aunque le apasionaban todas las materias, su obsesión por la vida en las profundidades acuáticas y en especial por el canto de las ballenas no encontraba eco, ya que la U de A. no tiene el énfasis en biología marina. El argumento era que acá nadie estaba interesado en ese fenómeno sonoro, que era costoso y que mejor usara su inteligencia para la botánica o para estudiar otras especies. Hasta que producto de esa insistencia, un día el docente Sergio Solari lo conectó con una egresada que estaba haciendo un doctorado sobre delfines.

El camino que ella le señaló también fue fundamental para lo que es actualmente Estaban, pues le referenció una empresa peruana dedicada al turismo que utilizaba parte de sus utilidades para investigar.

—A ellos les puede interesar mucho ese conocimiento que tú tienes de la acústica (él había tomado materias de bioacústica, que estudia los sonidos de la naturaleza, en la U. de A. y de manera paralela se había formado en música); ¿por qué no les escribes? –lo animó.

El resultado superó las expectativas porque mandó un mensaje ofreciéndose como voluntario y recibió un correo de vuelta en el que le daban una vinculación laboral.

Esteban había tenido su primer encuentro “en vivo y en directo” con una ballena que saltó ante sus ojos hacia 2013, cuando su papá alcahueta, quien sabía de su goma, dijo que para su cumpleaños número 50 el regalo era ir a un avistamiento a Bahía Solano. Tres años después y en el país vecino, las apreció en cantidades alarmantes, era como su paraíso personal donde hacía sus observaciones científicas a la par con la atención de los visitantes a los que deleitaba enseñándoles los sonidos que emergían a través de un hidrófono.

Finalmente, el trabajo de grado se llamó “Clasificación y evolución cultural de los cantos de las ballenas jorobadas entre en Perú y Colombia” y contó con la asesoría de Ellen Garland, una autoridad mundial en el tema, a quien Esteban conoció en un evento internacional gracias al vuelo que le dio el trabajo en Pacific Adventures.

En medio de esa experiencia también conoció a una amiga inglesa que lo animó a crear en 2017 junto con unos compañeros de la universidad una empresa pionera de avistamiento de ballenas jorobadas en el Chocó, pero durante la pandemia hubo desavenencias y Esteban se alejó del proyecto para emplearse de nuevo en firmas turísticas en México y desde finales de 2023 en la Antártida.

El trasegar posterior igualmente le ha permitido alternar en espacios comunes con el descubridor del canto de las ballenas, Roger Payne, y con el inventor del marcapasos, Jorge Reynolds.

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Él dice que las ballenas jorobadas le han enseñado muchas cosas y ha terminado por parecerse a ellas, que son muy sociales pero independientes; hasta ha incorporado el ritmo de las migraciones que hacen.

Permanece en Chocó cuando ellas arriban para reproducirse; a veces se va a México para la temporada de diciembre a marzo, o al Ártico y el Antártico u a otra parte del globo si es el caso.

A principios de diciembre, cuando EL COLOMBIANO lo contactó, estaba culminando una travesía por la zona polar, vino al país a pasar Navidad y Año Nuevo, y el 27 de enero parte de nuevo hacia la zona gélida.

La firma para la que trabaja en la Antártida la tripulan 200 personas en promedio para atender a 200 pasajeros, e incluso algunas veces los huéspedes superan en número a la planta de personal, lo cual habla del grado de exclusividad. La embarcación posee “juguetes” como lanchas, kayak, helicóptero y hasta submarino.

En el equipo, al lado de Esteban como biólogo marino, hay ornitólogo, historiador, un geólogo glaciólogo y otros expertos.

Más que un científico, él se define como un “biólogo de la gente”, un comunicador de la ciencia, si bien en realidad los rótulos no le preocupan, aunque haya antiguos compañeros y profesores que miran con desdén que el alumno aventajado del pasado se haya dedicado a un oficio que consideran menor, como el turismo.

Las ballenas tienen su cultura

Esteban explica el canto de las ballenas de manera fascinante; sonríe y le brillan los ojos mientras lo hace. Resulta que en época de reproducción los machos se ubican en una posición vertical con la cabeza hacia abajo, como meditando, y entonan esta especie de melodía que dura entre 20 y 30 minutos, pero lo hacen de manera repetitiva. Y en una misma área suele haber muchos que cantan la misma canción aunque no de manera sincrónica. La sesión más larga que se ha registrado, según el biólogo, ha sido de 24 horas continuas.

Lo curioso es que el canto no atrae a las hembras hacia un cantante específico sino que las guía hacia una zona como si el mensaje fuera que “allá hay machos y se puede armar la fiesta”. Algo extraño por lo que los expertos asumen que ese canto no es algo congénito es que, no se sabe por qué —si por equivocación o por deseo de innovar— de cuando en vez un macho cambia la tonada y el resto terminan asimilando la nueva versión.

Esto último les hace pensar a expertos que existe una especie de evolución cultural. Además, porque si bien cuando más se hacen audibles es en el cortejo, también emiten otros sonidos para otras situaciones y entornos, y los lleva a creer que así como se trata de seres muy inteligentes, también han desarrollado una cultura y un lenguaje, facultades que hace años solo se les reconocía a los seres humanos. Esteban no duda en decir que “las canciones de las ballenas jorobadas son una de las mejores evidencias que tenemos de que existe cultura en animales no humanos” partiendo de una definición desde la biología, no de la antropología, que concibe la cultura como “información transmitida entre individuos, ya sea horizontal o verticalmente, a través del aprendizaje social; y es conocimiento que no viene codificada en los genes sino que se transforma con el tiempo”.