La Tienda de Pedro Luis, en El Retiro, donde pegan billetes en paredes y mesas para volverlos recuerdos
Lo que empezó como un homenaje entre amigos hace 45 años, convirtió a un negocio del pueblo del Oriente en casi un museo que más parece un banco.
Periodista de la Universidad de Antioquia. Al igual que Joe Sacco, yo también entiendo el periodismo como el primer escalón de la historia.
Una vieja fonda de El Retiro, Oriente antioqueño, puede ostentar el curioso título de ser el sitio con mayor cantidad de efectivo en Colombia sin ser un banco.
Se trata de un negocio ubicado en la calle 20 con la carrera 21 que desde hace casi 45 años instauró una tradición única: forrar hasta el más recóndito de sus rincones con billetes reales.
Pero ojo, nada de imitaciones de Tío Rico. Son billetes auténticos, de distintas épocas, denominaciones y países, que con el paso del tiempo se transformaron en un peculiar papel tapiz que cubre una antigua casona de bahareque, tapia y largueros guarceños.
El papel moneda aparece en todas partes. Hay billetes pegados en las paredes, sobre las mesas, en las sillas, en los baños y hasta en una vieja báscula de reloj que recuerda el pasado del negocio como granero del pueblo. Incluso en los techos se observan billetes adheridos a punta de lanzarlos con un trapo mojado, una técnica cuya efectividad depende de la fuerza del lanzador, y seguramente inspiró a algún bromista a decir que nunca el peso colombiano había “subido” tanto.
Las paredes son un recorrido por el mundo. Si uno se fija bien, puede encontrar billetes de lugares tan lejanos como África, Australia, China, Croacia, Hong Kong, Israel, Italia y Turquía. También hay vestigios de países que ya no existen, como un billete de 500 rublos de la antigua Unión Soviética que al parecer fue expedido en los estertores de esta.
Este popurrí de rostros “billetudos” crea escenas inverosímiles: Jorge Eliécer Gaitán parece mirar con picardía a la reina Isabel II de Inglaterra, mientras está parece hacerse la boba.
En otra pared, George Washington desde su poderoso One Dollar comparte espacio con Francisco de Paula Santander, protagonista del viejo billete de $2.000.
Aunque algún cliente cachesudo ha dejado billetes de alta denominación —como quien pegó un billete de 100 dólares con la medio sonrisa de Benjamin Franklin—, hoy el que “manda la parada” y es indiscutible protagonista del mural es el billete de $2.000 de Débora Arango.
Seguro la artista envigadeña estaría muy orgullosa de que su estampa haya formado un mural donde enamorados renuevan votos y viajeros dejan constancia de su paso por el negocio.
Para quienes observan con detenimiento, y sobre todo los amantes de la numismática, la tienda guarda verdaderos tesoros. Entre ellos está el mítico billete de un peso, protagonista de las típicas historias de los abuelos que comienzan con el inolvidable “¡Ay mijo! Cuando yo tenía su edad, con un peso compraba...”.
Don Pedro, el patriarca
Aunque muchos lo identifican como un bar o fonda, su nombre real es la Tienda de Pedro Luis, en honor a su fundador, Pedro Luis Montoya Correa, un viejo patriarca de El Retiro. Resulta difícil de entender para este impertinente periodista como es qué nunca se rebautizó al negocio como El Banco, dada la cantidad de dinero en sus paredes.
Al parecer, el negocio habría iniciado en 1976 en un local conocido como el Café La Cigarra, ubicado en una esquina del parque principal del municipio. Posteriormente, alrededor de 1978, se trasladó a su ubicación actual, sobre la vía principal.
Allí funcionaban dos espacios contiguos: en uno estaba el granero —del que habría sobrevivido la báscula— y en el otro, separado por una puerta, la fonda donde llegaban los arrieros después de mercar.
“Era una costumbre vieja de la gente del campo venir con sus mulitas a mercar al granero donde don Pedro y luego tomarse unos aguardienticos al lado. Ahí se tomaban sus guaritos sentados en los bultos. Después montaban sus mercados a las mulas y cada uno se iba pa’ su casa”, recordó Hamilton Arroyave, uno de los actuales regentes del negocio.
Como escribió el columnista Álvaro González, en el obituario de don Pedro, “La famosa Tienda de Pedro, tiene su nombre casi impuesto por los clientes. Estos pasaron poco a poco de ser una barra bastante conocida en la población —de la cual el mismo Pedro hacía parte— a una clientela conformada por personas de todas las edades, colores, lugares y clases sociales, que allí buscan un punto de encuentro donde no existen desigualdades”.
La afirmación no es exagerada. Por la Tienda han pasado políticos, empresarios, cantantes y miles de anónimos. También visitantes extranjeros que han encontrado allí su taberna ideal, desde coreanos e indios, hasta rusos y australianos se dan la vuelta y dejan su registro billetil.
En una entrevista para el portal Genial Magazin, Álvaro Montoya —hijo de don Pedro y heredero del negocio junto a su esposa Gloria Salazar— contó que la tradición de pegar billetes comenzó en abril de 1981, cuando dos amigos del fundador, Hernán Velásquez y Benito Falla, fijaron los primeros. Al menos uno de esos billetes todavía es visible.
Hamilton añadió que, según la tradición oral guarceña, aquella noche de copas y amigos, los dos hombres pidieron permiso para clavar los billetes con puntillas. “A los días, otras personas pegaron otro billete, y luego otras hicieron lo mismo. Y así empezaron los amigos y los clientes esa costumbre y tradición”, recordó.
Tras la muerte de Pedro Luis en 2004, la regencia quedó en manos de la pareja. Y casi dos años después, el negocio empezó a operar formalmente como bar, aunque el remoquete de “tienda” y la tradición de los billetes permanecieron intactos hasta hoy.
“La gente pone en el billete lo que quiera. Desde buenos deseos hasta frases graciosas. Lo que más ponen es la fecha de la visita y quienes estuvieron, como para dejar el recuerdo”, explicó Juan David, uno de los amables dependientes.
Algunos aprovechan para declarar su amor o rendir homenaje a una amistad. “Si hay más vidas después de esta, espero tener la suerte de coincidir contigo en cada una de ellas”, escribieron M & M.
Otros dejan reflexiones más filosóficas: “A veces, todo lo que nos falta es darnos cuenta de que ya tenemos mucho”, firmaron Álvaro, Angy y Esnelia.
Y no falta el mensaje directo y honesto que resuma pragmatismo: “Tengo una pereza ni la hp, que no sé ni que poner”.
¿Cuánta plata hay?
La atmósfera del lugar es especial desde el primer momento. Produce una sensación de comodidad similar a la de llegar a un sitio conocido, incluso si es la primera visita.
La música —despecho, popular, salsa vieja, boleros, tangos— suena a un volumen que permite conversar aménamente, todo un asunto que en Medellín ya poco se ve.
Según Juan, hay una norma inquebrantable: no se pone reguetón ni “por todo el billete” que el cliente traiga. Total, muy difícil queda que el comensal llegue a cargar más plata de la que hay pegada en las paredes.
Una de las preguntas al parecer recurrentes en el negocio es cuanta plata estaría tapizando la tienda. La cifra muy seguramente habrá animado más de alguna discusión en sus mesas, pero, para ser sinceros, resultaría incalculable no solo por la denominación de lo que se alcanza a ver sino también por el valor, más allá de lo sentimental, que tendría cada uno de los papeles monedas, teniendo en cuenta su antigüedad y hasta rareza.
“La idea es mantenerlo igual”
Hace casi dos años, el matrimonio Montoya–Salazar decidió darse un merecido retiro y dejar el legado en manos de otros cuatro guarceños dispuestos a continuar la tradición. Ellos son Hamilton Arroyave, su esposa Sandra Múnera, Robinson Múnera y su pareja Lina Bedoya.
Todos son conscientes de la importancia del lugar y del reto asumido.
“Más que un reto, ha sido algo muy chévere. A los cuatro nos ha apasionado mucho. Es muy bonito contar la historia del lugar y, como guarceño, estar ahí sosteniendo una historia tan bonita. Para nosotros ha sido algo muy especial”, afirmó Hamilton.
Él contó que su llegada fue progresiva: primero como cliente y luego como colaborador ocasional. “Uno se va empapando de la historia, del ambiente, de la clientela y en algún momento surgió la conversación y ellos tomaron la decisión de arrendárnoslo”.
Desde el inicio, el compromiso fue claro: no cambiar la esencia. “Era fundamental que quedara en manos de gente del pueblo, que conociera la historia y entendiera la importancia del espacio”.
Hoy, aunque cuentan con presencia en redes sociales y su atmósfera resulta muy “instagrameable”, el corazón del lugar sigue intacto. Incluso la tradición evoluciona: junto a billetes y monedas, ahora aparecen tarjetas de crédito pegadas en las paredes.
Hamilton cuenta que gracias a su visibilidad, el voz a voz ha cruzado fronteras. “Acá llega muchos extranjero que se amaña porque no está acostumbrado a que lo atiendan con ese carisma. La gente se amaña, vuelve, y trae más gente. Gracias a Dios, cada ocho días estamos llenos”.
Pese al éxito, las ideas de expansión han sido descartadas. Construir más pisos o modernizar el espacio pondría en riesgo lo que lo hace único.
“El futuro es mantenerlo igual. Que siga siendo la fondita, el ícono del municipio, con el mueble original donde don Pedro Luis atendía: una barra de madera de casi 50 años que ya no se ve en los negocios de hoy. La idea es seguir atendiendo a la gente con todo el amor del mundo, como siempre se ha hecho”, puntualizó.