Las Ecoescuelas transformaron la vida en los rincones más apartados de Antioquia
Son 68 las escuelas con énfasis ambiental que Corantioquia ha implementado en las seis subregiones.
En varios rincones de Antioquia, junto a ríos caudalosos o montañas empinadas, hay unas escuelas diferentes a las demás. Se llaman Ecoescuelas, y tienen las paredes pintadas de colores alegres, que reflejan la riqueza natural del departamento. Un enorme jaguar adorna la de La Unión, en Puerto Nare, Magdalena Medio; también las hay en el Suroeste, Nordeste, Bajo Cauca y en el Norte. Tienen composteras, puntos ecológicos, murales alusivos a la fauna silvestre, huertas o estaciones fotovoltaicas. Son oasis de educación ambiental, pequeños enclaves de transformación.
Las Ecoescuelas son un programa de Corantioquia, la corporación ambiental que cobija a 80 municipios del departamento. Nació en 2020 cuando su directora general, Ana Ligia Mora Martínez, se dio cuenta de que había que aglutinar los proyectos ambientales y llevar a cabo un proceso de educación ambiental de base comunitaria. Es decir, a la ruralidad llegaban programas como los Guardianes de la Naturaleza, y se enseñaban cosas muy importantes, pero debía volverse más eficiente, más integral y sus conceptos más digeribles para aumentar su impacto.
Y no es para menos. No es fácil hablar de pluviómetros, calidad del agua, reforestación o compostaje. Faltaba aplicar esos conocimientos, hacerlos comprensibles, llevarlos a la práctica. Ahí fue que a la directora general de Corantioquia se le ocurrió comenzar con los más pequeños, los dueños del futuro de la Tierra. La idea, en síntesis, era escoger escuelas en los 80 municipios que tiene Corantioquia bajo su jurisdicción, que cumplieran con requisitos como estar ubicadas en zonas aledañas a las áreas protegidas, que tuvieran baja calificación en el componente de educación ambiental y que demostraran corresponsabilidad, para hacer de ellas un santuario del aprendizaje ambiental.
En Valparaíso, uno de los niños es el encargado de revisar el pluviómetro. Después de dos semanas de sequía, se asoma sobre el aparato y se da cuenta que, en una sola noche, en la que el cielo tronó y el viento silbó, cayeron 26 milímetros de agua. En Salgar, en una escuela que está junto a la quebrada La Liboriana, una niña es la contadora de la huerta. Sabe cuánta plata dio la venta de las últimas legumbres, y proyecta cuánto se invertirá en la próxima siembra.
Los profesores son otra cara de la moneda. Están jugados con el proceso desde los territorios. Muchos viven en zonas de difícil acceso por lo que se hospedan en las escuelas. No es una labor fácil, dice la directora, pero se compensa con el deber cumplido, con la semilla sembrada de un futuro mejor, más sostenible y más verde.
Hoy funcionan 68 Ecoescuelas en seis subregiones del departamento, pero hay más en etapa de diagnóstico. La meta es que sean 80 al final de esta administración, que termina su periodo en diciembre de este año. En el proyecto se han invertido 3.000 millones de pesos que se ven reflejados en la evolución de las escuelas y en la capacitación constante que brindan los funcionarios de Corantioquia a la comunidad educativa. Son alrededor de 8.000 las personas beneficiadas en todos los rincones del departamento.
Cada Ecoescuela tiene su particularidad. En Valparaíso, por ejemplo, los niños se convirtieron en pajareros, expertos en diferenciar el trinar de las aves, y pronto se serán guías turísticos. En Caucasia, además de aprender sobre la flora y la fauna de la región, los pequeños tienen acceso a paneles solares que la corporación ha instalado. Al principio los recibieron con extrañeza, pero se alegraron cuando se dieron cuenta de que con ellos podían cargar los celulares. Ya no temen que una tormenta eléctrica deje sin luz sus veredas.
Impulso de los privados
La primera Ecoescuela que se inauguró queda en Zaragoza, en la vereda Caño La Tres en el Bajo Cauca. ¿Por qué allí? Porque se dio primero una simbiosis que ha hecho posible el programa. La empresa Mineros S.A. se sumó a la iniciativa y puso recursos para acondicionar el lugar. “En esto han sido muy importantes los privados. Nosotros, como corporación ambiental, no podemos hacer inversiones para mejorar infraestructura, o baterías sanitarias. Ahí llegan ellos y nos ayudan”, comenta la directora.
En articulación con los privados se creó el Plan Padrino. Empresas de diferentes sectores adoptan una escuela, y ponen recursos para mejorar las aulas, los baños, los juegos, que muchas veces están deteriorados por el paso de los años y la falta de recursos. En la actualidad hay 18 Ecoescuelas apadrinadas, la mayoría por empresas del sector extractivo como Mineros S.A., Operadora Minera y la Zijin Continental Gold. La Fundación Quintana apadrinó también una, y se han sumado Corona, Yamaha Incolmotos con donaciones.
Ana Ligia Mora Martínez, como directora general de Corantioquia hace un llamado a que los privados se sigan sumando: “esta es una muy buena oportunidad para que las fundaciones de las empresas hagan sus inversiones. Es una invitación para que se sigan sumando todos, el sector privado, la academia, las administraciones municipales, las Juntas de Acción Comunal y demás líderes para que nos ayuden a cambiar el futuro de la población”.
De eso se trata el programa Ecoescuelas, de mover el futuro de las comunidades, de poner a conversar el devenir de los pueblos con el ambiente. No son solo los niños y los estudiantes los que se han volcado hacia la formación ambiental, es toda la comunidad la que ha querido aprender, aportar y transformarse.
Como complemento de las Ecoescuelas, y de manera paralela, funciona el programa Hogares Ecológicos. En las escuelas es común ver a las madres con las camisetas verdes de Corantioquia, y son ellas las que se han apropiado de la separación de recursos, el sembrado de huertas caseras y la fabricación de productos naturales.
En Salgar, por ejemplo, han aprendido a hacer herbicidas con melaza, absolutamente naturales y benéficos, y en Farallones, en Ciudad Bolívar, fabrican jabones con el aceite que antes derramaban en los potreros o los arroyos. Ese es también uno de los fines últimos de las Ecoescuelas, vencer los paradigmas y darles a los niños las herramientas para emprender en sus territorios, sin tener que abandonar la tierra.